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Jorge A. Meléndez
Jorge A. Meléndez
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05 Diciembre 2020 04:00:00
Honestidad valiente
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Uno de los himnos de la 4T es la idea de que basta la “honestidad valiente” para transformar a México.

¡Bah, pamplinas! (por no decir otro adjetivo más sonoro). Ser honesto ayuda, pero ni de chiste basta.

Y es que un honesto inepto no llega nunca a buen puerto.

Quizá pueda dar buenas cuentas de cómo llevó a su organización (o a un país entero) al precipicio. Por cierto, tampoco ayuda ser un honesto terco, dogmático o “infalible”. Curiosamente, saber decir “No sé” es una cualidad clave que distingue a un buen líder en cualquier ámbito.

“Admitir que no sabes algo cuando eres el jefe máximo es difícil. A fin de cuentas, se espera que el que escaló la pirámide corporativa tenga certeza y confianza absolutas, que conozca todas las respuestas. Pero si piensas así caerás en un grave error”.

Sabias palabras de Irving Grousbeck, profesor de Stanford. El catedrático recomienda a los jefes resistir la tentación de “blofear”, de adivinar una respuesta que desconocen. En cambio, “no lo sé” son apenas tres simples palabras que demuestran la máxima humildad y que, paradójicamente, son también la máxima señal de confianza en uno mismo. Totalmente de acuerdo.

Tal como advierte Grousbeck, un líder que pretende tener una respuesta que no sabe se arriesga por lo menos a:

1. Equivocarse. Y ojo, porque por definición los errores de un jefazo pesan más que los de un colaborador común y corriente.

2. Dañar su credibilidad. Sobre todo porque la certeza dogmática no es una gripa; no se cura con un mejoralito. Por lo general, es enfermedad crónica. El líder infalible no cambia, y termina por perder la confianza de su equipo, accionistas y clientes.

Sabiduría pura de Irv, que por cierto fundó Cablevisión Continental y es copropietario de los Celtics de Boston. O sea, tiene credenciales para ser un buen maestro para cualquiera. Habría que prestarle atención. Pero claro, los líderes populistas tienen otros datos.

Tienen una maestría en realismo ingenuo, un término que define Tim Harford en el Financial Times: “El sentimiento seductor de que se observa al mundo como es en realidad, sin el menor sesgo o error”.

Lee Ross, otro profe de Stanford y coautor del libro El Más Sabio del Cuarto, explica el origen de este mal: “Los humanos entendemos que las opiniones de otros son influenciadas por experiencias y dogmas. Pero no reconocemos los sesgos de nuestras creencias”.

Ciertamente, una idea seductora y peligrosa: yo soy razonable y si no estás de acuerdo conmigo, tú eres un idiota. Por eso los jefazos infalibles nunca se equivocan. No saben decir: “No lo sé”. Prefieren redoblar apuestas perdedoras a recapacitar.
¿Cómo evitar caer en esta enfermedad tan común de nuestra era? En corto, ponerse en los zapatos del otro y ser abogado del diablo con el razonamiento propio. Aquí mis cinco recomendaciones:

1. Poner por escrito la postura contraria. Ojo, por escrito. Verbalizar ayuda a entender argumentos distintos.

2. Contestar: “¿Qué podría estar mal con mi propuesta?” Otra vez, por escrito. Ah, y encuentra al menos cinco debilidades.

3. Hacer un Benchmark. ¿Cuál es la mejor práctica y cómo se compara con tus ideas?

4. Preguntar a terceros. Sobre todo a expertos. Ah, y no caer en la trampa de demonizarlos. Apúntale, Andrés.

5. Crear una alternativa mezcladita. Y sí, hasta puede incluir ideas de tu contraparte.

Decir “no lo sé” es clave para triunfar en la era del populismo, las fake news y la post verdad. Un atributo relevante, sobre todo para un líder. ¿Te atreves a ser valiente de a de veras?

Posdata. Y hablando de no saber (o no poder), se poncharon a Romo. Sale una de las pocas voces razonables del Gabinete. Se quedan radicales y porristas. A pesar de su

ineficacia, lo vamos a extrañar.
Al tiempo...


En pocas palabras...
“La curiosidad conquista al temor más rápido que la valentía”. James Stephens, escritor irlandés.
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