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Rodolfo Villarreal Ríos
Rodolfo Villarreal Ríos
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Doctor y Maestro en Historia por la Universidad de Montana-Missoula. Maestro en Economía por la Universidad de Colorado-Boulder. Diplomado en Economía e Inglés por “The Economics Institute,” Universidad de Colorado-Boulder. Licenciado en Economía por la Universidad Autónoma de Guadalajara. En la Universidad de Montana-Missoula ha impartido cursos sobre los tópicos de las relaciones entre México y los Estados Unidos de América, así como las desarrolladas entre el Estado Mexicano y la Iglesia Católica. Durante más de dos décadas prestó sus servicios al Estado Mexicano en el rango de auxiliar de programación a director general en funciones. Durante la segunda mitad de los 1980s, inició sus colaboraciones en el Suplemento de Política Económica de la Revista Tiempo y en los diarios El Nacional de la Ciudad de México y Zócalo de Piedras Negras, Coahuila. De noviembre de 2003 a la fecha es colaborador de Zócalo, además de Nuevo Día de Nogales, Sonora y los diarios electrónicos eldiariodetaxco.com, guerrerohabla.com, (Taxco, Guerrero); diariodeacapulco.com (Acapulco, Guerrero); todotexcoco.com (Texcoco, Estado de México) y diarionacional.mx (Ecatepec, Estado de México). En dichas publicaciones ha elaborado alrededor de 900 artículos editoriales sobre historia, economía, anécdotas vivenciales, deportes, tauromaquia, política y relaciones internacionales. Asimismo, es coautor de tres artículos publicados en las revistas de investigación científica, Lancet, Environmental Research y Journal of Alzheimer's Disease, Es autor de dos libros: “Las Conferencias de Bucareli. Un acto pragmático de la diplomacia mexicana.” (2018) y “El Senado estadunidense enjuicia a México y al presidente Carranza,” (2017), editados por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM).

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21 Noviembre 2020 04:00:00
En los albores de la Revolución Mexicana, así nos veían desde el norte del Bravo
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Era un martes e iniciaba el mes de noviembre de hace un siglo y una década. El país vivía una calma aparente, aun cuando en el subsuelo las aguas estuvieran por entrar en ebullición. Faltaba escasos 30 días para que llegara el jueves en que el “héroe de la paz” volvería a jurar, por octava ocasión, como presidente de México. No obstante, lo cuestionable de la última elección, todo apuntaba que los descontentos una vez más quedarían en simples fuegos de artificios. ¿Acaso no habían visto el “cariño” que el pueblo le mostró durante las fiestas del Centenario? Aún no había encuestas, pero, en caso de que hubieran existido, seguramente habrían mostrado resultados con un apoyo entre el 80 y 90 porciento. Pero la mirada domestica la dejaremos para otra ocasión, ahora nos ocuparemos de revisar la óptica bajo la cual, a través de la prensa, se observaba al México desde el norte del río Bravo.

La noticia relacionada con nuestro país que resaltaba en los diarios estadounidenses cuando apenas despuntaba el mes, era el día 2, estaba relacionada con lo acontecido en un rancho ubicado cerca de Del Río, Texas. Al sitio llegó un mexicano de 20 años, originario de la localidad de Las Vacas (Ciudad Acuña, Coahuila), trabajador agrícola en una granja en Rock Hill, quien solicita comida a una persona identificada como Mrs. Lemuel Henderson. Al parecer, la dama no estaba de muy buen humor y se lo niega de mala manera, según lo afirmaría el susodicho de nombre Antonio Rodríguez quien se sintió ofendido y como contra respuesta sacó el rifle y se lo descargó a la susodicha. Después, se fue a buscar otro rancho para ver quien le daba un taco. Al arribar al nuevo sitio de pedimento, las autoridades lo apresaron y, tranquilamente, confesó el crimen justificándolo en que no le gustó la forma en que le negaron su petición y se lo llevaron a la cárcel de Rock Springs. Para entonces, los pobladores del rumbo estaban encendidos y, según narran los diarios, sin que el “sheriff” ese percatara, el día 3 apedrearon la cárcel y sacaron al fulano para llevárselo.

Como si fuera condenado de la Inquisición, lo amarraron a un árbol y le prendieron fuego. Cuando se buscó culpables de la atrocidad, cual Fuenteovejuna, todos lo eran, pero ninguno resultó responsable. Cuando el hecho fue conocido en México, el 8 de noviembre, en la capital de la república se desataron protestas enfrente de la embajada estadounidense, al tiempo que se incineraban banderas de ese país y sobre las ventanas de los negocios caían piedras destrozando los cristales, varios de ellos pertenecientes al Hotel San Francisco La prensa estadounidense indicaba que fueron los estudiantes de medicina quienes encabezaron la rebelión.

Asimismo, culpaban a El Diario del Hogar de publicar proclamas incendiarias en las que caracterizaban a los estadounidenses como “gigantes del dólar, pigmeos de la cultura,” “los blancos barbaros del norte, “o preguntas como “¿En dónde está la presunta civilización yankee?” En igual forma, se relataba como la multitud fue y prendió fuego a las oficinas del diario El Imparcial. El deleznable embajador Henry Lane Wilson culpaba a las autoridades de no haber tomado las precauciones debidas para impedir los ataques en contra de los estadounidenses, mientras que el secretario de relaciones exteriores de México, José Enrique Clay Ramón de Jesús Creel Cuilty​, prometía castigar a los culpables de las ofensas hacia los estadounidenses.

Si bien no lo cumplió del todo, al día siguiente las fuerzas del orden dispersaron la manifestación que se armaba en las cercanías del Teatro Nacional, mientras Creel iba a ver a Wilson para tratar de contentarlo con explicaciones verbales que no le fueron aceptadas, las querían por escrito. Mientras tanto, en Washington, el embajador mexicano, Francisco León De La Barra y Quijano, protestaba ante el departamento de estado por el linchamiento de Rodríguez. Como respuesta el secretario Knox dijo que el asesinato de esta persona no era justificante para que se atacara a los estadounidenses en México. Hasta ese momento, los diarios estadounidenses no reportaban indicio alguno de levantamiento armado en contra del gobierno del presidente Díaz.

Para tratar de calmar los ánimos encendidos, se prohibieron las corridas de toros que se efectuarían el domingo 11. Sin embargo, la noche del sábado 10, se reportaba que un grupo de exaltados en Ciudad Porfirio Díaz, Coahuila, así se llamaba el pueblo en esos días, se fueron a destrozar la casa del cónsul estadounidense, Ellsworth. Sin embargo, The New York Times se negaba a aceptar esto como cierto arguyendo que los paisanos de entonces eran tranquilos y mantenían el pueblo en paz. Es de llamar la atención que sustentaran su aserción en el hecho de que Francisco Y. Madero y sus seguidores vivieran en San Antonio, Texas y sus cercanías. El agua estaba en proceso a la ebullición y los vecinos le tomaban la temperatura mientras en México continuaban las protestas en contra de los estadounidenses, ala vez que l gobernador de Texas, Thomas Mitchell Campbell, anunciaba el inicio de investigaciones para deslindar responsabilidades en el caso del linchamiento de Rodríguez. Ahí no pararon las cosas al sur del Bravo.

En Guadalajara, una multitud se enfrentó con la policía que les impidió llegar a las cercanías del consulado estadounidense, lo cual no fue obstáculo para que se fueran a dañar las propiedades de los estadounidenses a las que causaron daños que, decía la prensa estadounidense, alcanzaron hasta los 10 mil dólares. Lo mismo arremetieron en contra del Instituto de los Misioneros Metodistas que sobre las oficinas de empresas estadounidenses, al tiempo que golpeaban a dos ciudadanos de ese país. Al mismo tiempo, un estadounidense dedicado a la venta de bienes raíces, Carlos B. Carothers, hermano del agente consular estadounidense en Torreón, mataba a uno y hería a otro al defenderse de un ataque en contra de su casa. En paralelo, el presidente Díaz Mori demandaba el esclarecimiento y castigo a los responsables del linchamiento y prometía castigar a los culpables de los desmanes, pero tendría que esperar a que el presiente, William Howard Taft, regresara de Panamá para que le respondiera. Pero la animadversión no paraba y, en Oklahoma, un mexicano baleaba a un comandante de policía. A la vez, en Chihuahua, se ejercía la violencia en contra de estadounidenses. Desde Las Vacas, el día 15, llegaban rumores de que 400 hombres armados cruzaron la frontera para ir a vengar a Rodríguez, mientras que, como respuesta, en Rock Springs, el sheriff Pope reportaba que 2000 estadounidenses ya los esperaban listos con parque y municiones para repelerlos. Esto llevó a que en los círculos del ejercito estadounidense se hicieran preparativos para un posible enfrentamiento a niveles mayores. Inclusive, se mencionó que el ejército mexicano podía tener cierta ventaja en cuanto a armamento como resultado del rifle automático que creó el general Manuel Mondragón. Hasta ese punto andaban de mal las relaciones entre los países, aun cuando se quisiera ver todo como simples diferendos. Ante eso, las autoridades estadounidenses se mostraron mas estrictas con todo lo relacionado con mexicanos.

El 16 de noviembre fue detenido en San Antonio un ciudadano de nombre Hugo Gresienheck a quien se le decomisaron una cantidad considerable de rifles. A esta persona, se el acusó de comprarlos en nombre de un amigo, Francisco Ygnacio Madero González, con el fin de levantarse en armas en México. Madero negó cualquier relación con esa compra que, según el detenido, la hizo para comerciar, pero sin decir con quien. A la vez, por esos rumbos andaba un grupo de 60 personas, comandadas por un tal A.G. García, oficial del servicio secreto mexicano, quienes seguían los pasos de Madero y sus correligionarios. Eso sí, el 18 de noviembre, el gobernador Campbell aseguraba que, en Texas, todo estaba en santa paz. Lo mismo, se afirmaba en las editoriales con respecto a las relaciones México-EUA. Como muestra de ello, ese mismo día, la empresa Ferrocarriles Nacionales de México anunciaba que firmó un contrato con Wells Fargo &Co para que se operara el negocio de carga en todas las líneas ferroviarias. Mientras eso sucedía en la ciudad de México, a 1373 kilómetros de distancia, en San Antonio, Texas, Madero comentaba que no sabia cuando, ni quien proveía los fondos para adquirir armamento, pero la revolución iba a estallar.

Por lo pronto, se informaba que, el 18, en Puebla habían muerto 100 personas en un enfrentamiento entre opositores del presidente Díaz y las fuerzas del orden. La información hablaba de un José Serdán, aun cuando en realidad era Aquiles. Además, mencionaban que la esposa de quien identificaban como José había matado a Miguel Cabrera el jefe de la policía, cuando en realidad fue Aquiles quien le disparó. Inicialmente, ni siquiera Creel sabia el numero de muertos, pero aseguraba que el problema solamente estaba en Puebla y que el resto del país se encontraba en calma. A pesar de ello, circulaban panfletos en los cuales se enunciaba que Madero encabezaría, el día 20, el inicio de la rebelión en contra del gobierno de Diaz. Mientras tanto por Laredo, Texas andaban 15 miembros del servicio secreto del gobierno federal buscando rebeldes que hubieran cruzado la frontera. Se informaba que la fuerza militar a lo largo de la frontera se había fortalecido y aun cuando Madero y sus correligionarios representaban un problema serio potencial, el gobierno de Diaz tenia experiencia basta para manejar este tipo de situaciones.

Para el día 19, se informaba, sin embargo, que desde cuatro años atrás el gobierno estadounidense venia dando un seguimiento puntual al movimiento que se armaba para derrocar a Díaz. Dentro de los EUA ubicaban a San Antonio y Los Ángeles como los sitios en donde se efectuaban acciones con ese fin. Bajo las directrices de la Ley de Neutralidad, cuando fueron descubiertos los conspiradores, a Antonio I. Villarreal González, prácticamente se le permitió escapar, algo que no sucedió con Ricardo Flores Magón, Librado Rivera y otros. La noche del 19, el gobernador del Distrito Federal, Guillermo Landa y Escandón aseguraba que la rebelión Maderista no se materializaría. Ese mismo día, en San Antonio ya no sabían en donde estaba Madero. Mientras tanto el presidente Díaz Mori desestimaba cualquier acción en contra de su gobierno y decía que los anarquistas que causaron alborotos ya estaban en manos de la justica sujetos a proceso.

El 20 de noviembre, The New York Times publicó una nota de una plana completa bajo el título “Mexico’s Little Army and her smaller Navy.” En el cuerpo del artículo, se analizaba la capacidad militar del país para enfrentar la guerra con otro, estableciéndose que, al 30 de septiembre de 1909, el total de fuerzas era de 26 mil hombres, de los cuales 7 eran generales de división, 45 generales de brigada, 58 generales brigadieres, 753 comandantes, 2355 oficiales y 26638 miembros de la tropa, pero que esta la podía expandir hasta 80 mil si fuera necesario. Con esto, mencionaban, era suficiente para mantener la paz interior, pero no para ir a una guerra con ninguna nación.

El 21, la prensa estadounidense reportaba que, salvo un pequeño altercado en Guerrero, Coahuila que fue apaciguado, nada hubo que indicara el inicio de una rebelión. Las tropas federales controlaban la población que estaba bajo ley marcial. Se indicaba que dos jefes de minas habían sido apresados en Pachuca bajo cargos de apoyar la insurrección. De los 100 muertos en Puebla ya la cifra había descendido a 45 y 125 arrestados. Seguían reportando a Madero como no encontrado.

Ese mismo día, en la página 8 de The New York Times, se leía un editorial titulado “Madero’s Little War” (La guerrita de Madero). En él, se indicaba que no había provocado el menor indicio de inquietud el levantamiento político pequeño que los alarmistas en ambos lados de la frontera habían considerado sería algo importante. “La conquista de México por Madero puede considerarse como una broma. Es una estrella política pequeña con unos cuantos seguidores y ninguno relevante. No pertenece al linaje heroico de Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez. Carece de las habilidades militares y fuerza personal de revolucionarios como [López] de Santa Anna y [Juan] Álvarez. Ni siquiera es un heredero digno de esos soldados sanguinarios sedientos de fortuna como Miramón y Márquez. Si contara con el apoyo de la iglesia y el ejército apenas podría convertirse en una versión pequeña de Iturbide… Lo mejor para el país será que Díaz acabe pronto con Madero… Se justifica el calificativo que Díaz hizo de los rebeldes llamándolos anarquistas, aun cuando doctrinariamente no lo sean, ya que eso prevalecerá en cualquier sitio del país en donde se instalen los rebeldes.”

Para el día 22, se indicaba que Madero, al frente de 600 hombres, había entrado a México por un sitio no identificado ubicado entre Eagle Pass y Laredo. Para hacerles frente ya había salido el general Gerónimo Trevino y su tropa. Todos sabemos que esto nunca fue cierto. Lo que si era real es que, en Nuevo Laredo, ya se empezaba la leva bajo la premisa de una emergencia nacional. En Gómez Palacio ya se daban combates, en Zacatecas se reportaban bajas a consecuencia de enfrentamientos armados. En Cananea, se enlistaban Yaquis para ir a combatir a las tropas federales. El contrabando de armas y municiones hacia México, vía Naco, Arizona estaba en su apogeo. Desde Marathon, Texas, se anunciaban envíos de pertrechos militares hacia México. En Chihuahua, las autoridades buscaban quienes tenían en posesión explosivos, los negocios estaban cerrados, se recomendaba no salir a las calles y el Banco Minero estaba resguardado fuertemente. Desde Eagle Pass, se informaba que, en Hermanas, Coahuila se suscitó una protesta con gritos de “Muera Diaz,” cuatro civiles y dos policías fueron heridos. Asimismo, se indicaba que el general Bernardo Reyes regresaría de Europa y en diez días estaría en Eagle Pass. Las tropas estadounidenses en Texas fueron puestas en alerta máxima. El gobierno de Washington actuaría bajo la ley de neutralidad, pero estaba confiado en que Díaz habría de controlar la situación. El cónsul en Ciudad Porfirio Díaz, Ellsworth, telegrafió al departamento de estado que había una gran agitación en las ciudades fronterizas, pero que del lado estadounidense todo estaba bajo control.

Para el día 23, la prensa estadounidense reportaba que las tropas del gobierno mexicano ya habían retomado el control de los sitios inicialmente ocupados por los rebeldes, aun cuando no dejaban de reconocer que combates sangrientos se daban en Coahuila, Chihuahua, Durango, Veracruz y Guanajuato. Ante esto, los ciudadanos estadounidenses buscaban la forma más rápida de abandonar México. Muchos perdían la vida y las historias que se contaban sobre la insurrección daban para todos los gustos.

Asimismo, la prensa estadounidense informaba el descubrimiento de un complot para capturar y colgar a funcionarios del gobierno federal como Creel, Ramón Corral, Miguel Macedo y otros personajes prominentes como el director del diario El Imparcial, Rafael Reyes Spindola. La censura era estricta y el gobierno tomó control absoluto de las líneas telegráficas.

En Ciudad Porfirio Díaz, los habitantes estaban alarmados en espera de lo peor. Los comerciantes y la población en general se proveyeron de armas para defenderse. El pueblo estaba bajo control militar y se prohibía cualquier actividad al caer la noche. El ferrocarril proveniente de Torreón no se aparecía y eso sembraba el miedo entre los fronterizos quienes tenían familiares por aquellos rumbos.

De pronto, en Washington, ya no estaban tan confiados en que el ejercito fuera capaz de sostener a Diaz. Sin embargo, el día 23, Creel envió un telegrama al editor de The New York Times en el cual le indicaba que, en respuesta a su cuestionamiento sobre la situación política en México, podía asegurarle que las vidas de extranjeros no corrían ningún peligro y por lo tanto sus posesiones estaban seguras. Los disturbios ocurridos en Puebla, Pue., Gómez Palacio, Dgo., Parral, Chih. y en Guerreo, Coah. no eran de importancia y estaban ya controlados. La paz imperaba en todo el país.

Esto es un relato sintético de como la prensa estadounidense daba cuenta de las circunstancias que se vivían en México en aquel noviembre de 1910. Como puede observarse a lo largo de la lectura del texto, no siempre las versiones eran las más precisas, ni la óptica de que aquello era una rebelión pasajera estaba en lo cierto. Apenas eran los esbozos, vistos desde afuera, de un movimiento que pocos vislumbraban hasta donde podía llegar. Mucho tiempo tendría que trascurrir hasta que la lucha armada concluyera y llegara el momento en que se diseñara el Estado Mexicano Moderno al amparo del cual el país se transformaba mientras crecía y se desarrollaba, ese fue el resultado que tuvo aquello que dio inicio, entre trompicones, el 20 de noviembre de 1910 y que desde entonces conocemos como la Revolución Mexicana. .(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)

Añadido (1) Como dicen por ahí, a confesión de parte, relevo de pruebas. Para los bautismos, vía inmersión, “primero los pobres…” Vaya forma de desincorpóralos de la causa.

Añadido (2) ¿Padecerán de alguna fijación anular?

Añadido (3) Hace tiempo conversábamos con un periodista de altos vuelos acerca de la diferencia que había entre detentar poder y tener autoridad. Hoy, en México, ya sabemos quiénes poseen poder. ¿Alguna duda?

Añadido (4) Entre la clase política ahora sobran quienes dicen que siempre lo apoyaron. En realidad, desde el inicio, únicamente dos miembros de esta tuvieron los redaños para defenderlo: Eruviel Ávila Villegas y Diego Fernández de Cevallos Ramos.

Añadido (5) Todos creíamos que MoReNa eran las siglas de Movimiento de Renovación Nacional, pero estábamos equivocados el nombre real es Movimiento de Resucitación Nacional. Para probarlo, el INE encontró que MoReNa es apoyado por 5,530 personas en condición de revividos. Vamos, no sean modestos, compártanos cuantos más han logrado hacer que retornen del más allá. Total, el secreto de sus poderes sobrenaturales ya quedó expuesto.

Añadido (6) Conforme trascurren los días, aparecen más evidencias de que, en el proceso electoral estadounidense, la pulcritud no existió. Esto, aquí, pasa de noche para no inquietar a los políticamente correctos. Desconocemos en que terminara todo, pero cualquier cosa puede suceder.
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