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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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12 Julio 2020 04:00:00
Después de la pandemia
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La pandemia del coronavirus expulsó a más de media humanidad de la zona de confort donde se había instalado. De pronto, una amenaza venida de oriente transformó la vida de millones de personas de todo el mundo, enfrentándolas a situaciones inéditas, nunca imaginadas en las peores pesadillas ni en las más imaginativas películas sobre el final de la civilización y la ruda existencia de los escasos sobrevivientes.

El coronavirus, por decirlo de alguna manera, nos arrancó del siglo 21 y nos trasladó, atónitos y temerosos, a la Edad Media y sus devastadoras pestes. Al hacerlo, desmintió certezas en las que apoyábamos nuestro diario existir. Derrumbó también algunos de los mitos más arraigados con su espantosa democratización de la enfermedad y la muerte.

Por decirlo de alguna manera, democratizó el miedo. Nadie, por rico y poderoso que sea, está a salvo. Y la demostración de ello es que la más admirada potencia económica y militar el orbe, Estados Unidos, está convertida en un incontrolable foco de infecciones. No hay diferencia entre la orgullosa Nueva York y cualquier aldea perdida en cualquier montaña. Aunque quizá no sea así. Posiblemente la impresionante Gran Manzana resulte más vulnerable al ataque silencioso e invisible del virus que una pequeña aldea.

Con la pandemia, volvimos –igual que los hombres del paleolítico– a buscar refugio en una cueva. Claudicamos de nuestra calidad de zoon politikón (animales civilizados pertenecientes a una sociedad), del que hablaba Aristóteles. De un día para otro el prójimo, el vecino o incluso el pariente se transformaron en una amenaza, de la cual es aconsejable mantenerse aparte. Al fin de cuentas, todos somos un peligro.

El encierro obligado para muchos hizo trizas las rutinas y el hombre, que es un animal de costumbres, como diría Charles Dickens, prisionero entre cuatro paredes hubo de rediseñar su transitar del día. Esto trajo cambios profundos. La violencia familiar aumentó, según delatan las estadísticas, al igual que los estados depresivos.

Todo lo anterior nos lleva a plantearnos dos preguntas, por lo menos. ¿Seremos lo mismo después de que termine el peligro? ¿Qué efectos tendrá esto cuando ocurra el regreso al cada vez más distante regreso a “la normalidad”?

Necesariamente la pandemia habrá de provocar cambios en nuestro comportamiento y en nuestra forma de conducirnos, porque, sin lugar a dudas, no seremos los mismos después de la experiencia. Antes de que gane el olvido nos sentiremos más inseguros, más indefensos y confiaremos menos en que la ciencia y los avances tecnológicos son armas eficaces para luchar por nuestra supervivencia. Quizá esto nos vuelva también más humildes al derrumbarse las murallas de soberbia tras las cuales un gran número de personas atrincheran sus egos. No hay muralla ni torre de marfil que valga. Estamos desarmados ante la amenaza de la tragedia.

Ocurra de lo que haya de ocurrir, lo cierto es que habrá un antes y después de la pandemia. Pero seamos optimistas y pensemos que la humanidad habrá aprendido varias lecciones durante estos últimos meses.

Una de estas lecciones, posiblemente la más importante, es el convencimiento de que como seres humanos nadie, ni un grupo, país o continente, es una isla, como bien lo dijo el poeta John Donne:

“Ninguna persona es una isla,/la muerte de cualquiera me afecta,/porque me encuentro unido a toda la humanidad;/por eso nunca preguntes/por quién doblan las campanas/están doblando por ti”.
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