×
Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
ver +

" Comentar Imprimir
18 Agosto 2019 03:52:00
Los medios y el acoso
“Como están las cosas, de ahora en adelante cada vez que vaya a hacer el amor con una mujer tomaré precauciones: voy a contratar a un notario público para dar fe de que se trata de un acto consensuado y haré firmar el acta a mi pareja”. Así bromeaba un amigo a propósito de las acusaciones de acoso sexual hechas a Plácido Domingo por nueve mujeres, quienes con tan buena memoria como mala leche recordaron de pronto que hace como 30 años el famoso tenor se portó en forma indebida o fue muy insistente al invitarlas a practicar el deporte que, aseguran las malas lenguas, costó a Adán y Eva la expulsión del Paraíso Terrenal.

No es la intención, por supuesto, defender al cantante, a quien, por cierto, no han faltado defensores, como una soprano indignada que no dudó de calificar de “canallada” las acusaciones. Se trata, sí, de llamar la atención sobre la celeridad de los juicios condenatorios cuando una o más mujeres señalan a un varón de acosador o, incluso, lo cual es más grave, de violador.

En estos casos no opera la presunción de inocencia, aquello de que nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Basta la palabra de la real o supuesta víctima para dejar caer la guillotina de los medios o las redes sociales sobre el cuello del presunto culpable.

Plácido Domingo acaba de sufrir uno de estos juicios relámpago, en los cuales ni siquiera se escucha la voz del acusado. Apenas lo denunciaron ante los periodistas nueve mujeres, ocho de ellas guardando el anonimato, las óperas de Filadelfia y de San Francisco le cancelaron en automático presentaciones programadas. Más cautas y justas, la de Los Ángeles y la Royal Opera House de Londres anunciaron que esperarán el resultado de las investigaciones antes de tomar una decisión.

Resulta condenable que cualquiera que disfrute de poder intente aprovecharlo para obtener favores sexuales. También merece condena la actitud de numerosos varones –machos mexicanos– que se sienten con derechos de vulnerar la dignidad de una mujer. Ambas acciones deben castigarse, cuidándose de no cometer injusticias.

No es necesario acudir al glamoroso mundo de la ópera para buscar ejemplos. Aquí mismo, en Saltillo, hace poco un profesor fue llevado a la hoguera de la inquisición social después de que una mujer lo acusara de abuso sexual y secuestro. El profesor padeció el previsible calvario. Él y su familia vieron su nombre en algunos medios de comunicación, sin faltar índices condenatorios dispuestos a señalarlo.

Poco después, la falsa víctima confesó en las redes sociales que todo había sido mentira. Ella estaba enamorada del profesor y lo asediaba sin ningún resultado. Despechada, con la intención de vengar el desprecio, la muy estúpida urdió la patraña del abuso sexual y secuestro. Luego confesó la verdad. Pero cabe preguntar: ¿Cuántos de los que se enteraron de la acusación supieron del arrepentimiento? Y el daño moral provocado al profesor y a su familia, pues, ya se sabe, el atractivo del escándalo es muy superior al interés que despierta la absolución del inculpado.

Es plausible que las mujeres no callen por falso pudor cuando son víctimas de agresiones. Sin embargo, la repetición de casos similares obliga, creo, a revisar el código ético de los medios informativos sobre el tratamiento de estos temas. ¿Hasta dónde es ético divulgar una acusación que daña severamente el prestigio de una persona con el solo apoyo de una
afirmación?
Imprimir
COMENTARIOS



0 1 2 3 4 5