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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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11 Julio 2020 04:02:00
La verdadera injusticia
Entre los individuos, como entre las naciones, la herida abierta de la injusticia detiene cualquier tipo de progreso, porque sustituye el cambio real por un “reacomodo”, que da la falsa idea de estar a salvo del miedo, el peligro y el dolor.

Así como muchos seres humanos experimentaron en la infancia un evento doloroso que los dejó con el amargo sentimiento de haber sido objeto de una injusticia, los pueblos son susceptibles de padecer lo mismo como colectivo.

Mientras un niño es castigado por algo que no hizo, sin que su palabra tenga el menor crédito, un pueblo es conquistado por otro, evidentemente por la fuerza de la guerra o hasta el exterminio; también, en consecuencia, sin que su voz sea siquiera escuchada.

Los pueblos producto de una conquista llevan en la sique colectiva, en pensamiento y emoción, la herida de la injusticia cometida contra la parte que debió ser avasallada, para dar origen a lo que hoy son.

En sus relaciones de todo tipo y, de manera muy destacada, en su lenguaje, estos pueblos llevan siglos o milenios magullando la herida abierta, produciendo más desigualdad, desequilibrio, resentimiento social, y evidentemente, injusticia; es decir, perpetuando el sistema del cual han pretendido liberarse.

De ahí que sus luchas sociales, sus revoluciones, sus cambios de corriente política e incluso la alternancia en el poder de diversos partidos, no hayan podido solucionar la inequidad, la desigualdad, la discriminación o la pobreza.

¿A qué se debe esa reproducción del sistema, inmersa además en discursos y hasta verdaderos intentos de cambio? En primera instancia, a la falta de identificación del fenómeno. Ni siquiera tenemos conciencia de que eso está sucediendo. Como consecuencia, toda acción que se emprenda hacia el cambio será orientada por la misma forma de pensamiento producto de la conquista y los años posteriores en que esta se reprodujo bajo nuevos esquemas de poder.

La manifestación clara de este círculo vicioso es el reforzamiento constante de la desigualdad, la inequidad y la injusticia a través de expresiones verbales, y sus consecuentes conductas, que hacen énfasis en la desventaja histórica de algunos sectores de la sociedad. Incluso muchas de tales expresiones de carácter ofensivo. Ya no se oye frecuentemente, pero hay quien sigue usando la palabra “indio” como un insulto, y esa misma persona puede ser un activista de la igualdad en otros ámbitos, como el de género, por ejemplo.

Dice Laura Loaeza Reyes, investigadora de la UNAM, en su estudio Desigualdad e Injusticia Social: los Núcleos Duros de las Identidades Sociales en México, que “es difícil reconocer al otro como igual cuando su imaginario se ha construido sobre la base de connotaciones negativas, denigrantes, injuriosas, excluyentes, a través de categorías asociadas con diferencias socialmente construidas en las relaciones hombre-mujer, étnicas, de poder económico, de saberes socialmente valorados, etcétera”.

Esto quiere decir, mientras sigamos diciéndole “pobres” a las personas con menores recursos, oportunidades de progreso y marginadas respecto de las acciones de Gobierno, así los mantendremos. Estarán cautivos en una categoría “inferior”. Y no por la palabra misma, sino por la connotación despectiva que le hemos dado.

Mientras demos caridad en lugar de oportunidades, mantendremos y acrecentaremos la desigualdad. Mientras sigamos considerando que con una sola camisa, arroz, frijol y tortillas los más desfavorecidos tienen suficiente, estaremos echando sal a la herida de la injusticia y reafirmando su papel de eternos vencidos en la conquista por una mejor vida. Y eso solo le sirve al político que los necesita como votantes, no a la nación.

El cambio debe hacerse de raíz. Necesitamos reconocer la diversidad sin escalafones, hacer reivindicaciones desde un enfoque positivo, revalorando fortalezas, sin tratar a la gente como incompetente o incapacitada, intentando hacerles creer que con unos cuántos pesos regalados resuelven sus problemas, lo cual es, por cierto, tan ofensivo para su dignidad como la conquista misma.
04 Julio 2020 04:05:00
Cada quien lo suyo
La humanidad ha adquirido el poder suficiente para acabar consigo misma y con el planeta, pero sigue sin entender de qué se trata ser responsable. Las responsabilidades de las personas han ido, con el tiempo, adaptándose a los cambios, y siempre con mucha resistencia, pero casi nunca han estado donde tienen que estar verdaderamente.

De ahí que cada vez sea más frecuente y notoria la violencia en todas sus manifestaciones. Se ha intentado encontrar el origen de esta en la pobreza y su consecuente marginación, en conductas sociales como la discriminación, en fenómenos como la delincuencia, en fallas como la falta de educación y la pérdida de valores, problemas por demás difíciles de subsanar en el mundo moderno, de manera que si no podemos remediar la causa, tampoco lo causado, y en consecuencia lo “normalizamos”. Todo bien por acá.

Pero detrás de todo ello, en la raíz, está el equívoco de la responsabilidad: nadie quiere hacerse responsable de sí mismo. Esto se debe a que hemos sido programados para sentirnos responsables de la felicidad e infelicidad ajena y hacer a los demás responsables de la nuestra.

Este es el esquema de ancestrales relaciones en el que se basa la actitud más egocéntrica de los seres humanos: tomarse las cosas a personal: “todo lo que sucede me sucede a mí, todo lo que pasa tiene que ver conmigo”.

Mientras estamos siendo educados, en la infancia, aprendemos a tomarnos todas las cosas a personal porque, efectivamente, existe una etapa de egocentrismo en el desarrollo humano, de la cual, desafortunadamente no sabemos salir, ni en consecuencia enseñar a nuestros hijos a salir de ella.

A partir de la inservible fórmula egocéntrica “tú te haces responsable de mí, yo me hago responsable de ti”, los seres humanos tendemos, inútilmente, a sentirnos culpables por todo o a depositar la culpa siempre en otros.

Ambas formas de sentirse tienen un solo núcleo: la importancia personal que, como víctima o victimario, siempre grita “yo soy el centro del universo”. Y desde ahí reaccionamos, siempre emocionalmente, a todo lo que hacen los demás y lo que sucede a nuestro alrededor. Luego intentamos justificarlo racionalmente.

Así pues, dejar de tomarse las cosas a personal, ese simple cambio, lo transforma todo, y lo único que se requiere es hacerse responsable totalmente de uno mismo, de sus creencias, pensamientos, emociones, actitudes y conductas.

Nada de lo que hacemos es responsabilidad de los demás. Nada. Ni nada de lo que ellos hacen es la nuestra. Nadie tiene la obligación de satisfacer nuestras necesidades, a menos que seamos niños y jóvenes en desarrollo.

Interactuamos para intercambiar aquello que llevamos dentro, y generalmente lo hacemos con quienes llevan cosas similares. Ese intercambio es el que nos sostiene como seres humanos y sociedades, de forma positiva o negativa, constructiva o destructiva.

Puedo intercambiar amor o miedo, ternura u hostilidad, perdón o resentimiento. Lo que no puedo hacer es intercambiar uno por otro. La creencia de que yo puedo dar solo cosas buenas y el otro siempre me devuelve las malas, es de la víctima, una posición que hemos elegido para vivir de nuestra adicción al sufrimiento, y desde ahí manipular.

Cuando alguien nos dice algo y nos sentimos lastimados, no son sus palabras las que nos hirieron, fue el roce de las mismas con la vieja herida que llevamos sin sanar toda nuestra vida. Aun si lo dijo con el afán de lastimarnos, el motivo no somos nosotros, sino su propia vieja herida.

Y esto, por supuesto, adquiere dimensiones macro. Pongamos, por ejemplo, la herida de la injusticia, en la que sentimos que no hemos sido tratados con respeto y que no se nos ha dado lo que merecemos. Esa herida es la hoguera para la leña de muchos políticos que pretenden inflamar los ánimos con intención de satisfacer sus propias necesidades emocionales e intereses.


27 Junio 2020 04:02:00
Nada personal
A quién no le gustaría dejar de hacer corajes por las opiniones insensatas que se publican en las redes sociales, porque la gente no entiende que no entiende, porque el país no está siendo bien gobernado, porque todo está muy caro y, en general, porque el mundo, o por lo menos la propia vida, no es como debería ser.

Bueno, pues el remedio está a la mano, y no es precisamente que todo cambie para que uno sea feliz, y en esta ocasión tampoco se trata de que usted se transforme para producir y ser parte de un cambio positivo del mundo.

Se trata simplemente de dejar de hacer algo que hemos venido haciendo toda nuestra vida sin darnos cuenta: tomarnos las cosas a personal o, como se diría popularmente, “a pecho”. No conozco, hasta ahora, una sola persona que no lo haga, en mayor o menor medida.

Mientras más se toma las cosas a personal la gente, más infeliz se vuelve, y mientras menos lo hace más libre, tranquila, segura y feliz se siente.

Tomarse las cosas a personal es adquirir, y en consecuencia expresar, interna o externamente, una carga emocional negativa, generalmente de indignación, enojo y frustración, por situaciones que, en nuestra interpretación, “nos suceden”.

Esto nos pasa sobre todo con las opiniones y actitudes de otras personas.

Un ejemplo muy claro es lo que se conoce como polarización social, es decir, ánimos exacerbados en un enfrentamiento entre ciudadanos, en el que unos se consideran enemigos de otros porque su opinión difiere o es abiertamente opuesta.

Sucede también en la interacción personal, cuando la opinión de otra persona sobre nosotros nos ofende o hiere; entonces reaccionamos desde nuestra propia hostilidad, sin darnos cuenta de que, incluso en estos casos, no fue personal.

Dice, brillantemente, Miguel Ruiz, autor del libro “Los cuatro acuerdos”: “Si alguien te da su opinión y te dice: ¡Oye, estás muy gordo!, no te lo tomes personalmente, porque la verdad es que se refiere a sus propios sentimientos, creencias y opiniones. Esa persona intentó enviarte su veneno, y si te lo tomas personalmente, lo recoges y se convierte en tuyo. Tomarse las cosas personalmente te convierte en una presa fácil para esos depredadores, los magos negros. Les resulta fácil atraparte con una simple opinión, después te alimentan con el veneno que quieren, y como te lo tomas personalmente, te lo tragas sin rechistar”.
20 Junio 2020 04:05:00
Un simple cambio de enfoque
Qué pasaría si deja de esperar que los demás recompensen sus esfuerzos, compensen sus daños, satisfagan sus necesidades y sean como usted espera, por un lado, y por otro deja de sentirse obligado a hacer lo mismo por ellos.

¿Cómo serían las relaciones humanas sin este patrón? Para mí, hasta ahora, inimaginables, pues en cada motivo que tenemos en la vida para hacer algo está la necesidad de darle gusto a alguien, rara vez a nosotros mismos. Incluso los egocéntricos marcados, narcisistas o rígidos, pues, educados en el exceso, ya de cuidados, mimos, permisividad o, en el lado opuesto, disciplina, exigencia, constreñimiento, interpretaron en su infancia que se esperaba de ellos sentirse el centro del universo.

Evidentemente, esta forma de relacionarnos con los otros desde las expectativas de llenar nuestras carencias, satisfacer necesidades y cumplir ideales hace que establezcamos relaciones tóxicas y codependientes, sin importar si se trata de nuestra pareja, hijos, padres, hermanos, amigos.

Quedamos atados unos a otros en espera de obtener mutuamente lo que solo podemos darnos cada uno de nosotros: amor, seguridad, estima, validación, impulso, sentido de vida. Evidentemente necesitamos a los demás, como apoyo, compañía, soporte y ejemplo. Pero cuando los vemos como los responsables de nuestro bienestar, nos convertimos en sus víctimas o en sus victimarios, culpándolos de todo lo que nos sucede.

Y qué tal si fuéramos educados para realmente independizarnos después de la niñez, para pensar que las recompensas a nuestros esfuerzos ya no provendrán de nuestros padres o mentores, sino de nosotros mismos, que comenzamos a ser responsables de todo aquello que sintamos, pensemos o hagamos a partir de la adolescencia.

¿Y si nos enseñaran desde niños a disfrutar del proceso de aprendizaje en lugar de solo enfocar el objetivo para obtener la recompensa? ¿Si nos estimularan para ver en el proceso mismo la recompensa? Todos aprenderíamos con gusto y, obvio, lo haríamos bien.

¿Y si el objetivo fuera el descubrimiento mismo, la emoción de entender e incluso comprender? Probaríamos métodos hasta ver cuál es el adecuado para cada uno, sin tener que exponernos a los taches y las palomitas de la aceptación y el rechazo de quienes ejercen influencia sobre nosotros y a quienes, en ese momento, hay que darles satisfacción.

¿Y si dejáramos de pensar que tenemos que ser buenos para todo y todos, y nos permitiéramos ser especialmente buenos en aquello que amamos hacer? ¿Y si comprendiéramos que tenemos habilidades y talentos personalísimos, y que su desarrollo es justamente la fuente de disfrute en el aprendizaje? Seguramente dejaríamos de exigir o incluso esperar que nuestros hijos se conviertan en lo que creemos que deberían ser.

¿Qué pasaría además cuando dejáramos de confundir la educación con la instrucción y con el aprendizaje como forma de vida? Pues que le enseñaríamos a nuestros hijos no solo el comportamiento social que requieren para convivir armónicamente con sus semejantes, sino a manejar sus emociones, sus pensamientos, sus actitudes, y de paso aprenderíamos nosotros. Les inculcaríamos que la vida es un aprendizaje continuo y que la curiosidad por saber nuevas cosas le da sentido a la existencia. Entonces tendríamos seres humanos que van a la escuela no para cumplir un requisito, sino para disfrutar el proceso del saber.

Si fuéramos educados con estos enfoques, sabríamos, y en consecuencia viviríamos, haciéndonos responsables de lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos, sin atribuirle a los otros más que ser el punto de referencia de nuestras reacciones.

Viviríamos buscando crear y solucionar, en lugar de echar culpas y contagiar amarguras, resentimientos y odios. No nos sentiríamos obligados a nada que no fuera la indispensable cortesía y cordialidad, pero sabríamos amar a otros tal cual son, como nos amaríamos a nosotros mismos. Cooperaríamos en vez de competir y ayudaríamos en vez de obstruir.

Todo con un simple cambio de enfoque.
13 Junio 2020 04:03:00
Yo soy responsable
Todas las teorías sobre las conspiraciones de las malvadas élites, terrícolas o extraterrestres, para esclavizar a la humanidad, revividas en el imaginario colectivo ante la pandemia del Covid-19, tienen como objetivo principal ocultarnos que llevamos siglos, si no es que milenios, siendo esclavos de cualquiera que sepa explotar nuestra necesidad de agradar a los demás.

Nuestras vidas están dedicadas a construir un yo artificial que convenza, primero a nosotros mismos, de que somos lo que los otros consideran que debiéramos ser, para obtener la ansiada recompensa: aceptación, validación, valoración, reconocimiento, amor y, en general, aquello que afectivamente necesitamos para sentirnos felices y seguros.

Ese yo falso se llama máscara. Tan identificados estamos con ella, que cuando tratamos de autodefinirnos solo enumeramos las características que le hemos dado a esa cubierta, pero en realidad somos unos desconocidos para nosotros mismos. Incluso quienes se revelan ante las exigencias familiares o sociales están lejos de conocerse, pues siguen buscando fuera sus referencias de identidad, en grupos que representan lo contrario a lo que se espera de ellos.

La falta de contacto con nosotros mismos nos crea una sensación casi permanente de vacío, la llamada angustia existencial, que le resta sentido a la vida, pero continuamos buscando fuera lo que ya tenemos dentro. Esta aparente terquedad es en realidad un condicionamiento, una programación, que debemos a la “educación de la recompensa”, llevada más allá de su utilidad, hasta convertirla en una forma tóxica de convivencia con otros y con uno mismo.

Desde que nacimos, nuestros padres se relacionaron con nosotros imponiéndonos, en palabra y ejemplo, la mayoría de las veces contrapuesto uno con otra, modelos de pensamiento, sentimiento y conducta de acuerdo con lo que consideraban que debíamos ser. Si lo hacíamos bien nos daban una recompensa, si lo hacíamos mal un castigo o hasta golpes. En la escuela encontramos el mismo modelo.

Debíamos ser niños obedientes, tranquilos, cumplidos, limpios, muchas veces callados, listos, bien portados y agréguele. En la medida en que íbamos cumpliendo con estas características, nuestros padres y maestros nos daban un premio o un castigo, generalmente acompañados de expresiones emocionales de aceptación o rechazo, lo que equivalía en nuestro entendimiento a ser o no amados. Es decir, la gran carga emocional de la recompensa es el amor. O sea, es la vida o la muerte lo que está en juego.

La recompensa es el primer método, lógicamente necesario, para impulsar a un niño a aprender, pero lo que hemos hecho como sociedad es perpetuar este sistema de aprendizaje hasta la edad adulta, de manera que creemos que aquello que necesitamos siempre proviene de los demás, y por tanto las reglas, los cánones y las condiciones para obtenerlo.

Y así creamos estereotipos de belleza, éxito, inteligencia, etc., para moldear las formas de pensar, sentir y actuar que nos granjearán, en primera instancia, la adecuación social, y a partir de ahí la aceptación específica de grupos y personas, según destaquemos en la competencia de cualidades.

Dos son los efectos de este sistema: el primero consiste en que no aprendemos a responsabilizarnos de nosotros mismos, de lo que pensamos, sentimos y hacemos. Los demás siempre tienen la culpa, porque tienen lo que necesito y deseo, y no me lo dan. El segundo es la inmadurez. No crecemos, solo jugamos a ser adultos, pero dentro llevamos un niño muy asustado, berrinchudo y con una o varias de las heridas de infancia a flor de piel: abandono, injusticia, traición, rechazo, humillación.

Ahora bien, el cambio que requiere la humanidad, y que se ha hecho evidente con la emergencia sanitaria, no es otro que un nuevo sistema de aprendizaje de vida, por tanto, un nuevo tipo de responsabilidad, porque este planeta ya es insostenible cuando la culpa de lo que pasa la tienen siempre los demás. Pero eso es para el siguiente artículo.
06 Junio 2020 04:05:00
El canto de las sirenas
Todos los seres humanos buscamos constantemente orden, predecibilidad, certeza, seguridad, familiaridad. El conjunto de estas sensaciones es lo que nos proporciona el tan anhelado sentimiento de bienestar, esa “burbuja” protectora que hemos confundido con la felicidad, cuando en realidad es solo un rellano en la infinita escalera del desarrollo personal.

Pero a quién le interesa el desarrollo personal, si puede ceder al canto de las sirenas y entregarse a la ilusión de seguridad y certeza permanentes. Donde quiera que el hombre pretenda encontrar “estabilidad infinita”, es decir, “quedarse para siempre”, estará paradójicamente perpetuando su sufrimiento, cediendo su poder a quien pueda manipularlo, induciendo y alimentando ese miedo al que se ha anclado para evitar lo único inevitable en el universo: la omnipresente incertidumbre.

Aventurarse a descubrir por qué hay personas que conviven bien con la incertidumbre y otras que apenas la toleran sería una tarea disruptiva para lo que hoy nos ocupa. Simplemente es un hecho. Lo importante es saber cómo la intolerancia personal a la incertidumbre se magnifica a nivel social y qué efectos tiene.

Comencemos por señalar que todas las religiones del mundo, todas las ideologías, sociales, políticas, económicas o filosóficas, son creaciones mentales del ser humano para organizar, estructurar, reducir y simplificar al máximo el conocimiento.

Esto le permite a las sociedades tener creencias y normas compartidas por sus miembros, que les dan certeza sobre lo que cada quien “debe” ser, lograr, hacer en diversas situaciones y, sobre todo, cómo deben relacionarse unos con otros.

Esto es así porque el ser humano tiene a nivel individual y colectivo la imperiosa necesidad mental, vital, vaya, de hacer con sus experiencias, sus percepciones, sensaciones y aprendizajes lo que se conoce como cierre cognitivo. O sea, explicarse las cosas, para sobrevivir, en primera instancia, para perpetuarse como especie y para ir creciendo emocional y espiritualmente.

Sin embargo, para quienes son intolerantes a la incertidumbre, explicarse las cosas, a toda costa, aún mediante el autoengaño, la mentira y la negación de evidencias en contrario, es no solo imperativo, sino urgente.

La desigualdad social, la injusticia y la inequidad producen en los ciudadanos incertidumbre, ante la incapacidad de controlar las situaciones que rompen la seguridad colectiva e individual, como la delincuencia, la falta de oportunidades laborales o educativas, por ejemplo.

Se aferran entonces a ideologías, corrientes políticas o religiosas que les prometan solución a aquello que los asusta. Su necesidad de “bienestar” emocional los lleva a detener la búsqueda de información y asirse a promesas para calmar su perturbación.

Son las mentes “adictas” a una respuesta rápida sin importar la veracidad de la misma. Su ansiedad exige satisfacción y/o compensación inmediata, pues la incertidumbre los incapacita mental y emocionalmente.

Su profunda y devoradora necesidad de sentirse seguros los lleva a considerar verdad incuestionable ese conocimiento rudimentario, distorsionado o ilógico al que decidieron aferrarse para continuar su vida diaria, sin morir de angustia en el intento.

La pluralidad en las sociedades es producto de los diferentes cierres cognitivos a que llegan diversos grupos sociales según su posición socioeconómica, sus raíces religiosas, condiciones culturales, educativas y hasta su identidad de género.

Cuando a alguien su grupo ya no le ofrece el conocimiento suficiente y convincente para permanecer en su zona de confort social, migra a otro grupo, primero aspiracionalmente. En el trayecto debe lidiar con la incertidumbre, por supuesto.

En realidad, estos últimos, los que lidian, son los menos. La mayoría se aferra a lo que cree saber, cobijada en otros para sentirse en lo correcto. Se mimetizan con sus juicios y se hacen impermeables a la información nueva. Mientras más se niegan a las evidencias, más sufren la callada ansiedad de saber que tienen miedo.

Mientras más miedo, más estulticia, agresividad, necedad, cinismo y odio. Ahora sabe quiénes son los haters y… aquí la dejamos.

23 Mayo 2020 04:05:00
Es mejor ser nadie
Comencemos haciendo un ejercicio de conciencia: Relájese, cierre sus ojos, respire profundo y dígase: “Me siento orgulloso u orgullosa de mi mismo(a) porque…” y elabore una lista, corta o larga, mental o escrita, como elija.

Por ejemplo: soy inteligente, valiente, honesto, pobre, rico, exitoso, muy hombre, muy mujer, generoso, ahorrador, profesionista, autodidacta; o, tengo un buen trabajo, una casa, un coche, muchos o pocos amigos.

Ahora analice su lista y dese cuenta que todo o casi todo aquello por lo que se gusta a sí mismo(a) es lo que su familia, religión, grupo de amigos, comunidad o toda la sociedad a la que pertenece le dicen que “deber ser” y “debe tener”.

Despójese mentalmente de todo ello, ¿quién es usted sin eso? Si tiene una respuesta inmediata, se está mintiendo; si tiene una fácil, está ocultándose la verdad; si prefiere no responderse, está en negación. Lo más honesto es que se diga a sí mismo(a): “no sé quién soy”, a menos que realmente lo sepa, pero eso le habrá llevado años de desarrollo espiritual y meditación. Felicidades en tal caso.

Lo común es que creamos ser lo que nuestra sociedad nos dice que debemos ser, y que eso nos produzca una sensación de vacío, un gran estrés y una enorme ansiedad, porque todo el tiempo estamos tratando de satisfacer las expectativas ajenas y exigiendo que los demás satisfagan las nuestras, lo cual es por demás imposible.

Nuestra sociedad está enferma, con la misma enfermedad que nosotros padecemos cuando juzgamos a nuestros semejantes, evadimos nuestras responsabilidades, le echamos la culpa a otros de nuestra situación, nos importan un bledo los demás y vamos por la vida dañando, generando y contagiando miedo, ira, indignación, morbo, sufrimiento.

Esta enfermedad social se llama normosis, y consiste, en resumen, en un conjunto de creencias y conductas sociales que producen sufrimiento. Erich Fromm lo describió también como una patología de la normalidad en la sociedad contemporánea, cuya fuente es la enajenación de sí mismo: el individuo se conduce de un modo automático e inconsciente que en realidad le es extraño, por lo que le produce una constante incomodidad que tiende a negar, por miedo a dejar de pertenecer y ser rechazado, pero que va creciendo hasta convertirse en sufrimiento existencial.

Abordé la semana pasada las normosis patriarcal, consumista y rutinaria. Hoy añado dos que me parecen las más peligrosas después de la patriarcal: la burocrática y la espiritualista.

La burocrática es la que impone las relaciones mando-obediencia, exige subordinación y sumisión, establece mandatos imperativos, no permite cuestionamientos, no escucha razones, no admite errores ni corrige rumbos. En combinación con la patriarcal, ejerce venganza implacable sobre los disidentes, amenaza a quien disiente, discrimina, descalifica a sus críticos, violenta las normas y los derechos.

Por su parte, la normosis espiritualista impone estructuras mentales provenientes de un credo religioso que también conducen a la sumisión social, como la salvación a través de la pobreza, que implica ideas como “ser pobre es un orgullo”, “ser pobre es ser honrado”, “basta con un par de zapatos y una camisa, ¿para qué quiero más?”.

Si sumamos esta normosis a la burocrática y a la patriarcal, tendremos la base cultural de la mayoría de los pueblos de América. Solo hay que añadirle la normosis bélica, para tener un golpe de Estado, o la revolucionaria, para asumir como natural y aceptable la doble moral, el cinismo de doble lenguaje, la corrupción extendida a la población para esconder la gubernamental, entre otros de los rasgos de las falsas transformaciones políticas.

Ante este panorama, lo único que nos queda es crecer, como personas y como espíritus, para saber quiénes somos realmente, después de despojarnos de tanta falacia social. Es mejor ser nadie que ser lo que nos exigen, porque eso será siempre inalcanzable e injusto, producto de la incapacidad de aceptación de sí mismo y del otro.
16 Mayo 2020 04:02:00
Quién se cree que es
Así como se enferma la mente de un individuo, se enferma la mente de su sociedad. Entre ambas enfermedades hay una correlación de mutua morbilidad. Si un individuo está reaccionando de manera equivocada cuando se siente amenazado –como en no pocos casos se ha visto durante esta pandemia– seguramente su colectivo lo está haciendo también, y viceversa.

Siempre hay, sin embargo, quien da la nota disonante respecto de las creencias más extendidas y arraigadas. El clásico crítico que, no obstante, padece la misma enfermedad social. Puede haber incluso dos o más grupos, sectores o estratos que piensan diferente respecto de los asuntos en común, y aun así discuten bajo la misma distorsión mental colectiva.

A nivel individual o colectivo, lo común es que la gente se aferre a sus creencias y descalifique sin más a quien ose contradecirla, creyendo sin pizca de duda poseer la verdad absoluta y, por tanto, trate de imponerla a como dé lugar.

A escala personal, este fenómeno se da dentro de la familia, en el lugar de trabajo y hasta en la fiesta. A nivel colectivo hablamos de la política, la religión, la economía y, por supuesto, la pandemia.

En lo personal, le llamamos patologías a las enfermedades o distorsiones mentales y, aunque puede usarse el mismo término en cuestión social, existe otra denominación certeramente acuñada por el ilustre sicólogo francés Pierre Weil: “normosis”, nombre que nos permitirá hacer una clara distinción entre las morbilidades de dos mentes que son en realidad una sola en muchos sentidos: la de cada persona y la de la sociedad a la que pertenece.

De acuerdo a Weil, la normosis es “…el conjunto de normas, conceptos, valores, estereotipos, hábitos de pensar o de actuar, que son aprobados por consenso o por la mayoría de una determinada sociedad y que provocan sufrimiento, dolencia y muerte: algo patogénico y letal, ejecutado sin que sus autores y actores tengan conciencia de su naturaleza patológica”. No está de más decir que además nos dan identidad.

Weil clasifica la normosis de una forma en la que cualquiera con conciencia queda pasmado por el horror de la identificación.

Comenzaré hablando de las normosis que más se ajustan a nuestra realidad social, como la “patriarcal”, que “invisibiliza” y/o “descalifica” lo femenino, lo somete por la fuerza, pues teme a la sensibilidad. En una errónea interpretación de lo masculino, acentúa la represión de las emociones, de ahí que separe la mente del cuerpo, impidiéndonos ver que éste enferma o se debilita cuando no sabemos gestionar lo que sucede en aquella.

La normosis patriarcal se basa en la violencia de género, que en esta pandemia se incrementó de manera alarmante. De acuerdo a la Oficina para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, las llamadas de auxilio de mujeres violentadas crecieron 80 por ciento en México durante el primer mes de cuarentena.

Podemos identificarnos igualmente con la normosis “consumista”, a través de la cual hemos depredado el planeta. Este sistema de creencias es el que nos lleva a centrar el sentido de nuestra importancia personal en el dinero. Esta forma de ver el mundo nos ha arrebatado la libertad de elegir cómo queremos vivir, cambiándola por una falsa libertad de elegir lo que queremos comprar.

Los “tradicionalismos” son otra forma de normosis, llamada “rutinaria”, en la que se piensa y actúa bajo el principio de que “siempre ha sido así” y nada puede hacerse para transformar el mundo, nuestras instituciones y a nosotros mismos. Es la que permite reproducir injusticias, discriminación y, evidentemente, los privilegios de quienes en su tiempo combatieron esos mismos privilegios, porque los tenían otros, claro.

Supongo que a estas alturas ya habrán caído varios “veintes”. Pues para que se llene la alcancía, continuaré en la próxima entrega con el mismo tema.





09 Mayo 2020 04:05:00
Para cuando salgamos
A estas alturas de la pandemia, ya hay más casos de coronavirus imaginarios que reales. Los ataques de pánico son cada vez más extendidos y frecuentes, sobre todo en la población confinada en sus casas, que se llena de ansiedad.

Quienes deben salir a conseguir el sustento o realizar tareas indispensables para la sociedad tienen evidentemente otras prioridades que les permiten no obsesionarse con la posibilidad de contagio. Solo podemos confiar en que no menospreciarán la peligrosidad del virus ni la importancia de las medidas de seguridad, porque los que estamos en cuarentena, nos guste o no, dependemos de ellos.

Mientras tanto, el encierro aumenta los casos de violencia intrafamiliar, magnifíca las patologías emocionales que venimos arrastrando de años, como la depresión y la ira contenida, hace obvia nuestra incompetencia para manejar la ansiedad, el estrés y el miedo, potencia la necesidad de paliativos como el alcohol o cualquier otra adicción, y multiplica el número de hipocondriacos, entre otros problemas “íntimos” que acostumbramos ocultar, primero a nosotros mismos.

Cuando esto acabe, todos estos problemas que he descrito y más, habrán crecido si no nos tomamos en serio el asunto de la salud mental que es aún más importante que la física, porque en realidad es el origen de esta última.

Si no aceptamos que estamos asustados, estresados, llenos de miedo, que no toleramos la incertidumbre ni manejamos bien la convivencia de 24 horas con nuestros seres amados; si no lo hablamos, lo canalizamos adecuadamente y buscamos ayuda, saldremos a la calle, tras meses de cuarentena, a sumar locura potenciada a la ya crecida patología social recrudecida por la crisis sanitaria.

Entonces haremos realidad, nosotros mismos, ese mundo apocalíptico que tanto tememos, contagiando nuestro pánico a quien se nos acerque, lo sepamos o no, porque el miedo potenciado también en muchos casos, es más, en la mayoría, asintomático o cuando menos encubierto.

Los seres humanos somos como antenas repetidoras, cada uno de nosotros capta las señales con las que vibra y las envía a diestra y siniestra. Lo que enviemos es lo que haremos realidad como colectivo. Es nuestra elección, primariamente, como individuos. Una gran responsabilidad, ¿verdad? Atrás quedó la era en que su vida personal le concernía solo a usted.

Vea a lo que nos estamos enfrentando cada uno de nosotros en cuarentena: según los últimos informes en relación a la Salud Mental (OMS 2011) en el mundo la depresión es la principal causa de discapacidad a escala mundial y este año 2020 sería la primera causa de enfermedad en el mundo desarrollado. De acuerdo a los especialistas, el confinamiento y el desempleo están entre las principales causas de depresión y ansiedad, aumentan la probabilidad de desarrollar conductas agresivas y adicciones.

Millones están hoy perdiendo sus empleos y muchos otros trabajadores de la informalidad viendo mermados sus ingresos a causa de ello. Todos dependemos de todos, está más que claro, y aun así hay personas, desafortunadamente no pocas, encerradas en sus pequeños mundos personales, en la ignorancia o la negación voluntaria, para no hacerse responsables de su parte. Estos son los que se han convertido en un peligro de contagio para sus semejantes.

Esta circunstancia pone de manifiesto la existencia de patologías sociales o sicosociopatías, de acuerdo a Erich From, tan extendidas y frecuentes que las hemos normalizado, es decir, las consideramos una forma aceptable de actuar en la convivencia social o, aun cuando las censuremos, no hacemos nada para detenerlas, en aras de respetar la mal entendida esfera de lo privado.

A esta normalización de patologías colectivas se le denomina también “normosis” y se le ha clasificado de varias formas. De ella todos somos responsables, partícipes y víctimas.

En el próximo artículo veremos esas clasificaciones y sus efectos, para que podamos decidir qué vamos a hacer cuando salgamos de nuestras casas.

02 Mayo 2020 04:01:00
Como es arriba es abajo
Todas las sociedades, por sus modos de producir riqueza y cultura, su manera de organizarse e interrelacionarse entre sí, con el planeta y todas las criaturas vivas, han vivido durante toda su existencia de crisis en crisis. De lo contrario seguiríamos en el paleolítico.

Resolver crisis, es decir, situaciones difíciles y decisivas, no es una forma de quitarse de encima los estorbos, es la manera en que evolucionamos como individuos, como colectivos y como especie. En resumen, en lugar de luchar contra las olas, “surfea”.

Nada perturba más a un ser humano que una situación que viene a sacarlo de su comodidad, por muy miserable que esta sea. Bien dice Paulo Coelho que las personas quieren cambiarlo todo y al mismo tiempo desean que todo siga igual.

Si a nivel personal es difícil admitir que la vida nos está avisando u obligando –como en el caso de la pandemia que vivimos–, a cambiar nuestro enfoque sobre nosotros mismos, nuestros semejantes y el mundo en que habitamos, a nivel colectivo es realmente titánico.

Los individuos, en cada crisis personal, nos resistimos al cambio que esta conlleva. Primero negamos la realidad, después tratamos de negociar con ella, pero cuando es imposible explotamos en ira ante el miedo de sentir el dolor de la pérdida (de lo que sea que perdamos), tras el cual, por cierto, está la aceptación con que
finaliza el proceso.

A nivel colectivo es lo mismo, pero como la sociedad es una entidad multiconsciente, de millones de cabezas, y estas no operan al unísono, el proceso es lento, tedioso, tropezado, muchas veces violento y explosivo.

Así como cada individuo se pelea consigo mismo, se rechaza, se exige demasiado, se siente extraviado y se vuelve autodestructivo, antes de conocerse, tenerse compasión, amarse y dignificarse, es decir, antes de resolver su crisis de vida, la multiconciencia social actúa de la misma manera: pelea, discrimina, rechaza, margina, se confunde
y se hace daño.

Cuando actuamos personalmente a partir del miedo, la multiconciencia hace lo mismo. Por tanto, así como cada uno de nosotros se enferma emocionalmente: se deprime, pierde estima, acumula ira, abusa, maltrata y violenta, a sí mismo primero y a otros después, a la sociedad le pasa lo mismo.

La sociedad somos todos. No pertenecemos a ella, nos pertenece, es nuestra creación. Sus aciertos y sus errores son de cada uno, sin excepción y sin distinción. Sus necedades y necesidades, distorsiones, dolor y decadencia son las nuestras, lo mismo que su solidaridad, resistencia, paz y seguridad.

Si cambiamos nosotros cambia ella. Lo mismo que necesitamos nosotros para ser mejores, lo necesita ella. Lo que nos funciona como individuos le funciona a ella. Se mueve más lento, como más lento se mueve lo grande y pesado respecto de lo pequeño y ligero, pero lo que cada uno de nosotros hace de la puerta de su casa para adentro, también afecta afuera, para bien o para mal.

Sabiendo esto, se evidencia la enorme responsabilidad que cada uno de nosotros tiene. La parte con que cada uno contribuye es importantísima. No lo notamos normalmente, pero eventos como la pandemia de Covid-19 nos lo muestran: por una persona que no se cuide, por el motivo que sea, pueden morir cientos, miles. Por cada persona que se cuide, evitamos que otros sufran la pérdida de sus seres queridos, que de ninguna manera querríamos vivir en carne propia y que depende, nos guste o no, de que se cuiden los demás.

No nos sintamos ajenos a la sociedad en que vivimos. Cada uno es una de las cabezas de la multiconciencia. Si no nos ayudamos, al menos no nos insultemos ni odiemos entre nosotros, aunque no nos gustemos. El rechazo que sentimos por otros, es en realidad una proyección, es decir, representa a la parte de nuestro ser rechazada por nosotros mismos.

25 Abril 2020 04:05:00
El maestro Covid-19
La soledad es el imperio de la conciencia
Gustavo Adolfo Bécquer


Ya lo sabemos todos a estas alturas de la pandemia del Covid-19: la humanidad no está preparada ni material ni espiritualmente para enfrentar con eficiencia y eficacia emergencias sanitarias que nos pongan en riesgo a todos, aun cuando no es ni la primera ni la peor de su historia.

Como naciones, podemos tomar las determinaciones políticas adecuadas para resolver problemas y controlar los daños; pero también podemos negar la gravedad de la situación, dejando que nos rebase.
Como sociedades podemos cuidarnos y apoyarnos unos a otros; pero también podemos agredirnos y perjudicarnos, por un lado, o ser negligentes e indiferentes, por otro.

Como personas podemos debilitarnos, evadiéndonos de las dificultades en nuestra propia casa, a través de cualquiera de las adicciones fomentadas socialmente: alcoholismo, videojuegos, televisión, redes sociales; por separado o juntas. O podemos salir fortalecidos, sintiéndonos mejor, si aprendemos en particular una habilidad que hasta ahora nadie nos ha dicho que es tal, es decir, que se puede adquirir y mejorar: estar cómodamente consigo mismo, única vía para relacionarnos sana y satisfactoriamente con los demás.

Todos consideramos que una buena relación consigo mismo se da naturalmente sola, igual que autoconocerse y conocer a los demás, compartir, amar, poner límites, respetar, y toda una serie de virtudes que en realidad son aprendizajes, no cualidades innatas.

Virtudes que, convertidas en actitudes, traen a nuestras vidas todo eso que vivimos anhelando, como personas y como sociedades: seguridad, paz, amor, armonía, satisfacción, y que con una sola cosa muy bien aprendida podríamos tener mañana mismo, es más hoy, porque el núcleo de toda la búsqueda espiritual humana es, como nos lo está mostrando la pandemia, saber estar consigo mismo. Quien aprende a estar consigo mismo, se respeta y se valora, sabe estar con los demás, reconoce su valor, los respeta y trabaja por su bienestar.

El que roba a los demás abusa de ellos, los utiliza, manipula y al final los desecha o pretende poseerlos y dominarlos de manera enfermiza, es alguien que no se gusta ni se ama ni sabe estar consigo mismo, se juzga cruelmente, se exige irracionalmente y se rechaza.

Y con estas descripciones ya podrá deducir cómo se comporta cada uno de estos seres humanos en una dificultad como la que está viviendo el mundo. Así de simple: ¿está usted cómodo consigo mismo? Su relación con el mundo será armoniosa. ¿Está usted incómodo consigo mismo? Vivirá peleando con todo y todos.

Así que aproveche esta oportunidad para aprender la más valiosa de las virtudes humanas: estar satisfactoriamente con uno mismo, gustarse, disfrutarse y disfrutar por tanto la ausencia de otros, a lo que mal llamamos soledad.

La soledad no es un alejamiento de los demás, que cada uno de nosotros necesitamos por temporadas, para estar emocionalmente sanos y preparados para una relación respetuosa con los otros, es decir, con límites y reglas claras.

La soledad es un sentimiento de ausencia de uno mismo, un autoabandono que el mundo moderno nos facilita a través de la fuga en las redes sociales, en las que confundimos los “likes” con la aceptación.

La ausencia de sí mismo es producto de una mente convencida de que todo lo que buscamos espiritualmente se halla en los demás, en cumplir sus expectativas para que nos admiren, nos acepten, nos amen.

A los mexicanos en particular puede costarnos trabajo estar con nosotros mismos, porque nuestras costumbres y condiciones económicas nos llevan a conformar “familias muégano”, esas donde todos viven juntos, los abuelitos cuidan a los nietos, todos opinan sobre la vida de todos, toman roles que nadie les ha pedido que cumplan y decisiones que no les corresponden.

Estas familias proporcionan mucho apoyo moral y económico, pero crean grandes dependencias que no permiten crecer a las personas como individuos. Quizá, esta cuarentena sea la oportunidad de poner límites en casa.

18 Abril 2020 04:02:00
Dios los hace…
Comencemos por el concepto: dice el Diccionario de la Lengua Española que vulnerable es aquel que puede ser herido física o moralmente. Esta palabra la hemos aplicado a la actitud de mostrarnos tal cual somos ante otros, porque creemos que vamos a ser lastimados.

En primera instancia, porque casi todos, si no es que todos, ya lo fuimos en nuestra infancia, directa o indirectamente, por poseer características, rasgos o sentimientos censurados por los adultos.

Pero no existen los seres humanos invulnerables. Solo aquellos que no se gustan a sí mismos y por eso no se dejan conocer. Quien no se deja conocer no se deja amar. Así de simple.

Con todo lo aterrador que pueda parecer quedar expuestos ante otros, es lo único que nos permite amar y ser amados, tocar a otro con el alma y ser tocados de igual manera. Esto se conoce como conexión.

Estamos en esta tierra para conectarnos profundamente, no solo con nuestros iguales, sino con el planeta en toda su diversidad. Ese es el verdadero sentido de la existencia.

La invulnerabilidad, que en realidad es pura insensibilidad, nos deja fuera de la vida, nos incapacita para reconocer lo que sentimos y para conectarnos con los demás. Los seres humanos con mucho miedo y dolor están interiormente yermos. Tenga esto en mente cuando sepa que alguien se ha suicidado, sin importar su edad. Es evidentemente alguien que se sentía profundamente aislado, sin posibilidad de ser ayudado por otro desde el alma.

Mire pues la importancia y el poder de la “vulnerabilidad”, que en realidad no es tal. A la capacidad de ser sensibles ante otros, de mostrarnos tal cual somos y aceptarlos de la misma manera, que es lo único valioso en la vida, le hemos dado un nombre inaceptable, que convertimos en vaticinio justo por lo que significa en nuestras mentes: serás herido.

Esta conciencia de la importancia que tienen los demás para nuestra propia vida y felicidad es lo que ha incrementado y, en muchos otros casos, despertado esta pandemia del coronavirus.

Desafortunadamente hay todavía gente a la que los demás siguen sin importarle y otra que, para no aceptar esto, prefiere las teorías “conspiranoicas” que niegan la existencia del virus.

Así pues, esta conciencia es uno de los cambios trascendentales que trajo esta pandemia al mundo y, aunque no será radical, marca el fin de la era en la que la invulnerabilidad era una aspiración como cualidad.

Escondernos unos de otros, competir, desconfiar, ofendernos, descalificarnos, ignorarnos, criticarnos y, evidentemente, hacernos daño, son conductas muy comunes es nuestro mundo que están ya de salida, aunque sigan predominando. Esta sacudida planetaria que nos dio el coronavirus ha hecho que cada vez más personas entiendan la gran dependencia que existe entre nosotros, los seres humanos, y que lo que pasa en China puede ser perjudicial no solo para México, sino para el mundo entero.

Cada vez más, la gente exige a otros que respeten para ser respetados y cambia sus paradigmas del éxito: ahora triunfa quien colabora. La colaboración es el mejor rasero de la humanidad: nos iguala en valor y méritos, por tanto, nos permite apreciarnos y aceptarnos mutuamente, con confianza y tal cual somos. Establece lazos poderosos de afecto.

No importa nuestra personalidad, mientras a la hora de colaborar lo hagamos humildemente. A la humildad es el llamado que nos hace la pandemia.

Quien se cree invulnerable es en realidad un inadaptado. Aunque “pertenezca” a un grupo no permite que otros lo conozcan lo suficiente como para establecer vínculos afectivos o de confianza. Y aunque no lo crea hay grupos que solo tienen integrantes de este tipo. “Dios los hace y ellos se juntan”.

Pero, como dijera la filósofa, activista, política y mística francesa, Simone Weil: La vulnerabilidad es una marca de existencia.



11 Abril 2020 04:05:00
Sarcasmos
Con peras y manzanas, o eso espero: todo en el universo es vibración, usted, yo, lo que percibimos con los cinco sentidos y lo que experimentamos más allá de ellos, así como, evidentemente, lo que cada uno piensa y siente.

La frecuencia vibratoria es la que determina lo que es sólido, líquido o gaseoso, tratándose de la materia, y lo que construye o destruye, tratándose del ánimo de las personas. En esto coinciden la ciencia, la hermética y las creencias espirituales más antiguas.

Tratándose de los seres humanos, hay dos vibraciones opuestas entre las cuales nos movemos toda la vida, dos voces interiores que nos hablan, representadas en el imaginario colectivo por el diablito y el angelito: el miedo y el amor. Estas determinan la forma en que vemos el mundo, por tanto, lo que experimentamos y, en consecuencia, lo que elegimos creer.

Vamos a los ejemplos: cuando queremos ayudar a alguien, sentimos su dolor y deseamos abrazarlo y contenerlo, estamos actuando desde el amor; cuando desconfiamos, reprimimos nuestros impulsos de ayudar e imaginamos en negativo, estamos actuando desde el miedo.

En cualquiera de los dos casos, lo que elegimos creer es lo que consideramos la realidad y lo que, muy probablemente, volveremos nuestra realidad. Decía Stephen Covey que “todos tendemos a pensar que vemos las cosas como son, que somos objetivos. Pero no es así, vemos el mundo, no como es, sino como somos nosotros, o como se nos ha condicionado para que lo veamos. Cuando abrimos la boca para describir lo que vemos, en realidad nos describimos a nosotros mismos, a nuestras percepciones, a nuestros paradigmas”, y, ni siquiera nos damos cuenta, añado yo. ¿Por qué? Porque no estamos reconociendo lo que sentimos, no volteamos a mirarnos porque tememos lo que vamos a encontrar.

Así fuimos educados: llenos de miedo sin reconocer el miedo, esperando lo peor de los demás y de la vida. Creemos que si “estratégicamente” imaginamos lo peor estaremos en posibilidades de controlarlo, lo cual es por supuesto una trampa, empezando por el hecho de que solo el miedo genera esos pensamientos y cualquier acción desde el miedo paranoico es necesariamente fallida.

Si nos mantenemos calmados y confiamos en nosotros mismos, seremos, en circunstancias difíciles, solidarios, comunitarios, generosos, tolerantes, compasivos y, sobre todo, estaremos tranquilos. Si estamos estresados, presas del miedo, estaremos, ya desde mucho antes de que se presente cualquier circunstancia adversa, incapacitados para reaccionar correctamente, desgastados y con visión de túnel, que nos impedirá ver las soluciones. En muchas personas hay una lucha entre ambas voces, y eso es bueno, pues tienen opción, pueden elegir. Pero hay quienes no. De hecho, la mayoría. Son quienes actúan irracionalmente y por impulso.

Pensemos en dos personas que van al súper en una pandemia como la que vivimos y una compra un paquete de papel de baño y una botella de vino; la otra arrasa con las estanterías.

También existe el “miedo controlado”, el más peligroso, pues es la insensibilización completa: gente que no está dispuesta a modificar en lo más mínimo su forma de vida, sus planes, su manera de pensar; generalmente no admite que se equivoca, no le interesa el daño que puede causar con sus actitudes ni lo que otros piensan y sienten; tenderá a minimizar o negar los problemas. ¿Conoce usted a alguien así? Bueno, pues ya sabe que en el fondo está muerto o muerta de miedo.

La diferencia está en la incomprendidísima actitud llamada vulnerabilidad, que en términos de psicología significa dejarnos sentir lo que sentimos, aceptarlo y abrirnos a otros. Esto, en la mente humana, desde el miedo, significa quedar en posibilidad de ser heridos, de ahí que le llamemos vulnerabilidad al hecho de ser honestos con nosotros mismos y con otros.

Sin embargo, en esta radica nuestra fortaleza, ya veremos por qué, en el próximo artículo.


04 Abril 2020 04:02:00
¿Está listo?
Mucho se ha hablado ya del gran cambio que está experimentando o, mejor dicho, debería experimentar la humanidad tras la pandemia de Covid-19, porque ciertamente una considerable cantidad de seres humanos se resistirá; no está dispuesta a abrir su mente ante el desafío que nos está haciendo el planeta por nuestra gran arrogancia.

Se ha dicho, en resumen, que agoniza la era del individualismo y la competencia para dar paso a la de la colectivización y la solidaridad. Se derrumba el “sueño americano”, que nos impulsa a basar en el mérito y el esfuerzo de cada uno, por separado, el sentido de la importancia personal y nace la conciencia de unidad, del actuar como parte de una comunidad, en beneficio de la colmena que nos sustenta.

Se eclipsa la importancia del dinero como fuente de bienestar, seguridad y felicidad; comienza a brillar la certeza de que la solución que cada uno busca para su vida se halla en actuar como queremos que los demás actúen. Pasamos de la desconfianza instintiva a la confianza espiritual.

En todo estoy de acuerdo, y resumiría el “despertar” masivo, aunque gradual, en tres puntos:

La vida, tarde o temprano, pone todo en su lugar. Nadie sale impune de un daño causado, aun inconscientemente.

Somos frágiles solos.

Somos poderosos unidos.

La conciencia de la humanidad está evolucionando. La gente se espiritualiza tras el dominio del cínico escepticismo positivista, es decir, el “hasta no ver no creer”, una “verdad” de necios que nos ha regido más de 100 años. Aun hoy hay quien no cree en el coronavirus. Pero recordemos que nuestras verdades de hoy serán mañana nuestras grandes mentiras.

Lo importante ahora es señalar que este cambio por el que atravesamos es un proceso, no un suceso, y que nada fuera de cada uno se transformará sin que lo hagamos nosotros primero. Nuestro interior es, siempre, el cimiento de la obra humana.

Como todo en la vida, lo bueno es para quien lo quiere, no para quien lo necesita. Así que para aquellos que estén listos, comenzaré por explicar las ideas que debemos tener claras para conectarnos a la nueva era.

Lo primero que hay que entender es que nuestra fragilidad no es vulnerabilidad y que ninguna de estas es debilidad. Comprender la diferencia entre ellas nos permite vencer nuestros miedos y, con ellos, gestionar de manera correcta el malestar, que es la única posibilidad de cambiar.

Cuando no gestionamos correctamente nuestro malestar, nos cerramos ante lo que sentimos y, por tanto, nos volvemos insensibles ante lo que sienten los demás. Nos cerramos porque lo que hay detrás asusta: recuerdos dolorosos y, por tanto, miedo a ser herido, en cualquiera de las formas en que ya lo fuimos en la infancia: abandono, injusticia, rechazo, humillación, traición.

Escondernos detrás de una máscara, es decir de una personalidad fabricada para que los demás nos acepten y no nos hieran, es exactamente el camino para alejarnos de todo aquello que en realidad deseamos: cercanía, intimidad, pertenencia, amor.

Nos ocultamos incluso de nosotros mismos, pues nos asusta mucho aquello que encontraremos si vamos en pos de lo que verdaderamente somos. Por ello nos alejamos de nuestra propia naturaleza y nos aislamos de los demás. Nos volvemos débiles.

Nuestra debilidad está, pues, en el individualismo construido a partir del prejuicio impuesto por un colectivo ignorante, el ocultamiento de nuestro ser con vergüenza, el fingimiento y, principalmente, el miedo no reconocido que hay detrás de todo ello.

La fragilidad, a su vez, no es más que el hecho de que somos menos poderosos e inmunes de lo que nuestra arrogancia nos dice que somos.

Por otra parte, en la vulnerabilidad, única vía para la autenticidad, está la respuesta a la adaptación a casi cualquier cambio; o sea, en el próximo artículo.

28 Marzo 2020 04:01:00
Cuídame, que yo te cuido
Los virus son más antiguos y mucho, muchísimo más abundantes que los seres humanos. Se calcula que están en el planeta hace 4 mil millones de años y que existen alrededor de 10 quintillones de microorganismos virales.

De acuerdo con la revista científica Nature (17 de agosto de 2016), dos son los ambientes que contienen la mayor diversidad viral: el organismo humano y los océanos.

Está claro: virus y ser humano han coexistido en simbiosis. Esto quiere decir que han llegado a una asociación de mutuo beneficio para su desarrollo, aun cuando hayan tenido que guerrear biológicamente en primera instancia. A esto se le conoce como “coevolución”.

Esta es una muestra clara de que no es la destrucción de lo que me parece amenazante lo que asegurará mi sobrevivencia, sino la adaptación. Hasta los virus lo entienden. Nosotros, evidentemente, no; por eso intentamos constantemente, de diversas maneras, someternos o anularnos unos a otros y a casi todo lo que nos rodea.

Contrario a este paradigma dominante en la humanidad hasta hoy en día, la pandemia que nos tiene tan asustados nos está mostrando que la adaptación a las nuevas condiciones el mundo que hemos creado debe basarse a priori en cuidarnos unos a otros.

Charles Darwin lo explicaba así: “entre los animales para quienes la vida social era ventajosa, los individuos que encontraban mayor placer en estar juntos, podían escapar mejor de diversos peligros; mientras que aquellos que descuidaban más a sus camaradas y vivían solitarios, debían perecer en mayor número”.

Es evidente, por lo hasta aquí descrito, que bajo ningún concepto está nuestra especie en peligro en esta crisis. Estamos en una de incontables etapas de adaptación a un virus.

No pretendo con esto restarle importancia a lo que sucede a nivel mundial, de ninguna manera, sino centrar la cuestión. Es el peligro personal, individual, al que estamos expuestos usted, yo y cada uno de nuestros seres queridos, lo que hace relevante esta crisis mundial de salud.

Es la conciencia de que dependemos de los desconocidos, de que la pérdida de un ser amado puede venirnos de cualquiera que no le dé la suficiente importancia al asunto, y por tanto no tenga los cuidados necesarios, lo que nos ha impulsado a tomar acciones para no ser nosotros mismos ese desconocido. Y es la certeza de que a pesar de ello seguirá habiéndolos, lo que nos hace entrar en pánico.

Como bien se sabe solo en la minoría de los casos el coronavirus es mortal. Ya han sido suficientemente difundidas las condiciones en que puede serlo. Solo que ninguno de nosotros quiere ser parte de esa minoría, ni ver en ella a nuestros seres amados.

Evidentemente nos encontramos ante la necesidad de un cambio en nuestra forma de ver el mundo y afrontar sus problemas. Cambio es adaptación, adaptación es sobrevivencia.

He aquí la oportunidad: el virus nos mandó a nuestras casas en algo que hemos llamado históricamente cuarentena, un periodo de aislamiento para evitar contagios y/o daños mayores en una situación crítica. Y veo con alegría que la gente está entendiendo de qué se trata realmente.

La cuarentena es un asunto físico sí, pero con un fondo muy místico. Su propósito real es la transformación, no solo de estilo de vida, sino de forma de pensar y sentir, requisito indispensable para la adaptación y el desarrollo.

Aunque se usa el término en general para designar cualquier periodo de aislamiento, inicialmente se trataba de 40 días, los que le tomó a Cristo saber exactamente quién era y asumir su misión, los que estuvo Moisés en la montaña para recibir los Mandamientos, los que llovió en el diluvio, los que tomaba renacer para los egipcios.

Sin duda renovación. La pregunta es ¿qué implica renovarse en el siglo 21 para prevalecer como especie, en lugar de autodestruir
21 Marzo 2020 04:02:00
Más peligroso que la pandemia
Hay solo dos maneras de responder personalmente a eventos sociales críticos, sean desgracias naturales o producto de la actividad humana: con solidaridad o con egoísmo, y la decisión depende más del tipo de crisis que de una elección propia, a menos, claro, que entendamos la dinámica de las emociones colectivas.

Me explico: tenemos de un lado las desgracias que les suceden a otros, sin que representen un peligro para nosotros, como que pierdan a sus seres queridos y sus bienes por temblores o fenómenos climatológicos y aun por guerras. Es muy fácil conmoverse y ser solidario en estos casos.

Por otro lado, están aquellas crisis en las que todos corremos peligro, como la pandemia del coronavirus. En estas ocasiones la respuesta es el egoísmo, aunque no de manera generalizada, sí muy extendida, porque el miedo nos dice que es un asunto de “tu seguridad contra la mía”. Y entonces cunde el pánico, hoy en día, gracias a la tecnología, más rápido que el más peligroso agente patógeno.

Lo primero que solemos hacer, entonces, es comprar irracionalmente, buscando, sin darnos cuenta, sentir que estamos en control de la situación. Esta es la razón: escuché decir en una entrevista de radio a un joven psicólogo Gestalt, autor del epígrafe de este artículo, Ulises Santillana, que la escasez es el mayor de los miedos de la humanidad, y me quedó claro que lo que estamos haciendo al vaciar los anaqueles de las tiendas en tiempo de crisis, por las buenas o por las malas, es tratar de calmar el miedo. Solo que en realidad no funciona, y usted lo sabe.

David Savage, especialista en comportamiento humano de la Universidad de Newcastle, Australia, ha explicado que es racional prepararse ante la posibilidad de que suceda algo malo, pero comprar “500 latas de frijoles” solo indica el nivel de miedo con que se está percibiendo la crisis, no la realidad de la misma.

Es decir, ante las amenazas y para sentirse protegido, el ser humano tiene la necesidad de hacer algo proporcional al drama que cree podría vivir, y que en realidad ya está viviendo, pero tal drama ni siquiera es suyo, sino producto del pánico colectivo, que solo beneficia a quienes, con la mente fría, lucran con la desgracia humana, política o económicamente.

El pánico es destructivo porque causa ansiedad y estrés, y estos bajan nuestras defensas naturales, es decir, debilitan nuestro sistema inmunológico, de tal manera que nos dejan indefensos ante virus, bacterias y hongos.

El pánico nos lleva a actos irracionales que nos perjudican a nosotros y a otros, como hacer compras industriales de papel de baño, producto inútil para protegernos o para combatir el coronavirus. Así es como provocamos la escasez que tanto tememos.

El pánico no nos permite ver que este tipo de situaciones no es de “tú o yo”, sino de nosotros, porque lo que te pase a ti me pone en peligro a mí y viceversa. Tenemos entonces que cuidarnos unos a otros, teniendo claridad sobre la etapa en la que debemos ser solidarios con nuestros semejantes cuando todos estamos en peligro: la de la prevención, ya que en la de solución puede no ser prudente.

Las sociedades solidarias no entran en pánico, o calman su pánico; son más felices y se sienten más seguras en medio de cualquier crisis. Se puede ser solidario en cualquier situación, lo importante es conocer el momento preciso y la forma correcta de hacerlo.

Las sociedades solidarias trascienden la “mentalidad de rebaño”, la del pánico colectivo, para desarrollar una “mentalidad de colmena”, en la que cada quien hace con responsabilidad lo que le corresponde por el bien de todos.

Así pues, lo más importante para enfrentar cualquier crisis social, de cualquier tipo, es no entrar en pánico, no contagiar pánico, no hacer nada con pánico.

14 Marzo 2020 04:05:00
No soy mi rol
Todos necesitamos saber quiénes somos. Sin identidad no existimos ni como especie ni como individuos, porque es el fundamento del ser pensante. ¿Quién soy? ha sido la primordial y ancestral pregunta de la mente humana.

Y he aquí la forma en que la hemos respondido: eres hombre, por tanto eres o deberías ser fuerte, viril, inteligente, sagaz, duro, dominante, valiente; eres mujer, por tanto eres o deberías ser suave, delicada, sensible, sexy, suficientemente inteligente, ingenua, sumisa, obediente y abnegada.

Cada una de estas categorías, hombre-mujer, con los atributos que les hemos impuesto por milenios, es lo que llamamos rol. La razón por la cual época tras época los roles se van desdibujando y los paradigmas bajo los cuales nos autodefinimos cambian, es porque vamos cambiando nosotros, de manera lenta y a veces imperceptible, pero segura e incesante.

La parte oprimida, llamémosles “desposeídos”, “ignorantes”, “esclavos”, “raza inferior”, “mujer” o cualquier otra de las condiciones de desventaja que la humanidad ha propiciado para que unos vivan de otros, tiene su momento histórico de crisis, en el que los desfavorecidos luchan abiertamente, entregan incluso su vida y ponen sus límites, pero los cambios ya venían gestándose.

Así pues, los cambios radicales son relativos, solo la punta del iceberg. Las sociedades cambian lento porque algunos somos agentes de cambio y otros de resistencia. Los que están inconformes con su rol y los que lo aman. Los dominados y los dominantes.

Este antagonismo sucede exactamente igual dentro de aquellos que rechazan su rol, en el confuso proceso de deslindarse de las etiquetas, del “deber ser” y el “tener que” -o sea, de las voces dominantes interiorizadas, hechas propias-, para saber quiénes son realmente, qué quieren y qué los hace sentir seguros y felices.

Tal antagonismo se manifiesta en última instancia en la revuelta social, aunque pocas veces se resuelve. Donde sí está la solución es en la vida cotidiana, en la que, para salirnos del rol, debemos poner y sostener límites, hacer las cosas de forma diferente, dar ejemplo y tratar a los demás como queremos que nos traten.

Para eso hay que quitarse el piloto automático y encender la conciencia. Ahí es donde muchos, la mayoría, ya no llegan, no solo porque no nos han educado para identificar y escuchar esa voz, sino porque lo que nos dice generalmente no nos gusta.

Hay una frase de Ortega y Gasset famosísima: “Yo soy yo y mi circunstancia”, muy enigmática y por tanto diversamente interpretada, hasta que se conoce lo que sigue: “y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Es decir, si no comprendo en primera instancia que mi circunstancia, que es mi rol, no soy yo, y en consecuencia lo trasciendo, seré un barco a la deriva, o peor, un títere en manos de quien astutamente sepa manipularme.

Aún peor, siempre me sentiré inseguro y, por tanto, infeliz, insatisfecho, estresado, resentido, furioso.

Solo cuando uno sabe exactamente quién es vienen la calma, la paz, la seguridad, la alegría, la relajación, la satisfacción. Cada uno de nosotros sabe que hay un yo muy lejano a los roles que nos han impuesto desde el principio de los tiempos. Hemos construido con base en ellos una personalidad, un ego, que de ninguna forma es nuestro verdadero ser.

Si lo que somos no es lo que dicen que debiéramos ser, ¿de qué se trata la vida, entonces? Pues de ir liberándose del rol, transformándose uno para transformar al mundo. Primero nos identificamos, después nos desidentificamos y hacemos las cosas de manera diferente, para bien o para mal.

Si realizáramos este proceso con conciencia, los resultados serían casi siempre para bien. Eso es evolucionar. Pero haciéndolo sin visualizarlo siquiera, producimos acontecimientos adversos sin saber ni cómo y luego nos preguntamos: “¿Por qué a mí?”.

Lo primordial, para saber quiénes somos, es saber quiénes no somos.

07 Marzo 2020 04:02:00
Piedra filosofal de cabecera
Indudablemente, estamos en la era del hacer y hacer para lograr superioridad frente a otros, en un mundo dividido entre ganadores y perdedores. Nos levantamos por la mañana, nos ponemos el piloto automático y comenzamos nuestro día sin la más mínima reflexión sobre si lo que “tenemos” que hacer es también lo que “queremos” hacer.

Atrapados en un bucle conceptual sobre la vida, moldeamos conducta y personalidad bajo la premisa de que lo importante es ser importante, paradigma responsable de que el ser humano tenga puesto todo el sentido de su propia importancia en el logro, particularmente el material, pues esa es la más fácil “importancia” de alcanzar.

La importancia inmaterial, hoy en día, no tiene importancia, a menos que se traduzca en la historia del triunfador luchón, que se ha sobrepuesto y se sigue sobreponiendo a todo en la vida. La víctima que no se deja, pero siempre será víctima, de lo contrario pierde su esencia de triunfador.

Es decir, solo nos reconocemos los valores y principios cuando estos se convierten en etiquetas que nos hacen ganadores. Los valores y principios de los perdedores no importan.

Nuestra autoestima se basa en el cuerpo que nos hace atractivos, el coche que nos da distinción, la posición que nos hace poderosos. Es entonces cuando resultamos perseverantes, prudentes, entusiastas, valerosos, etc.

Y todo estaría bien, si no hubiera en todos y cada uno de nosotros un débil susurro o un potente grito interno diciéndonos, “me siento mal”, “no estoy cómodo conmigo mismo”, “no estoy satisfecho”, “no soy feliz”.

Esta es la voz de su alma. Porque tiene una, ¿sabe?, y habla mucho más de lo que usted cree, pero como la mayoría del tiempo estamos escuchando al ego, que debido a que es un autómata, es decir, una inteligencia artificial, solo puede ser programado y usado para el bien o el mal según prevalezca nuestra oscuridad o nuestra luz interiores. Esa es la verdad sobre el ego. Hoy en día está muy satanizado el pobre, pero en realidad no es más que un artificio programado para individualizarnos y coexistir.

Decía platón que el que aprende y aprende y no pone en práctica lo que sabe, es como el que ara y ara y no siembra. Hoy en día la mayoría de la gente en el mundo responde en su actividad a este dicho, de manera que entre el 70 y 80% de lo que hace es prácticamente inútil. Y no solo por la forma en que está organizada la sociedad actual, sino porque todas nuestras acciones están enfocada al logro y no al descubrimiento, como debiera ser, para poner en marcha las transformaciones que de verdad le dan sentido a la vida.

El descubrimiento, tanto de uno mismo como de lo que nos rodea, es un nivel de realidad que se toca, se experimenta, no que se piensa o se mentaliza. Descubrir siempre es muchísimo más satisfactorio para el espíritu humano que lograr, porque lo primero es cosa del alma, lo segundo del artificio llamado ego. Por eso la gente curiosa es más feliz.

Cuando necesitamos logros para empoderarnos ante los demás, el motivo siempre es una carencia, una herida, una autodevaluación.

Descubrir es en realidad la principal actividad de lo que llamamos conciencia. Es el material con el que esta va construyendo la verdadera piedra filosofal: la congruencia.

Cuando somos congruentes, es decir, cuando pensamos, sentimos y actuamos en armonía, ponemos a funcionar las energías del universo en nuestro favor, porque el mensaje que mandamos es uno y poderoso.

Pero cuando pensamos una cosa, que además no sabemos que pensamos, sentimos otra y actuamos sin reflexionar, la desconexión con nosotros mismos nos boicotea la vida, aun cuando otros nos consideren exitosos.

La congruencia es pura física cuántica. Moldeamos con ella todo lo que existe, así como el observador cambia el comportamiento de lo observado.



29 Febrero 2020 04:02:00
El poderoso observador
Ya debe saber por experiencia que esa porción de su realidad en la que fija la atención se magnifica y, de una u otra manera, comienza a cambiar sus circunstancias. Solo que quizá no se ha dado cuenta de que lo sabe.

Ejemplo: cree usted que “la vida es injusta y nos patea”, cosa que no pocas personas piensan. Esta creencia se manifiesta en diversas versiones a lo largo de su día entre los cerca de 54 mil pensamientos que no se da cuenta que tiene, que constituyen el 90% de los que transcurren por su mente en 24 horas y que son, horror, los que en realidad controlan su vida.

Como ya estará suponiendo, la mayoría de esos pensamientos no son suyos, fueron “insertados” en su mente por sus progenitores, la sociedad, los amigos e incluso extraños que un día, en un encuentro fortuito, dijeron o hicieron algo que lo(a) marcó para siempre. Pocos de ellos fueron impresos en su sique por usted, pero a través de sus emociones, no de una intención determinada de pensar de tal o cual manera.

Esta atención “oculta” a una o varias creencias atrae todos esos sucesos perturbadores que son “inexplicables”, pues necesita corroborar la “realidad” de que “la vida es dura y nos patea”.

¿Por qué me pasan estas cosas a mí? es la pregunta clave, la que revela que estamos “cocinando”, sin darnos cuenta, circunstancias que conscientemente no queremos para nuestras vidas.

Este es el proceso: hay un observador en constante actividad en nuestra mente, poniendo siempre atención en algo, cuando sobreviene una idea que da significado a lo que se observa, comienza la etapa del creador, pues surge una intención, que puede ser ratificar lo que dicha idea, instalada quizá milenariamente en nuestra mente, nos dice acerca de lo observado, si es que el “hacedor” esta controlado por nuestro 90% inconsciente, o cambiarlo, no importa contra cuántas creencias arraigadas vaya esta determinación, si nuestro ahora “artista de la vida” está manejado por el 10% de los pensamientos de los que sí somos conscientes.

Pero de este 10%, nuestro libre albedrío representa apenas el 1 por ciento. Es ese “sí” que le damos al cambio, o ese no a partir del cual nos resistirnos y nos cerramos a otras opciones.

Ahora le revelo el “modernísimo” fundamento científico de este proceso, que ya diversas corrientes espirituales, entre ellas la budista y, por supuesto, la hermética, habían dilucidado hace miles de años:

La física cuántica ha descubierto no solo que el observador cambia la conducta de lo observado, sino que “materializa” lo observado. Una partícula, un electrón de acuerdo al experimento, solo es tal cuando es observado y, aún más increíble, cuando lo buscamos hay un punto concreto en el espacio y el tiempo en que todas las posibilidades se conjuntan para que suceda el “milagro” físico de su aparición.

Ciertamente estamos hechos a imagen y semejanza de Dios –cualquiera que sea el Dios que cada uno tenga– pero no en nuestras pasiones y debilidades, sino en nuestro, poder, que aún no comprendemos ni asumimos y, por tanto, no nos responsabilizamos de él, por eso lo usamos para destruir.

Mente y materia, dicen los físicos cuánticos, ya no pueden considerarse de manera separada. De hecho, las teorías más avanzadas sostienen que la realidad es totalmente inmaterial.

Ahora, ¿cómo cambiarían nuestras vidas si aprendemos a observar conscientemente, desde el 10 por ciento? Esto es, si aprendemos a “darnos cuenta”, lo que significa vivir en el aquí y el ahora.

Imagínese usted cuando después comencemos a trabajar como el creador, es decir, hacer con intención y concentración que todas las posibilidades confluyan en la materialización del propósito que nos hagamos. Si ya lo hacemos inconscientemente para la desgracia, por qué no conscientemente para nuestro bien.




22 Febrero 2020 04:05:00
La mente acorralada
Todos queremos dejar en el mundo nuestro legado. Es parte de la naturaleza humana, como lo es interpretarlo todo a través de esas historias con las que queremos imprimir nuestra huella, que nos dan identidad, sentido de vida, pertenencia, motivos y justificaciones.

Nuestras historias y la forma de contarlas, como individuos y como pueblos, provienen sin duda de nuestros antepasados. Han sido contadas para convertirnos en seres relevantes, dignos de admiración y emulación, porque nos sirven para darle significado a la existencia, cuyo núcleo es la trascendencia.

Todos, además, hemos sido educados en la familia, la comunidad, la sociedad y el mundo, en general, para creer en nuestras historias como si fueran la verdad absoluta. De ahí que seamos tan intolerantes ante la diferencia. “Si yo tengo la verdad, evidentemente tú estás equivocado”. En esta tesitura amamos la guerra, los relatos de sobrevivencia y superación frente a las adversidades y los enemigos.

La confrontación está en el centro de nuestras historias. Hacemos de la vida una competencia y de ganar la única manera de trascender. Perdemos la tranquilidad, nos estresamos y transcurrimos nuestras vidas en “modo defensa”.

Hasta que llega un día, para algunos, porque desafortunadamente la mayoría se consume en batallas pírricas, en que nos damos cuenta de que nuestras historias, las de nuestros padres y los padres de sus padres, son puros cuentos y que los cuentos siempre se pueden contar de otras maneras. Nuestras verdades siempre lo son a medias.

Este es el día en que un ser humano comienza realmente a ser él mismo, a descubrirse, a reconstruirse, desde las historias que quiere hacer realidad, y no desde las realidades que otros le impusieron con cuentos ajenos.

Así como la forma de contarnos las historias nos hace felices o infelices, igualmente nos limita o nos libera. Si nuestras historias están dirigidas a darle fuerza a las ideas de que “la vida es dura y está llena de sacrificios y penalidades”, y nos resignamos a vivirlo así, algo anda muy mal, cultural, familiar y personalmente, porque estamos inmersos en la “mente acorralada”. Lo mismo si pensamos que lo más importante en esta vida es resolver la cuestión económica dentro de un esquema de infinita espiral consumista, y en eso estamos casi todos atrapados.

Las paredes del corral de nuestra mente están hechas de historias contadas por otros, en las que tenemos que reivindicar cada ofensa, personal o social, haciendo daño a nuestros semejantes. Luego nos preguntamos por qué la violencia está como está.
“Nunca se puede obtener la paz en el mundo exterior hasta que no estemos en paz con nosotros mismos”, dice el Dalai Lama. La paz, añade, no es ausencia de conflictos, sino su solución a través del diálogo, la educación y el conocimiento.

Sin paz con nosotros mismos, perdemos lo único que nos puede ayudar a sobrevivir como especie: la compasión y, por tanto, la capacidad de hacer lo que realmente venimos a hacer al mundo: ayudar a otros para ser uno con ellos.

Cambiar nuestras historias para cambiar nuestra realidad es una responsabilidad estrictamente personal. Vivimos a través de ellas limitados a nuestras condiciones materiales, correteando eternamente la chuleta, o nos liberamos de nuestros apegos y descubrimos qué hay más allá de lo evidente, de la pequeñez con que aprendimos a juzgar y a amar, de los “no voy a poder”.

Hay dos pasos imprescindibles para cambiar una historia limitante por otra liberadora: hay que romper las cadenas que nos impone el destino de nuestros padres, es decir, no debemos repetirlo, por bueno que haya sido. Después, es necesario entender que nuestra historia tiene que satisfacernos a nosotros, a nadie más. No hay que contarla en las redes sociales, porque mientras más lo hacemos, más construimos una persona que no somos y que, por eso, nunca termina de gustarnos.

15 Febrero 2020 04:02:00
Seamos prácticos
“Planear es traer el futuro al presente para poder hacer algo por el ahora”

Siempre hay algo de nuestro presente que deseamos mejorar. Si a pesar de ello tenemos estabilidad emocional, relaciones satisfactorias y objetivos de vida, estamos en el camino correcto a la autorrealización, que es el verdadero éxito en la vida.

Esta idea parece muy simple cuando se plantea, pero la verdad es que pocas veces vivimos satisfechos con nosotros mismos. De ahí los persistentes pensamientos de “seré feliz cuando…”, “me sentiré seguro cuando…”, “estaré tranquilo hasta que…”, y agréguele usted condicionantes del bienestar emocional a esta lista.

Este tipo de esquemas mentales nos arruinan el momento presente. Ponen en suspenso nuestra satisfacción y gratitud con lo que tenemos, en aras de lo que nos falta, que generalmente son “sueños guajiros”, no por imposibles, sino porque evidentemente no estamos haciendo nada por cumplirlos, de lo contrario tendríamos la convicción y la certeza de que serán un hecho, y por tanto nuestro bienestar presente no tendría por qué estar “en vilo”.

Y bueno, para llegar a tal convicción (fuerte adhesión a nuestra meta) y tal certeza (convencimiento firme de su realización), de manera que vivamos nuestro presente con tranquilidad, paz y la seguridad de que todo aquello que nos proponemos se materializa en el momento preciso, necesitamos mucho más que decretos metafísicos y entusiasmo de vendedor multinivel. Hay que ser prácticos. Tenemos que ser los líderes y administradores de nuestra vida.

Empiezo por la diferencia entre ambos: el líder decide qué, el administrador determina cómo. Ambos se necesitan uno al otro para alcanzar metas. Decía Stephen Covey, autor de uno de los bestsellers más vendidos en la historia: Los Siete Hábitos de las Personas Altamente Efectivas, que: “el liderazgo efectivo es poner primero lo primero. La gestión eficaz es la disciplina llevada a cabo”, y que: “la administración es la eficiencia en escalar la ladera del éxito; el liderazgo determina si la ladera está apoyada en la pared correcta”.

Y, por favor, no se autoboicotee usted pensando: “no tengo cualidades de líder ni de administrador”. Todos las tenemos, y todos estamos obligados a desarrollarlas, a adquirir las habilidades necesarias, si es que queremos tener una vida plenamente satisfactoria y en constante mejoría.

Los expertos en estos temas consideran que el liderazgo se forma en cuatro etapas, y lo mismo podríamos decir de la capacidad de administración: la primera a nivel personal o interior, pues antes de pretender guiar y coordinar las actividades de otros debemos hacerlo con las propias.

Para ello tenemos que conocernos ampliamente, con nuestros defectos y virtudes, para compensarlos y poder hacer lo mismo con los de los demás. La segunda es “uno a uno”, en relación de confianza con otro; la tercera es la de equipo y la cuarta la de la organización.

Para comenzar con su propia vida, debe saber los roles y las funciones que adoptarán su líder y su administrador. Vea y se convencerá de que ya lo hace y lo puede mejorar:

Su líder va a mostrar una visión de futuro, una dirección, mientras que su administrador planeará, es decir, establecerá los pasos detallados, los tiempos para ver resultados y los recursos necesarios para ello.

Su líder lo estimulará, lo desafiará con entusiasmo al logro, en tanto su administrador lo procurará de lo que necesita y le marcará la disciplina que se requiere. Su líder lo mantendrá motivado para vencer obstáculos y resolver inconvenientes; su administrador supervisará los logros y aprenderá de los errores.

Su líder se adaptará, cambiará, innovará, y su administrador correrá riesgos para abrir nuevas vías de acción.

Su líder siempre dará el ejemplo; su administrador los resultados. Sea su propio líder y administrador. No necesitará entonces que nadie le diga qué y cómo. Eso es lo que en realidad nos da la seguridad que todos buscamos, aun en un entorno incierto y hasta caótico.



08 Febrero 2020 04:02:00
Infórmese primero, pero…
Los flujos de datos son, en la era moderna, marcada por la tecnología de cabecera, más abundantes que nunca. Vivimos en un mar de información con la cual no sabemos qué hacer, campo fértil para los manipuladores. Incluso hay una conocida frase que dice: quien tiene la información, tiene el poder, atribuida a varios autores.

Sin embargo, la información por sí misma, y en exceso, como ahora en día, no produce más que confusión, a menos que sepamos qué hacer con ella, es decir, que la convirtamos en conocimiento mediante el tamiz de la experiencia y la razón, porque, efectivamente, estos términos no son sinónimos, y a los únicos que les conviene que los entendamos como tal es… justamente a los manipuladores.

Tan cree la humanidad que tener información sobre algo es conocerlo, que a lo largo de la historia se ha cambiado el término de la famosa frase, que originalmente es: “el conocimiento es poder”, dicho por Francis Bacon.

La información es solo un cúmulo de datos organizados que se olvida y caduca pronto si no la utilizamos para tomar decisiones y actuar, es decir, adquirir experiencia, previo proceso de razonamiento a través del cual juzgaremos si tal información tiene posibilidades de ser lógica, válida y sólida, como para formar criterios, creencias y culturas.

Cosa que sí entendió Kofi Annan, exsecretario de la Organización de las Naciones Unidas y premio Nobel de la Paz, fallecido apenas en 2018, cuando dijo: “El conocimiento es poder. La información es libertadora. La educación es la premisa del progreso, en toda sociedad, en toda familia”. Sencillamente brillante.

Información y conocimiento no solo se diferencian en cuanto a los procesos mentales que requieren: la primera, simplemente atención; el segundo, discernimiento; sino en su accesibilidad: la primera tiene restricciones, por un lado, y excesos por otro, pues “tiene dueños”, el segundo es para todos, porque es un asunto estrictamente personal transformar datos en aprendizaje, que no es lo mismo que memorización.

La información se recibe, y ojalá solo se aprovechara o se desechara, pero en realidad no solo confunde, sino “induce” si no hacemos una selección razonada. He ahí su peligro. El conocimiento, por su parte, se genera y cambia las cosas. Información y conocimiento difieren en su objetivo, que son el qué y el cómo, respectivamente.

El conocimiento depende de una estructura neuronal que ponemos o no en marcha. Y si lo hacemos, habremos comenzado a cambiar nuestra vida, a entrar en dominio de ella, porque podremos transformarla a voluntad.

El problema es que el conocimiento implica saber pensar, algo que pocas personas aprenden hoy en día. La mayoría prefiere quedarse con la sola información, dispersando su pensamiento, y con ello su capacidad mental, en el exceso de estímulos informativos.

Memes, cadenas, videos, fotografías originales y montadas, noticias reales y falsas, alarmas, etc., a través de nuestras redes sociales, de las que hoy todos vivimos pendientes, nos proporcionan una cantidad “indigerible” de datos que, debido a nuestra falta de tiempo, capacidad o incluso interés real, no procesamos a través de la razón, pero difundimos como si fueran la verdad. Si la culpa no es de la “fake new”, sino de quien la reproduce.

Si usted quiere saber quién puede estar manipulándolo con información, o intentando hacerlo, tan fácil como observar su actitud: mientras más seguro se muestre de lo que dice, menos conocimiento tiene al respecto. Paradójico, pero cierto, porque solo la ignorancia da una gran seguridad. El conocimiento, como producto del discernimiento, el “darse cuenta de…”, necesariamente despierta dudas, muchas dudas. Ya lo dijo Sócrates: “solo sé que no sé nada”. Por eso la ignorancia da arrogancia y el conocimiento humildad.

El conocimiento requiere mente abierta, no para saber lo que se quiere saber, sino lo que no se quiere saber, porque eso es lo que nos cambiará. Y eso… solo los valientes.

01 Febrero 2020 04:06:00
El pan nuestro..
Están generalmente a la defensiva, reaccionan con rabia y vergüenza a la crítica, nunca aceptan sus errores o llegan a hacerlo solo porque le sacarán partido a la admisión, son muy susceptibles, propensos a la ira, no toleran nada bien la frustración, se toman todo a personal y “a pecho”, frecuentemente desprecian a los demás, descalifican a quienes no están de acuerdo con ellos y actúan con despotismo y arrogancia, que puede estar disfrazada de una falsa humildad. Son los perfectos autócratas, comenzando por sus hogares, y generalmente los falsos mesías, esos que van ofreciendo salvaciones intangibles o soluciones simplonas y aconsejándole a los demás qué hacer para resolver sus problemas.

Hablo por supuesto de los soberbios. Todos conocemos uno, todos somos uno, en mayor o menor medida. No tenemos que presentar todas esas características, aunque hay quien lo hace y a la máxima potencia, en cuyo caso hablamos ya de un narcisista.

La soberbia, dice el Diccionario de la Real Academia Española, es “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”. En este último rasgo encontramos la “excesiva complacencia en la consideración de las propias facultades u obras”, es decir, el narcisismo.

La soberbia siempre es una defensa del ego que no se siente a la altura de otros o que, en el otro extremo, tiene una idea desmedidamente alta sobre sí mismo. Ambos tipos de personalidades se sentirán atacadas ante la crítica, pero reaccionarán de manera diferente. Ambas se sentirán ofendidas, pero la primera tratará de complacer a toda costa. Es la que se cubrirá de falsa humildad. La segunda tenderá al despotismo liso y llano.

El primer tipo de soberbia, como ya habrá adivinado, es muy peligrosa, pues quien no se siente a la altura de otros siempre tendrá la intención de manipularlos, para salirse con la suya y colocarse por encima de los demás. Es el que mentirá, prometerá, será uno en la vida pública y otro en la privada (más cercano en este caso al soberbio que se siente “divino”); es decir, tendrá una doble moral. Acusará fácilmente a los demás de los problemas porque, como buen soberbio, no acepta sus errores a menos que eso le reditúe algo, como una mejora de su imagen.

El soberbio con complejo de inferioridad pasará siempre como una persona llena de virtudes, como la paciencia, la moderación, la tolerancia; mientras el soberbio con complejo de superioridad, parecerá siempre lo que es: arrogante y déspota. Es el que le hará el berrinche al mesero, al policía en la vía pública, al cajero, etc. O sea, los típicos “lord” y “lady” de las redes sociales.

En el fondo de ambos soberbios hay siempre lo mismo, un niño asustado, dolido y con mucho miedo. Inmadurez. Pero estas manifestaciones separadas, según los tipos de personalidad, son importantes por su impacto en las relaciones personales o sociales.

La soberbia es una conducta que todos presentamos, aunque sea en un mínimo grado. Compararnos constantemente con otros para sentirnos superiores es simplemente soberbia. Y todos lo hacemos, todos los días, aunque no nos percatemos de ello, porque necesitamos reafirmación.

Cuando la gente no se conoce a sí misma, no sabe su valor, un poco de poder da suficiente soberbia y mucho da mucha. El problema es que la soberbia envenena y destruye todo lo que toca, desde una relación amorosa hasta la economía de un país. El otro problema es que tiene un costo inevitable, irreductible y altísimo: del tamaño de nuestra soberbia será nuestra soledad y la humillación que la vida nos devuelva.

Si queremos sentirnos valiosos, hagamos a los demás sentirse valiosos, porque siempre recibimos lo que damos. Por algo decía Charles Dickens que la verdadera grandeza consiste en hacer que todos se sientan grandes.

25 Enero 2020 04:02:00
¿El estrés es de quien lo trabaja?
Cada día me sorprende más la veracidad y la profundidad de ese dicho popular: “todo es cuestión de actitud”. Descontando la posibilidad de encontrarnos con una “fiera salvaje” en una incursión a su hábitat o un fenómeno natural catastrófico, los peligros que acechan y matan al ser humano son producidos por él mismo, tanto para sí como para otros, desde una enfermedad o un suicidio, pasando por un accidente, hasta un asesinato y una guerra.

En nuestro atávico miedo a lo que hay dentro de nosotros mismos, en cada uno de nosotros, hemos perdido la habilidad de auto regularnos. Quizá nunca la tuvimos. Quizá sea un camino que como especie apenas estamos iniciando. La cuestión es que esa incapacidad casi generalizada es lo que produce todos los “males” que intentamos evitar, modificando siempre nuestro exterior.

La forma negativa en que percibimos las cosas, incluso las que nos suceden por dentro; la actitud que derivamos y la consecuente conducta que tenemos es lo que nos está matando, amén de producirnos infelicidad, inseguridad, ansiedad, amargura, resentimiento y una larga lista de etcéteras que todo mundo quisiera lejos de su vida.

Así pues, el gran mal de hoy en día, la enfermedad más mortal, por ser la causa de casi todas las demás: el estrés, nos trae “arrastrando la cobija” y nos mata porque no sabemos tomarlo positivamente.

Está demostrado ya, científicamente, que el efecto del estrés en los seres humanos es cuestión de actitud. Investigadores de Columbia y Stanford realizaron experimentos cuyos resultados comprueban que quienes ven el estrés, aun el intenso, de manera positiva, como una forma de cargar pilas, resolver problemas y afrontar retos, pueden incluso mejorar sus condiciones físicas y mentales, pues adquieren seguridad y confianza en sí mismos.

Nuestro cuerpo libera en estrés una hormona llamada cortisol, que moviliza el azúcar en sangre para ponernos momentáneamente en un estado de alerta que nos permita afrontar un peligro o superar un obstáculo.

Si ante este estrés, se eleva nuestro miedo, permaneceremos más de lo necesario, por largo tiempo, estresados, porque nos seguiremos sintiendo en riesgo. Entonces el cortisol comenzará a dañar el sistema inmune, elevará la presión sanguínea, acelerará la degeneración celular (nos envejecerá) y desgastará las arterias, entre otras desgracias que ocasiona.

Por el contrario, cuando las personas tienen una actitud entusiasta ante el estrés, confían en su capacidad para resolver problemas, en la bondad de la vida y de sus semejantes o en todo junto, comienzan a liberar una hormona conocida como DHEA (dehidroepiandrosterona), contrapeso del cortisol. Esta maravilla del metabolismo humano producida simplemente por la actitud correcta, amortigua el estrés y protege frente a la depresión y las enfermedades cardiacas. Por eso, los voluntarios del experimento que vivieron el estrés como algo positivo, reaccionaron de una forma saludable mental y físicamente.

Por sí solo, el estrés es siempre el mismo, y es necesarísimo en nuestra vida, o no podríamos aprender nada ni desear ni superar ni conquistar ni disfrutar nada. Si lo dividimos en bueno y malo no tiene que ver con la química corporal, sino con nuestra capacidad para lidiar con él, a partir de nuestra actitud. Por ejemplo, se sabe que el estrés más intenso se dispara si nuestro estatus social está amenazado, si sentimos vergüenza o tememos quedar en ridículo.

Pero, el estatus social no es el mismo para todos, como tampoco compartimos en su totalidad la creencia de lo que es vergonzoso o ridículo. Puntos de vista, pues. Lo que para alguien puede ser muy estresante, como cantar en público si canta feo, para otro puede no serlo, aunque cante peor.

Así pues: sobrelleve su miedo cuando esté estresado, hasta que la experiencia lo desactive. Recuerde que nada es para tanto. Aprenda a reírse de sí mismo. El “humor negro” puede ser muy liberador.


18 Enero 2020 04:01:00
Modérese
Cordura, sensatez, templanza en las palabras o acciones no son virtudes humanas que se adquieren por simple decisión. Son producto de la experiencia, la sabiduría que se gana con los años si se sabe sanar y modular las emociones, así como abrir la mente para cambiar creencias erróneas.

Tales virtudes deben ser vistas con sus sesgos particulares cuando hablamos separadamente de ellas, pero no cuando analizamos la gran virtud que juntas estructuran: la moderación.

Las virtudes se cultivan. No nacemos con ellas. Son conceptos éticos y morales construidos para convertir a los seres humanos en buenas personas, en hermanos de sus semejantes y protectores del planeta y de otras especies, de manera que superen ese miedo que impone la primitiva ley del más fuerte, obsoleta ya para nosotros, que nos hemos desarrollado suficiente en inteligencia para comenzar a evolucionar en conciencia.

La virtud tampoco es una cualidad. Estas pertenecen al terreno del ego, de la personalidad; puede uno nacer con ellas y también adquirirlas a lo largo de la vida. Las virtudes, en cambio, son estados del alma, producto del tan depreciado y despreciado desarrollo espiritual.

Los seres humanos no podemos evitar vivir espiritualmente, aunque centremos nuestra atención en la materialidad, porque el espíritu no es otra cosa que la conciencia, y nadie puede existir sin ella. Simplemente, con o sin religión, o nos quedamos en estados de conciencia poco desarrollados, con espíritus chiquitos, o los ampliamos, y crecemos espiritualmente, lo cual significa obtener todo lo que, sin excepción, deseamos los seres humanos, aun desde la pequeñez espiritual: amor, propósito de vida, seguridad, paz, tranquilidad, etc.

Para ubicar a la moderación entre las virtudes, nada mejor que recurrir al controversial obispo inglés Joseph Hall, moralista y satírico a la vez: “La moderación es el hilo de seda que corre por la cadena de perlas de todas las virtudes”.

Sin moderación, ninguna otra virtud se sostiene. La moderación es la única respuesta a una enfermedad emocional que hoy está muy extendida en todo el mundo: la insatisfacción crónica, que nos lleva a excedernos continua o frecuentemente, en cualquier tipo de actividad que realicemos. Podemos desmesurarnos comiendo o ayunando, gastando en exceso o privándonos de cosas que sí podemos adquirir, por ejemplo.

Tal insatisfacción proviene de carencias de la infancia que nos dejaron heridas no sanadas en su momento y, por tanto, de miedo a la carencia, que todos padecemos en alguna medida, por eso vivimos mirando al pasado y temiendo desde esa experiencia el futuro.

Creemos que si podemos tenerlo todo en el aquí y el ahora o estar seguros de que lo habrá, ya no sentiremos el dolor y el miedo del pasado, y tendremos asegurado el futuro. Así es como piensa la humanidad hoy en día.

Esta gran falacia es el patrón paradigmático de pensamiento que nos guía en todos los ámbitos de nuestras vidas. Y por eso estamos siempre buscando un equilibrio externo que nunca llega, porque no lo hay en lo interno. La vida se vive de adentro hacia afuera.

Ahora bien, por qué nos es tan difícil llegar a la moderación. Inicialmente, porque creemos que es una cualidad, es decir, un rasgo de la personalidad, que se adquiere haciendo de varias conductas hábitos, con fuerza de voluntad, disciplina, resistiendo las tentaciones y, sobre todo, aburriéndose mucho.

Nada más lejos de la realidad. La moderación es un estado del alma que consiste en principio en dejar de sentir que se necesita algo desesperadamente, de manera que cese el impulso de excederse para conseguirlo. Es producto del crecimiento emocional y por tanto espiritual. Es un resultado; es decir, hay que hacer algo irreductible para conseguirlo: sanar nuestras heridas. Y eso nos mantiene asustados por mucho tiempo, paralizados, en nuestras zonas de confort.

Y usted, ¿sigue asustado?



11 Enero 2020 04:05:00
En quién confiar
Si amar es el motivo fundamental para vivir y compartir la vía privilegiada para amar, confiar es el sustento de ambos, del sentimiento y de la conducta.

Este es, sin embargo, el aspecto, digamos, romántico, pero muy ilustrativo, del concepto confianza. Vayamos a su esencia: confiar es el principal factor de sobrevivencia.

Usted sale a la calle todos los días confiando en que no morirá, en que estará seguro y, aún más, le irá bien. De lo contrario no saldría de su casa, y se encerraría en su habitación aprisionado por la paranoia.

Inconscientemente usted confía en que el chofer del camión lo transportará sano y salvo a su destino, en que ninguna persona lo dañará a lo largo del día, en que no habrá una catástrofe natural que le cueste la vida, en que sus hijos están seguros en la escuela, etc., etc.

Es decir, confiar no es solo un sentimiento, una virtud (ya que a veces no es fácil) y una buena actitud, sino un instinto, tan vital como cualquier otro, que le permite socializar y relacionarse con relativa tranquilidad con todo lo que le rodea.

Así pues, no confiar no es una opción, pero desconfiar sí. Esto es: siempre vamos a confiar en algo, o perdemos la cordura, pero podemos elegir en qué no confiar, porque también el polo opuesto es parte del instinto de sobrevivencia.

Si bien en cuestión de preservación física tenemos más claridad respecto en qué confiar y en qué no, cuando se trata de nuestra psique solemos confundirnos. Somos capaces de poner nuestra confianza y seguir confiando en personas que nos engañan, mienten, maltratan, traicionan, porque nos hacen creer que no lo hacen, aunque sea evidente, que lo dejarán de hacer, que nos aman o que es lo que merecemos. O sea, nos manipulan.

Depositar nuestra confianza en alguien que nos falla no es relevante, a menos que hubiera claras señales anticipadas de que era un error, porque la confianza es ciertamente instintiva, pero también evolutiva como aspecto espiritual, producto del conocimiento y la experiencia.

El problema viene en sostenerla cuando todo indica que debiéramos perderla, porque lo que en este caso está sucediendo es negación de la realidad, de los indicios que ésta nos muestra, muchas veces tan notorios que todos los demás los ven, excepto nosotros, ciegos, individual o colectivamente, a las evidencias.

Esta negación, a la cual revestimos de confianza, es justamente la que nos llevará a sentirnos frustrados, porque las cosas no suceden como deseamos y las personas no son como queremos.

La negación crea expectativas, es decir, apego emocional a situaciones y hechos imaginarios sin cuya realización perderemos el equilibrio emocional. La confianza crea esperanza, ese deseo moderado de un resultado sin el cual podemos continuar sintiéndonos bien.

Desafortunadamente, una de las motivaciones personales que producen negación revestida de confianza es la evasión de responsabilidades. Cuando queremos que alguien nos resuelva algo de lo cual deberíamos hacernos cargo completa o parcialmente, pero nos rehusamos por pereza o miedo, decidimos, como mecanismos de defensa, “confiar”.

Creo que todos conocemos las consecuencias de esta actitud. Y aun así la mantenemos, porque está sostenida por la más poderosa falta de confianza: en uno mismo. Se trata de la famosa inseguridad personal, efectivamente, el no voy a poder.

Si desconfiamos de nosotros mismos, no podemos confiar en los demás. Esa es la verdad. Depositamos en ellos, por miedo, el deber de satisfacer nuestras expectativas y necesidades, siempre con una exigencia en el fondo.

Como la naturaleza creadora del ser humano convierte en realidad aquello que espera, el que no confía en sí mismo paradójicamente “confía” en los otros esperando inconscientemente que le fallen, y eso obtendrá, porque el que desconfía de sí confía en los desconfiables. Ni se ama, ni ama a otros en realidad. Solo los necesita.

04 Enero 2020 04:05:00
El que parte y comparte
Se dice fácil, pero dar y recibir no lo es. Muchas personas no saben dar, otras tantas no saben recibir y muchas más no pueden con ninguna de las dos actitudes ni con las conductas asociadas; es decir, no tienen el estado de ánimo que se requiere para realizar ambos actos y, por tanto, se sienten incómodos ante ellos.

Esto podría parecer poco relevante o no lo suficiente, en un mundo en que la tecnología ha aumentado considerablemente los grados de autosuficiencia del individuo. En muchas ocasiones ya no tenemos ni que salir a la calle, pues podemos hacer hasta las compras desde nuestros dispositivoselectrónicos.

Hemos olvidado como convivir en armonía. El intercambio humano directo, de tiempo, intereses, sonrisas, cortesías, apoyos, placeres, alegrías, gustos y, por supuesto, dinero, ha disminuido al mínimo y, con ello, la felicidad, la seguridad, la tranquilidad, entre otros estados de vida que tanto anhelamos.

A cambio, hemos establecido espacios virtuales que ciertamente nos permiten interactuar frecuentemente con nuestros seres queridos, pero también nos llevan a creer que podemos tener un montón de amigos desconocidos, cuyos likes podemos confundir fácilmente con el reconocimiento que necesita nuestro niño herido.

Estas redes llegan incluso a darnos un falso sentido de pertenencia a un indefinido grupo de falsas personalidades, en relaciones ficticias en las que la conexión es una coincidencia y de las que están ausentes las conductas básicas de la reciprocidad: dar y recibir.

Y es que dar y recibir no son solo impulsos de socialización y sobrevivencia de nuestra especie, que nos hacen más o menos dependientes de los otros como individuos y, desde el ego, más o menos poderosos que los demás; en realidad, conforman, como binomio, la palabra clave de la existencia humana: compartir.

Una persona que no comparte con otra (al menos con una) languidece hasta morir, porque compartir es una actividad del alma, realizada desde el corazón, tan necesaria para la vida humana como la comida o el agua.

Consiste en dividir lo que se tiene para darle una porción al otro, que a su vez hará lo mismo, y entonces nos volvemos parte de una misma cosa: el placer de beber una copa de vino, de disfrutar los alimentos, contemplar un atardecer, intercambiar historias, ponernos en los zapatos del otro, etc. Por eso compartir es la razón de existir. Es el gran arcano de la espiritualidad humana, un impulso irresistible, un sentimiento, una actitud y una conducta.

Compartir es lo que establece los lazos profundos entre las personas; nos permite ser empáticos, nos da humildad y nos permite, por tanto, aumentar nuestro nivel de conciencia, siempre frenada por la supremacía del ego.

Como impulso irresistible, compartir es algo que siempre se está llevando a cabo entre personas, desafortunadamente de manera negativa: dividimos nuestro rencor, envidia, ira, odio, heridas, miedos, frustraciones y, paradójicamente, carencias, para darle una porción a los otros y ellos hacen lo mismo, de tal manera que nos volvemos parte de una vida miserable. Lo hacemos a nivel micro, en nuestras familias, y macro, en nuestras sociedades. Echarle la culpa a los demás de nuestra situación es compartir la irresponsabilidad.

Compartimos todo lo que somos porque no podemos evitarlo. Es de lo que en esencia se trata vivir: estar unos con otros, profundamente, en cuerpo, mente y alma. Lo que compartimos es lo que nos hace felices o infelices.

El secreto es: lo que recibo no es siempre lo que estoy dando, pero sí lo que estoy pidiendo, aunque no me dé cuenta. Así, cuando nos encontramos en el papel de la víctima incomprendida, que todo lo da y poco recibe, que todo lo hace por los demás y nada obtiene a cambio, es que eso es lo que en realidad queremos para seguir teniendo la ventaja manipulatoria del más sufrido.

En estas épocas de reflexión, usted, ¿qué comparte y que pide?


28 Diciembre 2019 04:05:00
El dilema del deber
Seamos convencionales o no en nuestra forma de vivir, es decir, obedezcamos o no las normas mayoritariamente observadas, todos estamos constantemente bajo la presión psicológica del “debo” y el “tengo que”.

Disciplinados o indisciplinados, formales o informales, sociables o solitarios, preocupones o despreocupados, cada uno de nosotros empeña el alma en complacer, porque obtener lo que necesitamos solo es posible a través de los otros, y “darles gusto” es el precio.

“Debo” y “tengo que” son la voz de la sociedad conduciendo nuestras vidas, primero a través de nuestros padres, después de nuestros maestros, amigos, jefes y compañeros de trabajo, parejas, hijos y nietos.

Todos comenzamos a internalizarlos desde la primera infancia, porque de eso depende en última instancia la sobrevivencia, y todos aprendemos, igualmente muy temprano en nuestras vidas, a manipular y chantajear a los demás para que se sientan psicológicamente presionados para darnos gusto.

La culpa es el acicate y, tanto como la presión sicológica del “debo” y el “tengo que”, es absolutamente propia y personal. Solo nosotros podemos producirla, aunque no podamos tolerarla, y terminemos depositándola en los demás.

La culpa nos hace sentir despreciables y castigables. Es uno de los sentimientos más devastadores que hay, por eso hay que “escupirla” a los otros. Como cualquier emoción humana, tiene su lado sano y su lado tóxico. Este último siempre estará ligado al “debo” y al “tengo que”, si nos producen estrés y angustia.

Por supuesto, todos tenemos deberes en la vida y hay que cumplirlos para el propio crecimiento y bienestar, pero es cada uno de nosotros quien determina cuál es su deber. La forma de saber que hemos tomado la decisión correcta al respecto es que en su realización disfrutamos del proceso, sin importar más de la cuenta el resultado.

Simple, pero no sencillo, si tomamos en cuenta la frase del célebre filósofo francés François de la Rochefoucauld: “Con frecuencia el hombre cree estar conduciéndose a sí mismo cuando es conducido”.

El yugo del “debo” y “tengo que” es uno de los grandes impedimentos para conocernos a nosotros mismos, saber lo que realmente pensamos y sentimos respecto de cualquier cosa y es, quizá, el más grande obstáculo para la felicidad, la paz y la seguridad.

Nunca se le da gusto a los demás. Nunca. Satisfacer sus exigencias es un asunto puramente momentáneo, pedirán más y más. Nosotros lo hacemos. Los límites son la única manera de deslindarnos de la expectativa de los otros, que nosotros mismos convertimos en presión sicológica.

La mejor manera de no sentir culpa por incumplir las demandas ajenas es aplicar los cuatro acuerdos del chamán tolteca Miguel Ruiz: honra tus palabras, no prometas lo que sabes que no quieres cumplir; no te tomes nada a personal, las exigencias de los otros son cosa suya; haz lo mejor que puedas, para que nadie te diga que no haces lo que debes, y no supongas, porque tratar de adivinar lo que quieren los demás te roba energía, tiempo y vida.

Descansar de la presión sicológica que nos autoimponemos nos dará una mejor calidad de vida, reduciremos estrés, disfrutaremos hacer las cosas y entonces se producirán los mejores resultados; aprenderemos a crear nuestras propias oportunidades y a adaptarnos a los cambios que se nos presentan, mientras realizamos aquello que es necesario para alcanzar nuestros objetivos.

El proceso, repito, debe disfrutarse. Ese es el indicador de que el deber elegido realmente nos beneficia. No solo se aprende cometiendo errores. El cumplimiento gustoso de un deber es un poderoso y amoroso maestro.

Ciertamente, no podremos evadir algunas tareas poco agradables para nosotros. Siempre vamos a necesitar de los otros y de las estructuras sociales que hemos creado para vivir y vivir bien: escuela, trabajo, Gobierno, etc. En tales casos, lo importante será siempre tener claro el objetivo del deber, para encontrar la motivación adecuada.
21 Diciembre 2019 04:07:00
Hoy mismo
Cada vez que escuchamos la expresión “un día a la vez”, evocamos principalmente su uso terapéutico. Como sinónimo de un llamado a la tranquilidad, nos permite combatir la ansiedad, la angustia y el miedo, entre otros patrones emocionales devoradores.

Sin embargo, la verdadera dimensión de la frase es mucho más profunda y su práctica es la gran hacedora de milagros; es la clave para lograr absolutamente todo lo que nos propongamos. Esto es porque el verdadero sentido de un día a la vez es vivir el aquí y el ahora.

La vida solo se vive si está usted plenamente presente en el día que está transcurriendo, para lo cual le estorban los fardos mentales y emocionales que ha venido cargando, llenos de dolores y rencores del pasado, o aun de buenas experiencias, y de miedos y preocupaciones acerca del futuro.

El contenido de estos fardos lo hace vivir discutiendo en su mente con personas ausentes, dándole lecciones a quien lo humilló, tramando como quitar a otros de su camino, previendo posibles escenarios de desgracia para “estar preparado”, temiendo la forma en que será traicionado, justificando sus decisiones y sus acciones, tratando de remendar lo “imperfecto” de sus actuaciones, descalificando a los demás y, en general, dejando que su pensamiento vague incontrolado por todas las infinitas maneras que hay de evadir el momento presente y, por tanto, dejar que la vida transcurra sin usted en ella.

Uno cree que construye su vida a partir de los merecimientos que acumula: estudios, éxitos laborales, familia, dinero, para luego literalmente “echarse a descansar” mentalmente, hasta que nos damos cuenta de que todo lo ganado se perdió o de que no es en realidad lo que deseamos.

Esto es porque lo que deseamos que suceda tiene que estar sucediendo en el momento en que lo deseamos, antes que nada, en nuestra mente, todos los días, un día a la vez, para convertirse en realidad.

Es decir, todos los días, hasta nuestra muerte, tenemos que hacer las cosas que construyen, no las que destruyen. Tenemos que convertir en un hábito el agradecer, incluso en las situaciones más difíciles, soltar nuestros miedos, confiar en Dios y en nosotros mismos, pensar en que los mejores días siempre están por venir, en que sabremos resolver en su momento los problemas sin tener que preocuparnos por ellos, en que estamos hechos para la abundancia y en que los inconvenientes son siempre oportunidades para crecer.

Si tenemos estos patrones mentales, en lugar de los fardos, nos será más fácil hacer ejercicio todos los días, ser generosos, afectuosos, entusiastas, resolutivos, emprendedores, creativos, y a partir de estas actitudes y actividades, comenzarán a llegar a nuestras vidas todas las cosas buenas.

El universo es mente. Tanto el tiempo como el espacio y toda la materia contenida en ellos ocurren en el sentido en que la mente transcurre. Los humanos estamos hechos de mente y tenemos la capacidad de darle un contenido y una calidad, que determinan la forma en que viviremos no solo individualmente, sino en colectivo y en relación con todo lo que nos rodea.

Para vivir nuestro hoy y nuestro momento presente, es necesario que dejemos de intentar vivirlo todo a la vez: las penas, las alegrías, la felicidad, las tristezas, el amor, las preocupaciones; el pasado, el futuro y el presente. Es necesario, pues, que soltemos la necesidad de controlar y fluyamos.

Por supuesto que debemos planear, pero empezando por la forma en que elegiremos vivir nuestro día. Esa es la planeación esencial. Un día a la vez, uno tras otro. Descubrirá, como dice el maestro espiritual Eckhart Tolle, que cuando se hace amigo del momento presente se sentirá en casa donde quiera que esté, de lo contrario se sentirá incómodo donde quiera que vaya.

Día a día, descargue sus fardos. No los necesita.

Respire y siéntase.
14 Diciembre 2019 04:07:00
Enójese, pero enójese bien
La ciencia ha llevado a cabo diversos experimentos que muestran la forma en que la presión de un grupo influye en las decisiones, actitudes y conductas de un individuo, pues las personas siempre están dispuestas a asemejarse a otras para pertenecer.

Cuando la cohesión del grupo es muy fuerte, porque está conformado a partir de una ideología, metas e intereses comunes, con el objetivo de competir contra otros grupos en el mismo ámbito de actividad, el enemigo no solo está afuera, sino adentro.
Desafortunadamente, se le confunde con cualquier miembro que discrepe de las decisiones que toman los líderes del colectivo.

Trátese de deportes, política, religión e incluso juego, el osado miembro de un grupo que exponga sus diferencias con la tendencia paradigmática de sus compañeros pasará a ser una amenaza para el conjunto. Aun cuando varios otros piensen como él sin atreverse a manifestarlo, o justo porque no se atreven, ejercerán presión para hacer volver al rebelde al redil.

Este es el punto donde los grupos pierden el rumbo, porque se cierran a las múltiples posibilidades que existen para abordar cualquier problema. Y este es el punto donde un individuo discrepante puede fortalecerse o debilitarse, sosteniendo su postura personal con valentía o cediendo sin más a la presión grupal.

Sostenerse requiere una autoestima bien plantada, una conciencia muy tranquila y temple para asumir las consecuencias. Eso fortalece, aumenta el poder de cualquier persona sobre su propia vida. Ceder tiene un costo más alto: el autoengaño para no vivir con la voz de la conciencia activa recordándonos lo mal que nos sentimos por autoanularnos.

La primera opción es difícil, porque los miedos al rechazo, la inseguridad, la indefensión y la soledad pueden ganarle a casi cualquier arranque de valentía si no hay un conocimiento interior sobre nuestras capacidades y un reconocimiento de la propia valía.

La segunda opción es la más fácil, pero también la más costosa a la larga. Un día nos podremos sentir extraviados de nuestra propia vida si siempre seguimos sin cuestionar todo lo que se nos dice que debiéramos pensar, sentir y hacer.

Nuestras elecciones nos definen; la clase de persona que somos depende de las opciones que tomamos. El camino aparentemente difícil está en la autenticidad, y ese es el que nos llevará a una vida satisfactoria; el engañosamente fácil está en la autoanulación, y ese no tiene otro destino que la amargura, la frustración y la soledad.

Mientras más auténticos somos, más solidaridad, respeto y cariño recibimos de la gente, mientras más vivimos para complacerlos, menos importancia nos dan y, al final, nos descubrimos solos.

¿Y cómo tener el valor para desafiar la presión de un colectivo y construir una personalidad autónoma, que puede tomar y llevar sostén a cualquier grupo en el que decida insertarse? Para ello existe una herramienta emocional del ser humano que, por censurada moralmente, no sabemos manejar: el enojo.

Cuando aprendemos a enojarnos por lo que debemos enojarnos, con quien debemos enojarnos y cuando debemos enojarnos, hemos dominado uno de los grandes secretos de la ecuanimidad.

Nadie puede evitar enojarse, pero si negamos que estamos enojados, nos reprimimos o, en el otro extremo, atacamos, humillando, ignorando, rechazando y aun violentando físicamente, estaremos siendo destructivos con nosotros mismos y/o con los demás.

Existe un tipo de enojo que podemos llamar constructivo, que nos ayuda principalmente a establecer límites claros para nosotros mismos y para otros; a defendernos y defender a otras personas; a tener la energía y motivación necesaria para mejorar nuestra vida y luchar por nuestros ideales; a establecer y fortalecer nuestra individualidad.

El secreto del enojo constructivo es, paradójicamente, calmarnos al nivel en que podamos ver claramente la verdadera causa, o nos convertiremos en una olla de presión.

Aprender a enojarse es aprender a derribar los obstáculos de nuestras vidas.
07 Diciembre 2019 04:06:00
¿Ya eligió su grupo?
La sociedad es la suma y luego la multiplicación de lo que somos cada uno de nosotros. Todos, sin excepción, tenemos responsabilidad en lo que pasa a nivel colectivo, aun cuando estemos convencidos de que los culpables son otros.

Cuando una persona no se pregunta cuál es su coto de responsabilidad en una situación social, y en consecuencia no se interroga sobre lo que puede hacer para mejorar las cosas, tenderá siempre, en su vida cotidiana, y hasta en los más mínimos detalles, a culpar a otros de lo que le sucede.

La forma en que nos conducimos en nuestra convivencia social, no solo individualmente, sino como miembros de determinados grupos (familiares, amigos, compañeros de trabajo o ciudadanos organizados), impacta a todo el país y a final de cuentas a todo el mundo, porque cada uno de nosotros coopera en cualquier situación en la que esté involucrado, incluso no haciendo nada.

Decía Manuel González Prada, gran pensador, ensayista y poeta peruano (1844-1918): “La vida pública se reduce a la prolongación de la vida privada, como la sociedad se reduce también al ensanchamiento de la familia, y nadie, por más agudeza de ingenio que tenga, puede señalar dónde acaba o dónde empieza la publicidad de un acto. Con uniforme oficial o traje casero, en el sillón de la oficina o en el sofá del dormitorio, el hombre conserva su identidad y vive la misma vida. El criminal es tan criminal en su casa como en la plazuela, la hiena es tan hiena en la jaula como en el desierto”. ¿Así, o más claro?
Y con este planteamiento en mente, reflexionemos sobre nuestra vida “privada”: ¿es congruente con nuestra actividad pública?, es decir, ¿nos comportamos en ambas como exigimos que se comporten los otros?, ¿tenemos una moral?, ¿somos fieles a ella o solo queremos imponérsela a los demás? Porque, mire usted, la congruencia es el fundamento de un ser humano valioso para sus semejantes. Aquel que no es congruente tendrá que mentir, fingir y simular.

Congruencia es lo más preciado que podemos llevar a cualquier grupo. A partir de ella podremos ser auténticos, honrados y establecer relaciones genuinas con los otros, para construir un colectivo que vele por los intereses comunes y aporte lo mejor de cada uno de sus miembros, multiplicado, a la sociedad.

Si ocultamos motivaciones e intenciones que serían rechazadas en el grupo, o establecemos complicidades en un tácito reconocimiento de la prioridad de los intereses personales, en lugar de las lealtades a los valores, estaremos usando a los demás y no podemos esperar más que ser usados por ellos.

Esta relación utilitaria es la que caracteriza a la mayoría de los grupos a los que pertenecemos por elección, porque desafortunadamente no ingresamos a ellos pensando en las metas del colectivo, sino en satisfacer necesidades personales.

En la humanidad predominan actualmente la actitud y la conducta individualistas. La mayoría de las personas están dispuestas a pasar por encima de sus semejantes para obtener lo que pretenden.

No obstante, somos tan dependientes de los grupos para sobrevivir y lograr tales fines, que permitimos que estos nos impongan identidades, tareas, objetivos y creencias a las cuales estamos dispuestos a empeñarles nuestra propia esencia. O sea, de una u otra manera “nos vendemos” o “nos regalamos” incluso.

Esta condición personal multiplicada en un grupo da por resultado un colectivo dañino para su sociedad, incongruente, simulador, que acusa a los enemigos de ser los culpables de la situación de todos, pero no se hace responsable por sí mismo o por sus miembros que demuestran que no hay ni verdad ni autenticidad en lo que se dice y hace. Háblese de una familia, un equipo deportivo o laboral, de un partido político o cualquier otra forma de organización humana.

¿Y usted, qué clase de colectivo integra?

30 Noviembre 2019 04:07:00
Identifíquese como quiera
En ningún aspecto de su vida el hombre puede vivir y desarrollarse aislado de su colectivo. El apellido nos identifica con un grupo, la edad con otro, igual que el género, la escolaridad, incluso nuestro estado de salud, código postal, raza y, por supuesto,
nacionalidad.

Todos estos son grupos de clasificación que nos otorgan características determinadas, y nosotros podemos o no convertirlas en parte de nuestra identidad; pero existe otro tipo de colectivos a los que pertenecemos por nuestra propia voluntad: religión, partido político, asociación civil, “la banda”, etc. Con estos nos identificamos a partir de intereses comunes, gustos, creencias, actividades conjuntas o colaborativas e ideologías. Estos llegan a ser nuestra estabilidad, fortaleza, poder, confianza, seguridad, etcétera, así que demás está decirle lo que puede afectar a un ser humano una ruptura con su colectivo por elección.

Es tan poderoso el campo de protección y autoestima de un colectivo para un individuo, que está dispuesto incluso a matar por defenderlo. Piense en los fundamentalistas o los terroristas. El efecto secundario de la pertenencia y la necesidad de seguridad del ser humano es que al formar un colectivo comienza a luchar contra otros, en lugar de cooperar. Los demás se convierten en enemigos.

Convertir en enemigos a los miembros de otros colectivos es, por cierto, uno de los recursos psicológicos más útiles para los políticos de corte populista. “Divide y vencerás”.

Un cisma de este carácter (la ruptura con un colectivo) puede llevar a una persona a un salto mentalmente evolutivo o a la desgracia personal, depende de qué historia se cuente a sí misma, porque de eso depende en realidad la felicidad o la infelicidad de un ser humano: de la forma en que nos contamos a nosotros mismos la historia, la nuestra, la ajena, la de la vida, la del mundo.

Es bueno comprender cuáles son los factores que afectan a un colectivo y a cada uno de sus miembros, para que si un día experimentamos una ruptura de este tipo, nos contemos la historia con una narrativa que nos lleve a crecer y no a arrastrar la cobija.

Comencemos por señalar que el común denominador de cualquier grupo es la identidad, o sea, el conjunto de rasgos comunes entre sus miembros, que caracteriza a nuestro colectivo frente a otros. Esa identidad da un sentimiento de unión y pertenencia, que es el principal adhesivo, o sea, el factor de cohesión grupal, al que se suma el nivel de satisfacción que obtiene cada miembro del colectivo en la actividad colaborativa, misma que depende de un liderazgo sólido y eficaz, que implica necesariamente no privilegiar a determinados individuos y propiciar una competencia sana, basada en los méritos y no las “grillas”.

Si ya no hay un sentimiento de unidad con el grupo, es porque ya no hay satisfacción personal en lo que puede obtenerse del trabajo en equipo. Esto puede suceder porque la persona ya no se identifica con las creencias comunes, aunque todavía no lo tenga claro ni haya formulado nuevas, porque el colectivo perdió sus objetivos, porque sus miembros están privilegiando sus propios intereses sobre los comunes, porque no tienen un liderazgo que dé la talla o por todos estos factores juntos.

Pues bien, si se encuentra usted ahora o algún día en esta situación difícil de manejar, no se sienta culpable por deslealtad: todo mundo tiene derecho a cambiar de opinión. Lo importante es saber que usted puede ser lo que quiera ser, no lo que le dicen que sea. Afuera le esperan otros.

Quedémonos con esta cita de Eckhart Tolle: “La mayoría de la gente se pasa la vida aprisionada en los confines de sus propios pensamientos. Nunca van más allá de un sentido de identidad estrecho y personalizado, fabricado por la mente y condicionado por el pasado”.
23 Noviembre 2019 04:07:00
Mientras más terco…
Vivimos en la época de la consecución de autoestima, nada más engañoso para el desarrollo humano, porque permítame decirle que solo la necesita quien se autodesprecia. Ni más ni menos. ¿Cómo reconocer el autodesprecio?: todo lo malo que pensamos de los demás y sentimos por ellos, en ese fuero interno “muy secreto”, es justo lo que pensamos y sentimos respecto de nosotros mismos.

Hay otra manera infalible de detectarlo: quien no acepta equivocarse ni que le lleven la contraria, se autodesprecia enmascarado con autoestima. Mientras más terco, más autodesprecio.

En fin, que no hay prácticamente ser humano que en algún aspecto de su personalidad no piense mal de sí mismo, e incluso se autodesprecie, simple y sencillamente porque somos seres sociales y nos “medimos” a nosotros mismos de acuerdo a los cánones que la sociedad nos impone, independientemente de la época, la cultura, la región y la religión.

Esos cánones nos son suministrados emocionalmente por nuestros padres en la infancia, negativamente en la mayoría de los casos, mediante expectativas poco realistas, maltratos verbales, ausencias físicas y/o afectivas, desatenciones, comparaciones, etc.

Si al incipiente auto rechazo de la niñez –que nos producen quienes se supone que debieran hacernos sentir valiosos–, sumamos frustraciones acumuladas, autoexigencias y descalificaciones propias y ajenas, arribaremos sin duda al autodesprecio, que es una actitud mental, a la cual va asociado necesariamente el odio por nosotros mismos, que es una emoción. La combinación de ambas nos devasta física y psíquicamente.

El autodesprecio es un callejón sin salida, porque las personas que han aprendido a odiarse a sí mismas solo ven lo que consideran su lado “malo” o deficitario. Cambiar el enfoque para estimarse a sí mismo implica relacionarse de una manera diferente con los cánones a partir de los cuales nos autodevaluamos, y por eso la autoestima es una trampa. Y, mire, esta es, justamente, la buena noticia.

Existen variadas definiciones de autoestima, pero vayamos a la más común y extendida: realizar valoraciones y juicios positivos sobre uno mismo, pero, sobre todo, creérselos. O sea, haciendo las mimas comparaciones que hemos hecho siempre para autodevaluarnos, obtendremos esta vez resultados favorables, porque cambiaremos la perspectiva. Ganaremos el juicio, y viviremos en juicio, porque la tendencia al autodesprecio subsistirá mientras lo haga la competencia.

La autoestima, se cree comúnmente, nos proporciona seguridad, reconocimiento y éxito en cualquier cosa que emprendamos. A partir de ella podemos establecer relaciones sanas y alcanzar la felicidad.

Pues déjeme decirle que estas creencias son parte de la trampa. La American Psychological Association ha encontrado que los altos niveles de autoestima están relacionados con el narcisismo, el egoísmo, la arrogancia, el autoengaño y la defensividad ante comentarios sinceros. O sea, cubre, pero no sustituye el autodesprecio.

Afortunadamente, la segunda buena noticia es que podemos relacionarnos con nosotros mismos más allá de la autoestima, es decir, trascender el terreno del ego, porque ese es el campo fértil para las valoraciones y los juicios, por muy positivos que sean.

El concepto correcto es autoconciencia, que es la capacidad de ser consciente de lo que pensamos, sentimos y hacemos. La mayoría de las personas se pone el “piloto automático” nada más despertar, y así transcurre todo su día, sin apenas saber de sí mismas.

La autoconciencia nos permite desprendernos de la competencia, de los pensamientos negativos o inútiles, de las emociones que envenenan y, sobre todo, cuestionar nuestras creencias, esas que nos han ido hundiendo.

A esto sigue la autoaceptación. Si los conceptos de bueno y malo que veníamos manejando ya no nos son útiles, ser exactamente como somos ya no tiene problema. Abrazarnos por dentro desde esta perspectiva es darnos el reconocimiento por el que tanto nos habíamos desgastado.

¿La autoestima es necesaria? Sí, pero no es la meta. A menos que quiera vivir estresado y ansioso por conseguirla, pase a la siguiente puerta.
16 Noviembre 2019 04:06:00
Paren al mundo
Los insaciables son huecos, infelices, insensibles y narcisistas. Ningún bien material, ninguna emoción, ninguna persona colma su sed de estímulos. Su conocimiento es impreciso y baladí. Son prejuiciosos, impulsivos, irreflexivos; casi siempre están ansiosos, angustiados, estresados, a punto de explotar.

Esta condición los hace manipulables por cualquiera que sepa darles el sobreestímulo que necesitan: publicistas, políticos, líderes de cualquier tipo y, claro, amigos y amores de alto riesgo.

¿Ya los ubicó? No es fácil, porque lo primero que hay que hacer es mirarse al espejo. Así es, sin importar la edad, casi todas las generaciones aún vivas respondemos en algún aspecto de nuestra vida, o en toda ella, al estilo de vida del insaciable.

Vea usted si no: hoy casi todos los pobladores del planeta estamos expuestos a la publicidad y la tecnología, las dos grandes formas de convertir seres pensantes y espirituales en autómatas de atención dispersa, adictos a los estímulos sensoriales continuos y las emociones fuertes, sumidos en la inmediatez compulsiva del consumismo.

Suena fuerte la descripción, pero veamos un solo día de la vida de cualquier de nosotros: desde la mañana estamos checando el celular para ver nuestros whatsapp y probablemente abramos nuestro Face o el Twitter para mirar por un rato las publicaciones y las últimas noticias. No respiramos profundo ni entramos en calma para comenzar la jornada, no. Buscamos el sobreestímulo de un chiste, un escándalo, un dejado en visto.

Durante el día, en nuestros quehaceres comunes, buscamos cualquier momento libre para consultar nuestras redes sociales. Con este hábito entramos en una necesidad constante de estar haciendo otra cosa en vez de concentrarnos en lo principal: el trabajo, el estudio o incluso la introspección. Nuestra mente se vuelve dispersa, vacua, olvidadiza, perezosa.

Para evitar el esfuerzo intelectual, nos conformamos con aquella información que nos proporcionan, y que generalmente lleva, abierta u ocultamente, una intención que no es precisamente la de nuestro equilibrio y bienestar, sino la de producirnos reacciones emocionales que nos impulsan a indignarnos, enojarnos, sentirnos insatisfechos y poca cosa si no se cumplen nuestros deseos materiales o no nos acercamos al prototipo de lo bello y exitoso.

Al llegar a nuestras casas en la noche, continuamos reforzando este patrón frente al televisor, uno de los primeros adminículos tecnológicos que nos permitió evadirnos del momento presente, de la convivencia con otros, del cumplimiento de responsabilidades, etc.

Y así, consumiendo constantemente estímulos que se convierten en emociones sin cauce ni objetivo, bienes materiales, información distorsionada y, sobre todo, distractores, ya ni siquiera somos capaces de escuchar atentamente a nadie por cinco minutos, porque la velocidad a la que nos habla nuestra cabecita loca nos tiene absortos en nuestros propios pensamientos, en los cambiantes deseos que experimentamos, en la ansiedad que todo ello provoca, y que acostumbramos calmar tan solo por unos momentos con la satisfacción inmediata y efímera de necesidades insaciables.

Por eso hoy en día técnicas de meditación como el “mindfulnes”, para cualquier persona, en cualquier momento del día y en cualquier actividad, son tan necesarias para hacer esas pausas que nos desenchufarán del acelere o, como decía Mafalda, para parar el mundo y bajarnos un rato.

El visionario Zygmunt Bauman, sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico de origen judío, nacido en 1925 y fallecido en 2017, llamaba a este tipo de vida de insaciabilidad, la modernidad líquida, y decía que “es una civilización de excesos, redundancia, desperdicio y eliminación de desechos”.

Nadie mejor que Bauman para explicar las consecuencias de la suma de los malestares individuales: “Por culpa de esa adversidad, tendemos a ir dando tumbos, tropezando con una explosión de ira popular tras otra, reaccionando nerviosa y mecánicamente a cada una por separado, según se presentan, en vez de intentar afrontar en serio las cuestiones que revelan”.

Una vez más, nos encontramos con que lo individual impacta a toda la colectividad.
09 Noviembre 2019 04:07:00
Lo fundamental
Pocos hasta ahora han puesto expresamente en duda que la democracia es la mejor forma de organización política, sea cual sea el régimen económico que se tenga. Sin embargo, hay una muy extendida sensación de que está en crisis, porque no ha podido proporcionar a la población el nivel de vida a que aspira.

Nuevos autoritarismos la han retado, y aunque no han planteado su terminación, sí que han impuesto un tipo de directismo democrático, es decir, un sistema que tiende a sustituir la democracia representativa por la directa, como una forma de legitimar decisiones ya tomadas.

Digamos una vuelta falaz a los orígenes griegos de la democracia, cuando las decisiones se tomaban mediante una participación directa de los ciudadanos. Pero hay que recordar, por cierto, que la mayoría de las personas no tenía derecho a voto.

Si todo habitante de la polis hubiese podido votar al llegar a determinada edad, la democracia directa no habría funcionado ni en Grecia. Puede ser muy oportuna o imprescindible en grupos de tamaño reducido, pero a gran escala hace inoperativo cualquier sistema, además de prestarse al populismo y, por tanto, la negación del interés general en favor del grupo que más presión ejerza o la mesa que más aplauda.

Ahora bien, los directismos democráticos suelen ser fachadas de los neofundamentalismos. Las nuevas tendencias de análisis político han extendido el concepto de fundamentalismo más allá de los movimientos religiosos. Hoy,
cualquier forma de organización puede ser enmarcada en ese término si cumple con tres requisitos básicos:

1.- Creer ser portadora de la “única verdad”.

2.- Anular o negar toda opinión diversa.

3.- Imponerse por cualquier medio.

Seguro ya estará encontrando ejemplos de autoritarismos fundamentalistas con estructura de directismo democrático. Pero lo importante de este fenómeno, es que no proviene de la forma en que los seres humanos se organizan, sino de sus actitudes personales, de sus miedos e inseguridades. O sea, “Dios los hace y ellos se juntan”.

Mire, piense en cuánta gente que conoce vive bajo los tres requisitos básicos del fundamentalismo. Piense además cuánta presión ejercen; lo avasallantes que son. Tienen mucho miedo a la incertidumbre. Necesitan desesperadamente fundamentos inamovibles para aferrarse a ellos, que por otra parte no son más que creencias. Se vuelven personas sumamente manipulables, pues su fragilidad ante aquello que las hace sentir amenazadas es campo fértil para sembrar emociones basadas en el miedo, como la indignación, la ira, el odio, la envidia, el resentimiento.

El que un individuo busque certezas no es un problema, pero la creencia de que solo imponiendo sus verdades puede alcanzar seguridad, es un peligro para todo el que le rodee. Siempre han existido este tipo de personas. De hecho, puede decirse que todos hemos sido ellas, porque la búsqueda de certezas y seguridades es, por lo menos, una etapa en la vida de cualquiera.

Ahora, ya sea que estemos en esa etapa o que así nos conduzcamos siempre, podemos convertirnos en un peligro para otros cuando, frente a determinadas condiciones económicas, políticas y sociales, como el deterioro de la convivencia social, el empobrecimiento paulatino, la inseguridad e incluso la ignorancia, nos organizamos para imponer nuestra “verdad”, generalmente en torno a un líder con sus propios intereses, que sabrá sacar provecho de tales situaciones, manipulando las emociones, de manera que podremos terminar siendo un colectivo fundamentalista sin siquiera darnos cuenta de que estamos llevando nuestras carencias y debilidades personales a la escena pública.

Los fundamentalismos son, además, el caldo de cultivo de los fanatismos y la violencia, azuzados con la creación de chivos expiatorios, para calmar los ánimos, que más tarde volverán a ser exacerbados, pues hay que mantener a la gente con el miedo muy activo y la indignación al borde, para que subsista el fundamentalismo.

Ahora, en un análisis personal: ¿cuánta incertidumbre resiste usted, como para no volverse un neofundamentalista?
02 Noviembre 2019 04:06:00
¿Está seguro?
“Cuando la mente está segura está en decadencia”.
Jiddu Krishnamurti

¿Qué es para usted la seguridad?: ¿Un estado permanente de cosas libre de preocupaciones?, ¿Una vida estable?, ¿Una situación o circunstancia exenta de riesgos y de peligro?, ¿Tranquilidad en el presente y certeza en el futuro?, ¿Confianza en que todo irá bien?

Sin importar cuál de estas opciones elijamos, o si tenemos alguna otra, lo cierto es que ningún ser humano escapa al deseo de sentirse seguro.

Dice el doctor en Filosofía, Javier Rodríguez Alcázar, titular de la cátedra en la Universidad de Granada, en su ensayo La Noción de ‘Seguridad Humana’: Sus Virtudes y Sus Peligros, que “nos gustaría no tener que preocuparnos por nuestra salud ni por la posibilidad de perder nuestro puesto de trabajo.

“Preferiríamos no tener que cuidarnos de los aditivos que se han incorporado a los alimentos que consumimos. Nos parece una quimera el poder caminar solos, a cualquier hora y por cualquier calle solitaria, concentrados en nuestros pensamientos y sin sentir que tenemos que mirar con recelo a nuestras espaldas.

“Quisiéramos tener la seguridad de que no nos faltará cobijo y alimento cuando ya no podamos valernos por nosotros mismos y la seguridad de que nadie vendrá desde otro lugar a arrebatarnos nuestra casa y nuestra cosecha.

“Nuestros miedos, en definitiva, son variados y provienen de fuentes diversas, pero tienen en común nuestro muy humano deseo de reducir en lo posible nuestros sufrimientos y nuestras angustias. Sin duda, todos sabemos que nunca nos veremos completamente libres de esos miedos, pero es igualmente cierto que todos aspiramos a evitarlos en lo posible”.

A todos nos gustaría, como estándar mínimo, el tipo de vida descrito. Hasta ahora es solo una aspiración, en casi todos los países del mundo. La tendencia del ser humano a evadir su “aquí y ahora”, único lugar desde el cual puede hacer algo maravilloso con su vida, convierte esta aspiración en una condición indispensable para sentirse seguro, que a su vez, cree erróneamente, es una condición indispensable para ser feliz.

Desde esta perspectiva, la humanidad seguirá yendo hacia su propia destrucción, pues nada podremos obtener de nuestras condiciones materiales de existencia que nos dé lo que estamos buscando. La realidad es que tenemos milenios equivocados en nuestra búsqueda. Depositado el motivo de nuestra seguridad personal y colectiva en las condiciones externas, vivimos en la mentira, eufemísticamente llamada hoy “posverdad”.

Nos mentimos creyendo que puede haber un estado permanente de cosas libre de preocupaciones, una vida estable, situaciones y circunstancias exentas de riesgos y peligros, tranquilidad en el presente y certeza en el futuro, confianza en que todo irá bien.

Y aferrados a estas condiciones inalcanzables, nos creemos cualquier mentira que nos digan, quien nos la diga, con tal de sentir una ficticia y, por supuesto, frágil y pasajera seguridad. Es decir, nos dicen lo que queremos oír y empeñamos la vida en defender la razón de esa persona, porque reafirma nuestro autoengaño.

Sin importar la corriente política, religiosa o filosófica que profese, aquel que nos prometa o nos proporcione el estatus que creemos necesitar para “ahora sí” poder dedicarnos a ser felices, nos está engañando, y le funciona porque eso es lo que estamos necesitando, ya que lidiar con la realidad es doloroso.

Estar y sentirse seguro siempre es antinatural, abate la creatividad, la capacidad de solucionar problemas y hasta las ganas de vivir, pues solo monotonía encontraremos en ese estilo de vida. Los miedos que nos aconsejan lo contrario son el origen de la inseguridad, no las circunstancias en que vivimos.

Lo que tenemos es que aprender a gestionar los miedos y la inseguridad, exactamente en el momento en que los estamos sintiendo, y no en un futuro que ni siquiera sabemos si vendrá. La única seguridad que podemos tener es que sabremos solucionar todo en el momento oportuno, justo porque no adormecemos la mente apegándonos al sentimiento de seguridad.
26 Octubre 2019 04:06:00
La paz que devasta
“No basta la buena voluntad si intentas apagar el fuego con gasolina”.
Roberto Fontanarrosa

Hay gente que vive en pie de guerra: de todo se queja, nada le gusta, siempre está molesta, reclama, amarra navajas, va por ahí murmurando sola, dice las cosas de la manera más ofensiva posible, sutil o abiertamente, y su risa suena fingida, amargada, malévola o cínica. A que ya puso por lo menos un nombre.

Es ese tipo de gente que acostumbra culpar a los demás de la forma en que se siente; recita todas sus cualidades y buenos actos antes de señalar los defectos y los errores ajenos; jura que todo sería diferente si quienes le perturban no estuvieran donde están y presumen de saber hacer las cosas mejor. A que ya creció su lista.

Se trata por supuesto de personas que están empujándolo a uno al límite, y cuando son confrontadas abiertamente, lo mismo con calma que con hartazgo… se quiebran, ya sea que se ofendan, continúen acusando sin cesar, en un drama in crescendo, nieguen que han venido pullando, pregunten llorando de qué se les acusa, evadan contestar, se den a la fuga, se contradigan o aseguren que nunca hicieron o dijeron lo que hicieron y dijeron. Supongo que sigue creciendo su lista.

Bueno, pues este es el tipo de personas con las que todos queremos llevar la fiesta en paz, y acostumbramos, para ello, darles “el avión”, pero siempre resulta peor, porque eso significa bajar la guardia, para volver a nuestro acostumbrado estado de contento y despreocupación, que tanto les molesta. Entonces, ¡zas!, nos vuelven a clavar la estaca, aguja, puñal, según que tan taimados y resentidos sean.

Es en estos casos cuando evadir el conflicto no significa vivir en paz, sino “ponerse de pechito”, porque estamos hablando de personas a las que tenemos que ponerles un límite claro, sean quienes sean y con toda la molestia interior que esto signifique.

Siempre hay conflictos porque, como dice el escritor estadunidense John Verdon: “La mente es una masa de contradicciones y conflictos. Mentimos para conseguir que otros confíen en nosotros. Escondemos nuestro verdadero ser... Perseguimos la felicidad de formas que nos alejan de ella. Cuando nos equivocamos, luchamos a brazo partido por demostrar que tenemos razón”.

Con estas actitudes, obvio, no se puede llegar a un acuerdo con nadie. Es echarle gasolina al fuego para apagarlo. Entre los individuos, como entre las naciones, la paz a cualquier precio puede ser devastadora. Así pues, hay que aprender a manejar el conflicto.

He aquí unos consejos:

* No dé “el avión”. Aprenda a ser fiel a sí mismo.

* No permita que la opinión de otra persona afecte su

autoestima.

* Respire, respire y respire, para mantener el autocontrol, oiga lo que oiga.

* Piense que no es personal en realidad. El problema es del otro.

* Sea amable, pero firme.

*Exprésese con la mayor claridad y calma que pueda.

*En cuanto vea que no hay disposición al acuerdo, corte.

*Nunca vuelva a intentar conciliar con personas que no tienen la intención de hacerlo.

*No es fácil. Es cuestión de práctica, por supuesto, de alejarse emocionalmente de eso que tanto nos molesta en medio del conflicto mismo, no para evitarlo.


Por lo general, no se nos educa, ni en casa ni en la escuela, para aprender a manejar el conflicto y llegar a acuerdos. El ejemplo ha sido siempre defenderse a capa y espada, acusar sin freno, no ceder, gritar, insultar y hasta golpear. Pero eso no es confrontar, es simplemente pelear, y nada resulta de tal actitud.

Confrontar es exponer el propio punto de vista y oír el ajeno con tolerancia, manifestar la forma en que uno se siente respecto de lo que otro hace, sin acusarlo, poner límites, para dar y poder, entonces, exigir respeto, buscar puntos de coincidencia y llegar a un acuerdo.

Pero, ciertamente, hay personas con las que no se puede. Acéptelo y ya.
19 Octubre 2019 04:05:00
Qué necesita
“Todos los problemas emocionales están en nuestra mente”.
Rafael Santandreu

Cuando hablamos de codependencia afectiva, lo común es pensar que se tiene exclusivamente respecto de otras personas, pero no es así. A final de cuentas, lo que pretendemos de los demás no es exactamente a ellos tal cual son, sino lo que puedan proporcionarnos para subsanar nuestras carencias de amor, pertenencia, atención, reconocimiento, etc., etc.

Cada vez que pensamos o sentimos que nos hace falta algo que no podemos proporcionarnos nosotros mismos, en lo que a nuestras necesidades emocionales respecta, estamos poniéndonos a merced no solo de personas, sino también de situaciones, circunstancias y cosas que no están bajo nuestro control.

Y es así que para todos nosotros existen requisitos personales y sociales, según nuestra cultura y subcultura, para obtener el estatus que nos granjeará los bienes materiales, las características corporales, las posiciones económicas y/o de poder que los demás exigen para estar en disposición de darnos lo que creemos necesitar.

Y viceversa. Es decir, nosotros exigimos en los demás determinado tipo de condiciones para aceptarlos, amarlos, reconocerlos, etc. El que se considere más necesitado en la pareja o el grupo será el más débil, y por tanto el que más abuso y maltrato sufra, porque una relación basada en la expectativa de que el otro satisfaga mis necesidades será siempre un fracaso, y la reacción no podrá ser otra que la frustración, el reclamo y la agresión, activa (del victimario o dominante) o pasiva (de la víctima o dominado).

Dependemos, entonces, de, por ejemplo, tener dinero, un automóvil, un cuerpo esbelto y torneado, ropa de moda, logros sociales, estudios, trabajo, etc., como monedas para el intercambio emocional en las relaciones en general.

En la sociedad actual, debido a la vacuidad y la premura con que vivimos, confundimos nuestros deseos con necesidades y las necesidades con carencias. Estas últimas son las que nos producen gran ansiedad y angustia. Su satisfacción es el objetivo primordial de nuestro subconsciente, el verdadero conductor de nuestras vidas.

Mientras más creemos necesitar más sufrimos. Decía el reconocido economista e intelectual Ernst Friedrich Schumacher, que “el fomento y la expansión de las necesidades es la antítesis de la sabiduría. Es también la antítesis de la libertad y de la paz. Todo incremento en las necesidades tiende a incrementar la dependencia de las fuerzas exteriores sobre las cuales uno no puede ejercer ningún control y, por lo tanto, aumenta el temor existencial. Solo reduciendo las necesidades puede uno lograr una reducción genuina de las tensiones, que son la causa última de la contienda y de la guerra”.

Ciertamente, hoy en día ya no se puede vivir sin dinero como no se puede vivir sin amor, pero así como rico es el que necesita menos dinero, poderoso es el que necesita menos amor.

El incremento de nuestras necesidades está íntimamente relacionado con el miedo a no satisfacerlas. De ahí que en el mundo moderno el miedo se traduzca en pensamientos de escasez (no hay bastante para todos), de desamor (no soy suficiente) y de inseguridad (estoy indefenso), entre otros.

Cuando pensamos y, por tanto, vibramos en esta frecuencia, las cosas buenas se alejan, porque lo que no está en la mente no está en la experiencia. Y comenzamos a creer, como si fuera verdad, que las cosas no están bien y van a empeorar, que ya no vale la pena esforzarse y otras ideas desalentadoras, que nos invitan a dejarnos vencer por el desánimo.

Bueno, pues también somos dependientes emocionalmente de esta forma de pensar. Cualquier otra que desmienta la tragedia de nuestras vidas será combatida por una retahíla de peros de la que apenas seremos conscientes.

Si alguien nos “mueve el tapete” con su optimismo, entraremos en pánico. Solo aceptamos aquello que refuerza nuestra idea de que la vida es dura y sufrida, y nos relacionamos con personas que piensen y sientan igual.


Todo está, pues, en nuestra mente.
12 Octubre 2019 04:05:00
El itinerario del desengaño
“Nada es tan difícil como no engañarse a uno mismo”.
Ludwig Wittgenstein

Ocultando y, sobre todo, ocultándonos que sabemos que nos mienten, decidimos aceptar las mentiras, no solo para que acepten a su vez las nuestras, sino, y ante todo, para que se vean cumplidas nuestras expectativas, sean personalmente generadas o inducidas directamente por otros. Lo cierto es que la regla es la frustración.

Es tan difícil confesarnos que negociamos nuestras relaciones con la moneda de la mentira, que la solución es creérnosla como si fuera verdad, pero eso no le quita su calidad de falacia. Lo común es, pues, el autoengaño. Pero es tan frágil y tan desgastante sostenerlo, que termina invariablemente en lo que conocemos como desengaño o desilusión, particularmente en su faceta de, como ya lo dije, frustración, es decir, se malogra lo que se esperaba, se priva de lo que se deseaba.

Pocas cosas hay tan peligrosas para el ser humano como la frustración de sus deseos. El deseo es la fuerza motriz de cualquier persona. La energía vital está compuesta de deseo. Quien nada desea solo desea la muerte.

Cuando no pueda o no quiera usted pararse de la cama una mañana, pregúntese qué deseo ha abandonado, que frustración se lo ha devorado, a qué anhelo ha renunciado. Manipulando deseos es como los grandes líderes del mundo, buenos o malos, controlan masas. Manipular no siempre tiene un fin perverso. Puede hacerse con buenas intenciones. El resultado, eso sí, no depende de la finalidad que se tenga.

Lo importante es entender que la manipulación es posible porque el ser humano continúa creyendo que la satisfacción de sus deseos está fuera de sí mismo, colocada hoy, en la agonizante modernidad, en los bienes materiales. La naciente posmodernidad, sin embargo, nos indica incipientemente que las expectativas estarán enfocadas específicamente en el servicio que nos provee la tecnología, sea propia o prestada.

Los créditos al consumo masivo le apostarán a la acelerada caducidad de adminículos que nos allegaremos para “satisfacer” nuestras necesidades materiales y emocionales, objetivo, en este último caso, que estará cada vez más lejano, pues el vehículo para alcanzarlo es justamente el intermediario que lo obstaculiza.

El desengaño, personal y colectivo, será, como ya lo es, el pan nuestro de cada día. En sociedades con altos índices de descontento por desengaño, la violencia civil crecerá. Ha sucedido, sucede y sucederá cuando la gente se da cuenta de que los derechos humanos son un bonito discurso, las promesas de justicia e igualdad “ganchos” mercadotécnicos y el incumplimiento, cotidianidad cínicamente negada.

Este es el patrón del desengaño, a nivel individual y social.

Los procesos colectivos son una reproducción masificada de los procesos personales, por eso son más lentos en manifestarse, transcurrir y agotarse, pero sus consecuencias son igualmente largas, extensas y multiplicadas. No se entra ni se sale de una crisis de buenas a primeras. El desengaño se viene anunciando, con “espectaculares” que nos negamos a ver durante el trayecto, porque no queremos verlos, simple y sencillamente.

Vamos distraídos en estériles diálogos interiores u obsesionados con un tema en particular. De cualquier manera, abstraídos de la realidad que se nos viene encima. Y claro, cuando el desengaño ya es innegable, reaccionamos explosivamente, porque veníamos conteniendo toda la presión de la verdad soslayada. En lugar de entender nuestro papel en tal desengaño, culpamos a los demás y nos ponemos una coraza de desconfianza.

Es en este punto donde cancelamos definitivamente la posibilidad de tener un contacto íntimo y afectuoso con la gente, con el alma de otro ser humano, porque la confianza es la única vía para el amor. “¿Qué soledad es más solitaria que la desconfianza?”, decía la escritora británica Mary Ann Evans, conocida por su pseudónimo masculino de George Eliot.

Cuando nosotros pensamos que los demás no son confiables. En realidad no lo somos nosotros. Se trata de una proyección resultado de un desengaño, cuya responsabilidad no asumimos.

05 Octubre 2019 04:03:00
Miénteme más
Si alguien pregunta a cualquiera qué cualidades valora y qué conductas exige, la veracidad, una de las principales vertientes de la honestidad, estará entre las primeras de la lista. Nuestra moral social aplaude la verdad y repudia la mentira. Sin embargo, nuestra realidad personal y colectiva es otra.

Tanto en relaciones interpersonales, como en interacción con personajes, sean políticos, religiosos, artísticos, etc., todos, o casi, estamos dispuestos a aceptar la mentira, y hasta llegamos a ocultar que nos damos cuenta de ella (sobre todo ante nosotros mismos) para obtener un beneficio, que puede ser de carácter material o una ganancia emocional, en autoestima, sentido de pertenencia o reafirmación.

Mientras más veraz, y por tanto honesta, se presume la gente, más miente. Esta es una gran verdad, porque estamos inmersos en el paradigma de que sin esta cualidad nadie sería aceptable, respetable ni digno de amor y confianza. Eso es lo que todos pensamos. Y probablemente esta creencia provenga más de un mal entendimiento y una sobreestimación de la verdad, que de una reflexión objetiva sobre la naturaleza de la percepción humana y la relatividad de lo veraz y verdadero.

Esto último quiere decir que no podemos ir por ahí diciéndole a la gente “sus verdades”, porque solo lo son desde nuestro punto de vista, pero tampoco podemos ocultarle información o mentirle descaradamente a quien quiere, le compete, tiene derecho y puede procesar la verdad, en aras de que vea solo lo que queremos que vea.
Sin embargo, es importante aclarar que la gente solo ve lo que quiere ver, aunque aquello que sea perturbador al efecto no esté oculto, sino completamente evidente y hasta cínicamente expuesto. Hay dos clases, pues, de simulación, la inconsciente y la intencional. Ambas, en realidad, igual de dañinas.

Lo cierto es que aceptamos la mentira mientras esperamos obtener algo a cambio, hasta que nos sentimos defraudados, engañados, decepcionados y muy probablemente furibundos. Entonces, a nivel personal, reclamamos, exigimos, regañamos, acusamos, desechamos a la gente o la castigamos, y a nivel colectivo, destrozamos ídolos, derrocamos tiranos, descalificamos por completo a figuras públicas y armamos desde manifestaciones hasta revoluciones.

Para nadie es un secreto que el debate público actual, en todo el mundo, está infestado de mentiras, de líderes de todo tipo que sin reservas dicen medias verdades, ocultan datos, deforman los hechos a su conveniencia, aseguran –con la gran seguridad que da la ignorancia o con el respaldo de información deformada para documentar la mentira– cualquier cosa que los demás quieran escuchar de ellos, por absurda que sea.
A esto se le llama hoy “posverdad”: una mentira emotiva (generalmente mediante el discurso manipulatorio de un líder que apela a la indignación colectiva), para distorsionar deliberadamente la realidad, con el fin de moldear la opinión pública e influir en las actitudes sociales.

Ahora bien, lo importante no es por qué miente una figura pública, eso es evidente, sino por qué aceptamos nosotros la mentira como verdad. O, en términos de vida cotidiana moderna, por qué las “fake news” enganchan a tanta gente.

Ya mencionamos lo obvio: obtener un beneficio, cualquiera que sea, pero detrás de ello, lo que en realidad hay es la intención de que la mentira se mantenga como sistema de relaciones en una medida aceptable, porque mostrarse al mundo tal cual uno es puede ser aterrador. De hecho, nos hace sentir completamente vulnerables.

Es decir, llevamos puesta una máscara ante los demás, y las más de las ocasiones ante nosotros mismos, porque no nos gustamos. Nos revestimos de una mentira que necesitamos que los demás crean y ellos a su vez hacen lo mismo. Nos hacemos cómplices.

Mientras más elaborada la máscara, más grande la mentira y, por tanto, más el miedo a ser rechazados y más la fragilidad y la debilidad.

Y esta es la gran verdad de la posverdad.
28 Septiembre 2019 04:04:00
Entre manipuladores te veas
Cuando menos en algún momento de nuestra vida, todos hemos sido manipuladores y manipulados. Hemos logrado que otros hagan lo que queremos y/o hemos hecho lo que otros quieren reactivamente, sin una reflexión previa, en respuesta a diversas tácticas para inducir pensamientos y emociones, sean sutiles, como la sugestión, o directas, como el chantaje emocional.

En ningún momento, o apenas, somos conscientes de esto, pues lo aprendimos en la práctica, como una conducta aceptable, una forma normal de relacionarnos con los demás, generación tras generación.

Aunque el término se asocie generalmente con el control egoísta y malintencionado de otros, la verdad es que puede existir la manipulación benévola, aquella que hacemos por el bien de la gente, que no se da cuenta que está o puede ponerse en riesgo o en peligro.

Todos la conocemos y hemos practicado. Se distingue porque es necesaria para conducir u orientar correctamente a personas que por su edad, condición mental o educativa no comprenderían determinada información. Por ejemplo, portarse bien en el año para que Santa Claus nos traiga regalos en diciembre, es una de las mayores manipulaciones benévolas y colectivas de la cultura occidental.

Desafortunadamente, todos o casi todos continuamos manipulándonos unos a otros por el resto de nuestras vidas, porque no sabemos recibir un no de una persona adulta que pondera lo que solicitamos abiertamente y tiene libre albedrío para dárnoslo o negárnoslo, sea compañía, amor, dinero, reconocimiento, etc.

Parecería intrascendente hacer algún esfuerzo para contrarrestar esto, si ya nuestras relaciones funcionan así hace cientos de años y van bien, ¿o no? Pero conformarse con este estilo de vida significa que seguiremos siendo como ovejitas ante las manipulaciones malévolas o al menos egoístas de que somos objeto en materia de religión, política, mercadotecnia, sistema financiero e información, sobre todo ahora que la comunicación no tiene límites en el mundo, ni de fronteras ni de contenidos.

Piénselo, mientras más manipulador sea alguien, más manipulable es, porque la manipulación se convierte, inconscientemente, en el factor de reciprocidad en cualquier relación: te permito manipularme si te vas a dejar manipular.

No hay peor loco que el que se cree cuerdo ni peor manipulado que el que se cree autónomo. De la euforia o la ira de gente que no duda ni un poquito sobre su enajenación, está hecho el fanatismo.

Cuando se trata de la manipulación de masas, uno de los objetivos principales es eliminar la capacidad de autocrítica, introduciendo en un conglomerado de individualidades mentales, repetidamente (mientras más tiempo y más veces, más efectivo), diversas ideas que resultarán en la sugestión de que “tienes razón. Los que no piensan como tú están equivocados, y por eso son tus enemigos”, patrón mental que derivará en la ausencia de crítica cuando se trate de un “nosotros”, es decir, de aquellos que son como yo.

Esos nunca se equivocarán, nunca mentirán, nunca serán deshonestos, porque para tener razón no se puede incurrir en ninguna de estas
imperfecciones.

Y este es el panorama que, cuando escala de un grupo, a sectores sociales e incluso a poblaciones enteras, produce fanatismos, enfrentamientos, comportamientos violentos, impositivos y totalitarios, compras de pánico, explosiones colectivas vandálicas, etc., etc.

Este tipo de manipulación social, y por tanto de control, sea religioso, político e incluso deportivo, se logra en base a prejuicios que conducen a desprecio, indignación, odio y hostilidad en
general.

Quien induce estas conductas siempre ofrece algo que el manipulado desea: justicia, dinero, venganza o cualquier otra cosa por la cual esté dispuesto a empeñar su dignidad. Como nadie quiere aceptar que puede empeñarla, es mejor el autoengaño, aceptar la sugestión del manipulador como pensamiento propio.

El manipulador, a su vez, necesita del manipulado para lograr sus propósitos, que pueden ser los de otro o los de su propia debilidad de carácter y su egocentrismo, de manera que también empeña su dignidad.

¿Algo de esto le suena?
21 Septiembre 2019 04:06:00
Sea su propio líder
Todos podemos, y debemos, aprender a ser líderes. Hay momentos en nuestras vidas en que nos vemos en la disyuntiva de tomar el control de una situación y/o de nosotros mismos, o dejarle a otros decisiones y acciones que nos incumben, para después culparlos de nuestros fracasos.

Quien aprende a ser buen líder de sí mismo, lo será de los demás, seguirá a buenos líderes a su vez y, sobre todo, tendrá dominio sobre su propia vida.

Ser líder no es difícil por las cualidades que hay que tener, sino por las responsabilidades que hay que asumir, como los errores, para estar en aptitud de dar ejemplo a los demás y obtener la templanza que permita imbuirles la fuerza que necesitan para lograr un objetivo.

Aquel cuyo ejemplo es diferente a lo que pregona, nunca será un buen líder. Y que conste que ese ejemplo puede ser incluso fingido, con el propósito –parafraseando a Confucio– de venderse bien; pero a final de cuentas debe ser congruente.

Un dirigente o ejecutivo, o sea, quien gobierna, rige, impone reglas y/o determina objetivos, no es necesariamente un buen líder, aquel a quienes otros siguen y emulan por sus méritos, y no por sus cargos o títulos; pero tampoco un buen líder será por fuerza un buen dirigente o un buen ejecutivo, si no es certero como tal.

Esos méritos han sido labrados en base a cualidades como las descritas por el general estadunidense Douglas MacArthur: “Un verdadero líder tiene la confianza para estar solo, el coraje para tomar decisiones difíciles y la compasión para escuchar las necesidades de los demás. Él no se propone ser un líder, sino que se convierte en uno debido a sus acciones y la integridad de su intención”.

Desde esta atinada descripción, todos podemos ser líderes, pero querer es otra cosa, porque implica compromisos, sacrificios y aprendizajes que probablemente prefiramos evadir para tener una vida cómodamente estancada en algún punto, que generalmente es la fundación de una familia.

Sí, desafortunadamente mucha gente cree que casarse y tener hijos es el objetivo de la vida, y se estacionan ahí a envejecer y morir poco a poco. Olvidan los planes y los deseos que antes los entusiasmaban. Este es el estado del ser en el que crece monstruosamente el miedo a la enfermedad, la vejez y la muerte.

Ser líder, ante todo, nos expone al rechazo, la descalificación, la crítica, cosas que a nadie le gustan. Hay que tener tamaños para tolerarlas sin que se venga abajo la autoestima.

Por otra parte, el liderazgo siempre beneficia al liderado, tanto si es en Gobierno de uno mismo, como de los otros. Hay quienes pretenden lo contrario, y hay muchos, de hecho, la mayoría: que sea el líder quien resulte siempre y más beneficiado.

Estos son los malos líderes, y son seguidos por quienes no pueden liderarse a sí mismos o, siguiendo el ejemplo, se lideran para alimentar su ego. Sin importar qué tan buenas o “justas” sean las causas que enarbolan, nada que hagan beneficiará realmente a quienes deben beneficiar.

Generalmente, son los conocidos como autócratas: controladores, concentradores de decisiones; no escuchan ninguna opinión que no vaya acorde a la propia y no aceptan cuestionamientos. Para no ser despojados de su poder, se escudan en otros que prefieren que les resuelvan las cosas o que se lideran a sí mismos de la misma manera.

Existen también los buenos líderes, los considerados demócratas, los que toman en cuenta todas las opiniones, delegan responsabilidades, buscan beneficiar equitativamente a todos y promueven la participación. Claro que el liderazgo democrático también puede ser un disfraz.

Ninguno de los dos le da gusto a todo el mundo. Pero al primero no le importa y el segundo hace lo mejor que puede. ¿Y usted, cómo se lidera y a quién sigue?
14 Septiembre 2019 04:05:00
¿Qué puede perder?
“No hay más realidad que la imagen ni más vida que la conciencia”. Azorín

La realidad es percepción; por tanto, modificable. Acostumbrada como está la humanidad a sentirse parte de, y no su origen, puede ser difícil cambiarla a nivel personal y, aún más, colectivo.

¡Eso ni siquiera se puede hacer!, pensaremos. Y al describir la realidad diremos que es cruel, triste, dolorosa y/o decepcionante, sin darnos cuenta de que tales afirmaciones son solo creencias, es decir, pensamientos elaborados a partir de la forma en que procesamos información y experiencias (percepción), y repetidos las veces necesarias para fijarse en el subconsciente, el verdadero arquitecto de nuestros destinos.

Todo pensamiento implica una emoción, de manera que una creencia es el origen de una forma persistente de sentir, positiva o negativa. Como nos sentimos es nuestra realidad, es decir, en la emoción está el poder. Un pensamiento sin emoción es una brizna de paja en un vendaval, no tiene fuerza alguna.

Por lo general, los seres humanos estamos acostumbrados a sentirnos mal, y cómo no, si creemos que todo aquello que deseamos y necesitamos tiene que venir de fuera, desde la “realidad”, y que esta casi siempre nos juega malas pasadas.

Esta manera de ver el mundo es lo que impide que todas las cosas buenas que deseamos lleguen a nosotros; boicotea todo lo que intencionalmente podamos hacer para nuestro bienestar, porque funciona en automático y nosotros le entregamos el mando.

Con estas ideas en mente, vayamos a un ejercicio para reprogramar el subconsciente, o sea, para darle nuevas instrucciones al arquitecto, y comprobar que la realidad es lo que se percibe, y lo que se percibe cambia cuando uno lo decide.

1. Identifique un área insatisfactoria de su vida. Por ejemplo, el amor de pareja.

2. Explore los pensamientos que tiene al respecto. Hay que comenzar teniendo claro que en la mayoría de los casos la gente no sabe lo que piensa, aunque crea que sí. Pídale a su mente que le muestre lo que en realidad piensa. Como ha dirigido su atención a ello, en algún momento surgirá uno de esos pensamientos subconscientes que conducen su vida, y usted podrá observarlo. Continuando con el ejemplo, podrá quizá darse cuenta de creencias como “los hombres son infieles”, “las mujeres son posesivas”, “celar es amar”, “el matrimonio es aburrido”, etc. Una vez detectado, verá la frecuencia con que ese pensamiento conduce su vida.

3. Así como piensa siente: ubique la emoción asociada al pensamiento. Esa es la que habrá que cambiar.

4. Analice el pensamiento para que vea que es muy irracional. Tiene que desactivarlo, dejando de creerle, en primera instancia. Para ello, sostenga un diálogo interno, hágale comprender a su pesimismo que es solo un punto de vista, no la verdad. El insistirá y usted también. Deberá desactivarlo cuantas veces sea necesario.

5. Cree una frase en positivo para oponerla al pensamiento negativo. No debe superponerla a este, porque no funcionará.

6. Busque en su vida una experiencia que contradiga la idea negativa sobre el amor de pareja. Seguro la encontrará, pero se dará cuenta de que no la percibió debidamente. El objetivo es crear una emoción positiva asociada al pensamiento.

7. Varias veces al día, las más que pueda, relájese, siéntase en paz por unos momentos, busque la emoción positiva, siéntala mientras repite la frase asociada, varias veces. Haga esto por 21 días mínimo, para anclarlo al subconsciente.

8. Habitúese a esta práctica, en todos los ámbitos de su vida, pues crea un patrón neuronal que se irá fortaleciendo y extendiendo conforme usted lo reafirme, y eso le hará cada vez más fácil el cambio.

9. Deberá desactivar las ideas y emociones negativas una por una, aunque pertenezcan a una sola creencia general. Sentirá los efectos de la autosugestión –porque así se llama está técnica–, desde la primera vez.

¿Qué puede perder, que no sea angustia?
07 Septiembre 2019 04:00:00
Elija su máscara
Vamos enmascarados en la vida para ocultar nuestras heridas abiertas, el dolor que sentimos y el miedo a ser lastimados de nuevo. Todos, sin excepción.

Nos defendemos huyendo o atacando, conductas que creemos nos mantendrán a salvo; sin embargo, son lo más revelador de la herida para el buen observador.

Afortunadamente, quien puede ver nuestra herida con claridad es, por lo regular, gente que nos puede ayudar porque ha pasado por lo mismo. De-safortunadamente son los menos.
Los más tienen el tino de echarle sal. Su actuar dañino es por lo general aprendido o intuitivo. Están igualmente dañados y no han sanado; reparten dolor y resentimiento para desquitarse con otros. O sea, los clásicos que no buscan quién se las hizo, sino quién se las pague.

Por último, estamos nosotros ante nosotros mismos, tratando de ocultarnos la herida, para no sentir dolor, pero terminamos ahondándola, e incluso nos la rascamos para ser buenas víctimas, las mejores. El mundo está lleno de víctimas porque las personas viven rascándose las heridas y poniéndose en situaciones en que los otros confirmarán que las merecen.

El primer paso para sanarlas es reconocerlas, lo que podemos hacer a través de las máscaras que las ocultan. Si las vemos en los demás, también son nuestras. Lo que te choca te checa. Veamos, por ejemplo, la herida más fuerte: el rechazo, que nos hace dudar hasta de nuestro derecho a existir. Sus máscaras son “el misterioso(a)” o “don perfecto(a)”.
El rechazo inicial proviene, por supuesto, de nuestros padres. Nos marca más el progenitor del mismo sexo, porque es el que nos da identidad.

Ser rechazado no es únicamente ser alejado o abiertamente despreciado, implica también ser descalificado, invalidado o nulificado en nuestras opiniones y/o acciones.

Es decir, todos fuimos rechazados en nuestra infancia de una u otra manera, con mayor o menor frecuencia y con más o menos dureza, con gritos o silencios; presencias exigentes o ausencias inexplicables; encierros, chancletazos o cinturonazos, incluso con burlas o con maneras suaves, pero palabras devastadoras.

La combinación de los diversos factores mencionados es lo que hace más o menos profunda la herida y define la forma en que la enmascararemos. Los silencios, los golpes, las presencias exigentes y las burlas hacen a la gente huidiza; por tanto, se enmascarará como “misterioso(a)”, el o la que nunca se compromete, no se deja conocer, no se queda todo el tiempo en una reunión, escucha mucho o lo aparenta, pero no revela nada de sí misma. Está, pero no está, siempre tiene algo que hacer en otro lugar y, en muchas ocasiones, nadie sabe a qué hora se fue. No se interrelaciona profundamente ni con su familia. En el extremo, los sicópatas pertenecen a este grupo.

Los gritos, los encierros (por paradoja), las ausencias inexplicables y las maneras suaves, pero con palabras devastadoras (sarcasmos y descalificaciones como “tú no entiendes”, “no seas tonto”, “inútil”, “no seas dejado”, “no te metas”, “cállate”, etc., etc., hacen a la gente demandante de atención y, por tanto, del reconocimiento del cual esta debe ser vehículo.

Estos usarán la máscara de don perfecto. No solo tenderán a no admitir sus errores, sino que hablarán constantemente de sí mismos. No les interesará oír las historias ajenas y llevarán la conversación hacia las propias cada vez que tengan oportunidad, incluso de manera forzada. Contarán sus hazañas, percepciones, vivencias y formas de pensar y reaccionar como las correctas. Las relatarán una y otra vez para reafirmarse a sí mismos, siempre ante una audiencia, aunque sea de uno. En el extremo, los mitómanos pertenecen a este grupo.

Para sanar esta o cualquier otra herida, nada mejor que perdonar, cuando se esté listo, porque es un proceso, no un suceso. El resentimiento es el peor veneno: lento y destructivo como ninguno. Cuando no perdonamos, envenenamos inevitablemente a los demás, como hicieron con nosotros.
31 Agosto 2019 03:00:00
Cuando llueve sobre mojado
“Nunca tomes una decisión cuando estés enfadado, triste, celoso o enamorado”.
Mario Teguh


Nuestros problemas no se deben a factores externos a nosotros, ni como individuos ni como sociedades; son resultado de una baja capacidad de autogestión emocional. Nuestro ámbito interior no es, como siempre creímos, cosa nuestra; lo que sentimos afecta a otros y viceversa, para bien y para mal.

Atrás, aunque muy poco a poco, están quedando esas ideas de lo privado como cuestión puramente personal, intocable e inocua, puesto que lo que sucede de la puerta del vecino para adentro, o de la nuestra, tendrá necesariamente un impacto público.

Lo que ocurrió en casa de Hitler durante su infancia no solo lo marcó a él, sino a todo el mundo; e igualmente sucedió, positivamente, en el caso de, por ejemplo, la madre Teresa de Calcuta. En nosotros está la decisión. Lo indudable es que no podemos exigir el bien si damos el mal. No porque sea injusto, sino porque es imposible.

La diferencia entre elegir el bien o el mal está en la forma positiva o negativa en que manejamos las emociones, no en nuestras intenciones.

Para cualquier ser humano, la emoción más difícil de manejar es el dolor. El miedo al dolor está en el fondo de todas aquellas conductas humanas que resultan en injusticia y guerra. Hablo de abuso, abandono, maltrato, violencia, crueldad, etc.

Y esto es porque hay una curiosa y aterradora forma humana de gestionar el dolor emocional, que lo empeora todo: sufrir; es decir, rechazar el dolor que se siente provocándose más, pero de otro tipo, lo cual tiene el efecto de desviar la atención o bajar la intensidad de aquel que creemos nos matará. De esta manera, no se va el malestar, pero se vuelve manejable.

Esta conducta tiene una manifestación física, conocida como autolesión. Consiste en producirse a sí mismo heridas corporales. Cuando una persona siente mucho dolor, o incluso solo miedo al dolor, y se resiste a él, aprende que dañarse físicamente reduce la intensidad del sufrimiento de manera inmediata.

Bueno, pues la autolesión tiene una versión puramente emocional. No hace falta quemar la piel con cigarros o cortarla con navajas si se puede, por ejemplo, tener sexo por despecho, tomar cualquier tipo de venganza, traicionar antes de ser traicionado, abandonar antes de ser abandonado, fugarse en los excesos, “ponerse a tiro”, o sea, colocarse en situaciones en las que seremos lastimados, etc.

Si le suena conocido es porque casi todos lo hemos hecho alguna vez o lo hacemos todavía. Son caminos de dolor en cuyo recorrido nos herimos a nosotros mismos, queriendo herir a los demás, o herimos a los demás, queriéndonos herir a nosotros mismos.

Hagamos lo que hagamos, seguiremos sufriendo en tanto sigamos rechazando el dolor que no sabemos manejar, y que muy probablemente ni siquiera estemos sintiendo, porque lo hemos ido manteniendo al margen con conductas autodestructivas.

Así pues, aprender sobre la naturaleza del dolor, sobre cuál es su función y qué beneficios trae a nuestras vidas; saber que sí es tolerable, que pasa y que existen muchas formas de gestionarlo, siempre y cuando lo aceptemos plenamente, es la vía para construir un mundo mejor, por contraposición a la que hasta ahora hemos seguido.

El dolor, el bueno, el real, no el sufrimiento, es suave, aunque profundo y benévolo por liberador. Solo hay que acogerlo y saber compartirlo, porque nos une estrechamente a otros y a nosotros mismos.

Así pues, busque gente que tolere su dolor, que no lo invalide aconsejándole que no lo sienta; acepte sus emociones, todas; dialogue con sus pensamientos negativos, verá cuán irracionales son; ponga límites, a sí mismo y a otros, para no exponerse innecesariamente; elimine las preocupaciones, viva un día a la vez y, sobre todo, quítele las telarañas mentales al llanto para que pueda llorar cuando haya que hacerlo y cuando no, también.
24 Agosto 2019 03:52:00
No discutamos
“El que tiene razón ha de reír y no enfadarse”
Conde de Riverol


Discutir tiene dos significados básicos. Uno escasamente practicado: examinar atenta y particularmente una materia entre dos o más personas; el otro se ha convertido conceptualmente en la esencia del término: contender y alegar razones contra el parecer de alguien.

Esto es porque discutir en el primer sentido de la palabra es todo un arte… emocional. Efectivamente, no alterarse ni ser vehemente, sarcástico o impositivo es algo que muy pocas personas pueden hacer.

Tratar de entender las razones y motivos del otro requiere ecuanimidad, pero sobre todo humildad para aceptar que podemos estar en un error, porque a eso nos expone escucharlo atentamente, en lugar de estar pensando qué vamos a contestar.

Estamos tan identificados con nuestras creencias, que pensamos que somos ellas, y las defendemos con la furia de un ego inflado, que le niega paso al alma en un simple intercambio de ideas y, aún peor, en una
relación.

Nuestro ego nos dice que ser derrotados en una discusión es perder el poder, al que nos aferramos porque creemos, erróneamente, que nos granjeará directamente el amor que necesitamos, con sus implícitas aceptación irrestricta y valoración, o que lo hará previa prosperidad económica. O, en su defecto, nos garantizará la sumisión y la envidia ajenas, porque el que no sabe perder no sabe ganar, ni acompañar ni estar
acompañado.

Cuando no cedemos nos quedamos solos, al menos respecto de quienes querríamos cerca, porque podemos escuchar atentamente a gente que no es relevante para nosotros, de la que no pretendemos nada, pero nos cerramos ante la gente que nos importa, nos negamos a darle la razón por miedo a ser heridos.

Discutir es ceder estratégicamente, ceder no es perder, es propiciar el acuerdo. Imponernos a “gritos y sombrezos” jamás servirá. Solo provocaremos resistencia.

El que quiere prevalecer sobre el otro y hacerle cambiar de opinión es el ego, no el ser que ama y respeta. Las parejas que constantemente discuten a gritos y se acusan una a otra son dos egos atacando y defendiéndose. Ninguno escucha al otro, pero exige ser escuchado. La pelea sin pacificación –acaloradas discusiones que no llegaron a acuerdos– va creando resentimientos, que son más adhesivos que el amor. Dos personas pueden permanecer juntas toda la vida justo porque se odian, tratando de cobrarse deudas y ofensas entre sí. El amor siempre deja ir, e incluso aleja aquello que lo hiere.

El conflicto que se manifiesta en una discusión proviene de las formas en que se ve uno mismo frente a los otros, en que creemos que ellos nos ven y en que realmente nos ven.

Esto es: “tengo razón, esa es la forma en que me veo; por tanto, tú estás equivocado, porque no coincides conmigo; yo creo que tú sabes que tengo razón y por eso te alteras; en tanto, tú consideras exactamente lo mismo respecto de mí”. Un callejón sin salida.

Esta es una de las maneras más comunes que tenemos para acabar con relaciones amorosas, amistosas, profesionales. Podemos volvernos insoportables.

Curiosamente, todos queremos armonía con los demás. Pretendemos amor, respeto y reconocimientos, sin darlos, puesto que “siempre tenemos la razón”. He conocido gente que ni a punto de morirse acepta un error que sabe que cometió, mucho menos pedir una disculpa.

Saber discutir es escuchar a los demás sin sentirnos atacados, aún cuando nos acusen directamente, para saber qué pasa por sus corazones y su mente, con el propósito de encontrar la mejor forma de dirigirnos a ellos, de manera que se sientan apreciados, para que a su vez estén receptivos a nuestro punto de vista.

Desafortunadamente, para aprenderlo, es necesario adquirir antes la habilidad de parar una discusión acalorada y convertirla en diálogo. eso requiere que no nos tomemos nada a personal. Bájele una rayita y luego otra. pruebe, verá cómo se arreglan muchísimos problemas en su vida.



17 Agosto 2019 04:00:00
¿Y usted se la cree?
No hablemos ya de ser feliz. Palabras mayores. Si usted quiere estar medianamente tranquilo, aléjese de los infalibles, esos narcisistas que nunca se equivocan, no aceptan críticas, combaten a muerte en un debate o ni siquiera entran en él, para no arriesgarse a perderlo, y desvían el tema con argumentos falaces.

Un narcisista siempre está representando a un personaje digno de admiración o incluso adoración, pues ama ser llenado de flores y cumplidos. Exigirá a aquellos sobre los que tiene poder que miren solo su reflejo hermoso, no directo a su persona, que no lo cuestionen, que hagan lo que ordena y que le aplaudan.

No habrá en la vida de las personas que lo rodeen, y decidan quedarse en su esfera de influencia emocional, tiempo para sí mismas. Tan demandante es, que no les dará oportunidad ni espacio para darse cuenta de las mentiras que un narcisista necesita elaborar para construir esa imagen de infalibilidad con que se presenta a los demás, pero sobre todo a sí mismo.

El narcisista es inmaduro porque necesita, ante todo, mentirse a sí mismo. Y como nunca se equivoca, los demás tienen la culpa de todo. Es irresponsable no solo respecto de errores que no admitirá jamás haber tenido, sino en sus críticas a los demás, que serán siempre tramposas y destructivas, orientadas a manipular emocionalmente a sus ciegos adoradores, narcisos a su vez, para cubrir cualquier rastro de la propia falibilidad, cualquier imperfección en su imagen.

Quien se adora a sí mismo tenderá a ser un megalómano: el gran salvador, el magnánimo, el héroe o el más sabio, hábil y experto; al mismo tiempo podría -se dan no pocos casos- pretender que su “grandeza” radica en ser el más humilde y amoroso de los servidores.
En cualquier situación en la que tengamos que enfrentarnos o soportar a un infalible -la casa, la oficina, un lugar público- siempre intentará hacerse con el poder, pretendiendo que con ello tendrá la razón. Falacia que no pocos creen incuestionable.

Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, considera que la humanidad padece hoy una extraña epidemia de infalibilidad. Y ha dicho también -cosa que ha quedado muy clara ya en todo el mundo- que la política determina quién tiene el poder, no quién tiene la razón.

Mientras más poder, más infalibilidad. Es la regla del narcisista, en cualquier actividad a la que se dedique, porque no tiene que ver con esta, sino con su ego, que se defenderá más a medida que más destaque, porque habrá ciertamente más personas juzgándolo y, aquí está la clave, con la misma o más saña que él o ella utilizó para atacar a esos o a otros enemigos. Se trata de una proyección. El inmaduro pone en el otro sus propias intenciones. Por eso tiene tanto miedo. Es, además, un sociópata: lo que está permitido para él, no lo está para los demás.

Lo que cree su fuerte, es realmente su talón de Aquiles: el infalible no mejora, no progresa, porque no comete errores, imprescindibles para aprender, cambiar, trascender y conseguir lo que se pretende.

El infalible, extrañamente, piensa que si no admite sus errores es más fuerte y tiene mayor control sobre sí mismo y los demás. Mientras los otros se van dando cuenta de la realidad, él sigue protegiendo su ego, como en esta reveladora cita del humorista Dave Barry: “Discuto muy bien. Pregunten a alguno de los amigos que me quedan.

Puedo ganar una discusión sobre cualquier tema, contra cualquier oponente. La gente lo sabe, y me evita en las fiestas. A veces, como signo de gran respeto, ni siquiera me invitan”.

Los narcisistas son muy comunes. En realidad, proliferan. Si usted no tiene un narcisista en su vida, es porque quizá sea su propio narcisista.
10 Agosto 2019 03:01:00
Generalmente
Imagine exactamente lo que quiere, para que pueda conseguirlo. Una gran verdad, sin duda. Se hace a través del proceso mental de intención-atención-concentración, que crea nuestra experiencia de vida. Donde ponemos el ojo mental, generamos realidades materiales e inmateriales.

Pocas veces nos damos cuenta de qué hicimos mentalmente cuando cumplimos un propósito, y casi nunca estamos conscientes de la forma en que provocamos lo que nos pasa, bueno o malo.

Por ejemplo, si dedicamos buena parte del día a darle rienda suelta al miedo, lo que tememos sucederá, porque estamos concentrados en eso y nos ubicaremos en el lugar y el momento precisos para vivir la experiencia.

Como la mente lleva la batuta en la orquesta de nuestras vidas, prácticamente sin intervención de nuestra voluntad, porque ignoramos cómo funciona, casi todos vamos por la vida preguntándonos por qué a mí, cada que nos pasa algo que consideramos malo.

Y nos pasa debido a que somos capaces de imaginar detalladamente aquello que no queremos que suceda en nuestra vida, pero casi nunca creamos imágenes precisas de lo que sí deseamos, porque esto requiere un proceso consciente en la mayoría de los casos. Las excepciones son aquellas en las que nos obsesionamos por un logro en particular, de manera que echamos a andar la maquinaria del subconsciente para que se dirija hacia allá.

El error básico consiste en generalizar, proceso mental que solo debe ser una etapa del razonamiento, no su hogar. “Quiero sentirme seguro(a)”, “quiero ser feliz”, “quiero tranquilidad”, “quiero una buena pareja”, “quiero estar saludable”, “quiero tener mucho dinero”, “quiero no tener que preocuparme por mis hijos”, y añádale “quieros” sin una sola precisión.

Nuestras generalizaciones nos paralizan y estancan. Casi nunca definimos de qué están compuestos todos esos deseos. Saberlo es el principio para encaminarnos hacia su logro paso a paso.

¿Qué situaciones y relaciones me dan seguridad, felicidad y tranquilidad?, ¿qué características debe tener una buena pareja?, ¿qué necesito para estar saludable?, ¿cuánto es mucho dinero y qué hay que hacer para tenerlo?, ¿cómo debo educar a mis hijos para no preocuparme por ellos?, o quizá ¿qué debo hacer para no convertir la preocupación en una actividad mental dominante y desgastante?

Generalmente no lo sabemos. Esta frase es un ejemplo de para qué sirve la generalización: hacer una afirmación sobre algo que nos es común a muchos o a todos, como punto de partida para un análisis detallado del contenido de la generalidad, que nos revele información valiosa.

Las generalizaciones hechas pasar por verdades absolutas son muestra de gran ignorancia, porque generalizar es solo el principio del conocimiento, no la conclusión. Convertimos la experiencia en una idea de cómo funcionan las cosas, y a partir de ahí investigamos.

Hay dos tipos de generalización: incompleta (casi siempre, por lo regular) y completa (siempre, nunca, todo). Los seres humanos usamos esta segunda para convertirla en creencia, esté bien o mal fundada, ya que la primera siempre deja un espacio de duda, no permite la contundencia, por tanto, no nos da la razón completa, que es lo que buscamos en una discusión.

Creemos y decimos cosas como: “todos los hombres son iguales”, “todas las mujeres son complicadas”, “todos los jóvenes son rebeldes”; afirmaciones cuyas excepciones son tan numerosas que en realidad podrían ser la regla.

Es común, por otra parte, que quien refuta una generalización intente anularla con solo una excepción. Esto se llama falacia casuística, y solo impacta el ánimo de quien se aferra a una creencia más allá de lo saludable.

Las redes sociales están llenas de ejemplos de confrontaciones entre la generalización y la excepción como verdades absolutas en ambos casos. Nuestro apego a tener la razón nos impide ver el detalle o nos estaciona en él, y esto, a su vez, nos estanca en la vida, porque obstruye el ejercicio imaginativo que creará la realidad que deseamos.

03 Agosto 2019 03:20:00
La era del drama
La importancia del drama en la psique humana es inmensa e insustituible. Lo que el drama nos da es nada más ni nada menos que sentido de vida, ya sea que nos parezca horrible, bella o, paradójicamente, ambas.

El drama es el oxígeno de las emociones, que son la sal y la pimienta de la vida. Sin ellas, existir no tiene sabor ni color. A lo largo de su historia, el ser humano ha buscado incontables formas de dar intensidad a sus emociones, cualesquiera que sean éstas; sin contar al amor, el único sentimiento que nos recuerda nuestra naturaleza divina, pero que, por cierto, en nada se parece a lo que creemos que es ni, obvio, a los edulcorantes emocionales que usamos para sustituirlo.

No hay nada que dé más intensidad emocional que la imaginación desbordada en drama, las imágenes mentales de escenas y situaciones donde se es la víctima, el justificado victimario, o el héroe salvador.

O sea, son los pensamientos los que detonan poderosas descargas hormonales que se convierten en esa excitación emocional que conocemos como “sentir que estamos vivos”, más intensa mientras más intrincado sea el drama de nuestra vida, que no solo provendrá de la alegría y el dolor con que hayamos transcurrido nuestras infancias, sino del drama con que nuestros padres hayan construido su propia vida.

Cuando el drama se convierte en melodrama, la vida suele arruinarse, porque estará llena de mucho más dolor y carencias que de alegrías. Nace el proceso que conocemos como adicción, que, leve o severa, reconocida o no, toma el control de parte o de toda nuestra vida.

Así se desarrolla: una vez que se ha conocido un tipo específico de excitación, la intensidad de la sensación comienza a menguar. Para la mente ya es algo conocido, y mientras más conocido, menos potente. Pero la emoción y el cuerpo quieren más, así que aumentan las dosis de aquello que la provoca: sustancias, juego, peligro, deporte y drama, pero no tienen el mismo efecto y sigue la sensación en picada.

Sin embargo, física y emocionalmente nos hemos habituado a la descarga hormonal y/o la presencia de tóxicos externos, hemos creado una dependencia, de manera que la abstención duele y este malestar dispara la compulsión: inevitablemente hacemos o consumimos cada vez más seguido aquello que nos da excitación y nos concentramos en ello para que nunca nos falte, a lo cual se le llama obsesión.

Así, compensamos y alejamos el gran dolor y la gran tristeza de nuestro melodrama. No de nuestra vida, no. Sino del melodrama con que la representamos en nuestras mentes.

Nosotros mismos provocamos la manera en que nos sentimos. A todo pensamiento sigue una emoción. La calidad de nuestros pensamientos determina la de nuestras emociones. Dígame cómo se siente y le diré que piensa. O sea, somos los responsables, aun cuando se trate de una reacción a lo que otros hacen cuando interactúan con nosotros.

Y he aquí: la relación con otros, en codependencia, de complicidad, enamoramiento u odio, lo que produce una excitación que no mengua. Por eso las relaciones destructivas duran tanto.

Hoy en día, sin embargo, existe otra fuente de melodrama no solo inagotable, sino colectiva y compartida masivamente, de manera que podemos retroalimentarnos unos a otros: las redes sociales, la adicción de esta era, ideales para “ponerse malote”.

En todo caso, somos dueños de la emoción, de cualquiera que nos produzca bienestar o malestar, porque somos dueños del pensamiento que la produjo, estemos o no conscientes de él. Si perdemos esto de vista, perdemos el poder sobre nuestras vidas y se lo damos al drama, lo cual es el común denominador.

Generalmente estamos identificados con lo que sentimos porque no sabemos que proviene de un pensamiento, y porque no conocemos ese pensamiento específico.

27 Julio 2019 04:00:00
Nada es para tanto
Todo cuanto existe tiene dos polos: positivo y negativo. Eso es lo que es. En el universo nada es un problema… hasta que interviene el ser humano para crearlo, percibirlo y a veces resolverlo. Y sí, esta conducta tiene también dos facetas: transforma lo malo en bueno y viceversa.

Generalmente, viceversa.

Como cualquier cosa, este es el caso del drama, esa forma de interpretar y recrear la realidad que nos permite conmovernos y realizar desde pequeñas hasta grandes proezas, o hacernos y hacerle a los demás la vida miserable, o sea, el viceversa.

Todos hacemos drama, nadie se salva. Los más fríos y objetivos tienen su propio drama oculto. Sin drama no habría arte ni se manifestarían las más grandes cualidades del ser humano, como la generosidad, el sacrificio, la solidaridad e incluso la risa.

Que no seríamos humanos, vaya. En el drama está la humanidad. Hay maneras muy simples de detectar el drama en nosotros mismos: cuando discutimos mentalmente con gente
ausente, juzgándola, humillándola o vengándonos de ella, estamos haciendo drama; lo mismo que cuando nos imaginamos protagonistas o héroes de una situación, el muerto lloradísimo, o el laureado del evento, el sufriente de una pérdida, el objeto de una injusticia, tanto si nos vemos víctimas o como victimarios.

No hay mente, y por tanto realidad, en la que no sucedan estas cosas. De ahí saca cualquier escritor su material, cualquier cineasta su película y cualquier humorista su material, porque al fin y al cabo la comedia es una
visión particular del drama.

De ahí, también, saca cualquier manipulador las actitudes y los argumentos con los que pretende mangonear a los demás. A esos es más fácil reconocerlos (si no somos los mangoneados), por aquello de la viga en el ojo ajeno. Son los drama “Queen” y “King”, los melodramáticos, los que solo están bien cuando hablan de lo mal que van las cosas, especialmente las suyas. Siempre ven el lado malo y si opinas diferente, estás en contra de ellos.

Se lo toman todo a personal, tienen “la piel muy delgada”, amanecen con una queja en la boca y encuentran un obstáculo para toda solución. Culpan a los demás por lo que hacen o no hacen, son extremistas y quieren arreglar todo a gritos y sombrerazos o con llanto.

El melodrama es adictivo. Hay quien no puede vivir sin él porque produce hormonas y emociones que nos hacen “sentir vivos”. Pero, todos caemos en el drama alguna vez en nuestra vida, o hemos vivido en él sin darnos cuenta.

Tan sencillo como el hecho de que todos tenemos o hemos tenido pareja, y la vida en pareja es el caldo de cultivo del melodrama, que protagonizamos intercambiando roles en el “triángulo dramático” descrito por el célebre psicólogo Stephen Karpman: el rescatador, la víctima y el perseguidor o victimario. Al menos uno de ellos ha sido cualquier ser humano que se haya relacionado amorosamente bajo los paradigmas predominantes del amor. Y hemos sido todos.

Solo que el adicto al drama es el que no se sabe separar; sigue buscando, escribiendo, insultando, reviviendo dolores y alegrías, preguntando por qué no pueden ser las cosas como antes, cuando, por cierto, el melodrama prevaleciente dio al traste con ellas.

No se trata de evadir el drama. Se trata, como en todo, de sublimarlo, sin exagerarlo, tal cual hacen los poetas (embellecerlo, pues), y luego transmutarlo, para darle soluciones a los problemas que hemos creado identificándonos con él.

Exacto, se trata de desidentificarnos. De discernir entre lo que es, o sea la objetividad, y lo que queremos que sea, la fantasía, que siempre es drama. Se supone que la vida es una preparación para aceptar lo que es, a través de reconocer lo que no es.

Si usted no ha llegado a la paz interior en este ejercicio de discernimiento, entonces sigue instalado en el drama.
20 Julio 2019 04:01:00
Si evade paga
Solo podremos ser realmente felices hasta que sepamos exactamente quiénes somos; solo podremos saber exactamente quiénes somos cuando sepamos de qué somos capaces y solo sabremos de qué somos capaces cuando dejemos de evadir lo que tenemos que enfrentar.

Todos evadimos algo: responsabilidades, problemas, dolor, por ejemplo. Eso es normal. La vida no avisa, como el “diablero”, “ahí va el golpe”. Es muy probable que de pronto no nos sintamos preparados para afrontar lo que se nos presenta.

Sin embargo, en algún momento tendremos que dejar de huir y plantar cara. Es un paso necesario para que la vida continúe como se supone que debe hacerlo: en crecimiento, de manera que hagamos realidad todo aquello que deseamos.

Pero lo normal es que la mayoría crea que, habiéndolo hecho una vez, puede evadir para siempre lo que hay que resolver. La vida se detiene entonces, porque se deja de crecer, que no es otra cosa que irse conociendo e integrando interiormente en el ser que genuinamente somos.

Somos nuestros mayores desconocidos porque evadimos más de la cuenta, o incluso siempre, aquello que revelará nuestras fortalezas y debilidades, nuestro potencial, sacando fuerzas y sabiduría de nosotros. Nos acomodamos en la evasión, a ensoñar la vida. Trabajamos, estudiamos, nos divertimos, nos enamoramos, tenemos hijos; todo creyendo que vivimos y con ello nos labramos un futuro, cuando en realidad nos estamos evadiendo justo en todas esas actividades. Escapamos de nosotros mismos, de nuestro dolor y nuestros malestares, de la conciencia que nos dice a cada momento que la vida es mucho más que esto.

Entonces sucede lo que muy bien describió el psicólogo y guía espiritual Wayne Dyer: “A menudo la evasión del presente conduce a una idealización del futuro. En el futuro, en algún momento maravilloso del futuro, cambiará la vida, todo se ordenará y encontrarás la felicidad. Cuando llegue ese momento tan importante y suceda lo que esperas –tu graduación del colegio o Universidad, el matrimonio, un niño, un ascenso– entonces empezará la vida en serio. Y lo más probable es que cuando llegue ese momento y ocurra el suceso esperado tendrás una gran desilusión. Nunca podrá ser lo que esperabas”. 

Y no podrá ser lo que uno esperaba porque se evadió lo que se tenía que hacer para que lo fuera. Se aferra uno a la esperanza de la mal llamada “solución mágica”. Pero si hay algo que requiere mucho trabajo y mucha práctica, para que parezca que no, es justamente la magia.

Afrontar es asumir y resolver. Evadir es dejar cabos sueltos por todo el trayecto de vida, lo que nos deja finalmente a la deriva. La persona que escapa, dice el maestro de yoga y escritor Ramiro Calle, “no puede madurar, ha suspendido su aprendizaje vital, no prosigue en la evolución de sus fuerzas de crecimiento y de desarrollo armónico”, porque “la segunda vía, la del escape renuente, está sembrada de subterfugios, componendas, paños calientes, toda suerte de autoengaños y embustes, amortiguadores psíquicos que en nada amortiguan y salvavidas que no nos procuran ningún tipo de seguridad”.

Hay muchas formas de escapar, en pensamiento, emoción y acción. Se sabrá que hay evasión porque tras bambalinas de la farsa que se lleva por vida habrá un malestar sordo al que se intentará calmar o incluso compensar, antes que afrontar, cada vez que se intensifica. Es una “angustia básica”, compuesta de “fragmentación y dolor”, describe Calle.

¿Y por qué dejar de evadirse si la perspectiva de afrontar aterra? Porque atraemos aquello que queremos evitar. Lo que se acepta mengua, lo que se rechaza crece, debido a la energía concentrada que recibe. El universo generosamente nos multiplica aquello en lo que nos concentramos.

Decía Ayn Rand, filósofa ruso-estadunidense nacida a principios del siglo pasado: “Podemos evadir la realidad, pero no podemos eludir las consecuencias de evadir la realidad”.
13 Julio 2019 04:03:00
El viejo negocio del amor
Existen nuevos paradigmas para amar y ser amado, mucho más sanos y satisfactorios que los de las generaciones para las que “morir de amor” era muy romántico, pero que desafortunadamente aún predominan, aunque hayan demostrado ser el origen de no pocos de los problemas que padece la humanidad.

Digamos que, en resumen, la nueva forma de amar estaría formulada en la siguiente frase de Walter Riso: “aprende a vivir en soledad y no pongas el amor por encima de tus sueños y necesidades”.

Exacto, parece una descripción de todo lo contrario: el desamor. Sin embargo, es el secreto del verdadero amor. Será más fácil desentrañarlo si comenzamos hablando de lo que no es amor, pero todavía se vive como si lo fuera.

El amor no duele, el amor no es sacrificio, por amor ni se hace ni se soporta todo, no se castiga ni se golpea por amor, no se cela por amor, nadie cambia porque se le ame, nadie necesita a nadie por amor, tratar de fusionarse con el otro no es amor, no se es dueño del otro por amor.

En el melodrama cursi de lo que hemos mal llamado “amor”, el que duele es el ego, que no se siente apreciado o correspondido; las que hacen sacrificios son la culpa o la manipulación, que quieren compensar u obtener algo a cambio; la que está dispuesta a todo y soporta todo es la baja autoestima, lo mismo que la que cambia; la que castiga y golpea es la crueldad, imponiendo sumisión; el que se siente dueño del otro es el control, exigiendo que todo se haga a su manera; la que cela es la inseguridad, que no quiere que otro tenga lo que considera solo suyo; la que cree necesitar al otro es la carencia de uno mismo, igual que la que quiere fusionarse con el otro.

Hay un lado sano de todo esto: la que siente dolor es la compasión, la que hace sacrificios e impone correctivos es la responsabilidad, la que está dispuesta a hacer y soportar hasta cierto límite es la tolerancia, la que tiene capacidad de cambio es la autoestima correcta. Pero ninguna de estas cualidades es el amor. De hecho, una o todas ellas pueden ser puestas en práctica todos los días con cualquier persona, conocida o no.

Así pues, si recibe usted gritos, celos, exigencias, frialdades, desatenciones, indiferencia, descalificaciones, desprecios, constantes críticas o cualquier otra manifestación de agresividad, pasiva o activa, tenga perfectamente claro que no está siendo amado(a), sino manipulado y controlado.

Si se trata de su pareja, ya no quiere estar con usted, aunque lo niegue o ni siquiera lo sepa. Seguramente se ha conformado o resignado para permanecer en su zona de confort. Si es o fue una persona de su familia de origen, incluido por supuesto alguno de sus progenitores, tampoco –y esto suena a sacrilegio, lo sé– lo están amando. No se aman a sí mismos, ¿cómo pueden amarlo a usted? No están conformes con su vida, ¿cómo lo van a estar con usted?

Solo que si no disfrazamos de amor nuestras debilidades –mediante el autoengaño, única forma de evadir la conciencia–, a los seres humanos no nos quedaría ninguna justificación para plantarnos cómodamente donde ya no hay que cambiar ni tener más responsabilidades. Tendríamos que darle solución de inmediato al malestar emocional que ocasiona la verdad, o no dormiríamos nunca tranquilos.

En el viejo paradigma, el “amor” tiene un gran componente de angustia porque se negocia: “te amaré si tú me amas”, o “haré que me ames porque te amo”. En el nuevo paradigma, el amor es un sentimiento profundo y estimulante que se regala uno a sí mismo, porque no ata ni necesita. Lo que se negocia son los términos de la relación y, sobre todo, la convivencia, porque sin reciprocidad no funcionan.
06 Julio 2019 04:01:00
Cada quien su mitote
¡Haz algo! -dice la angustia.

-¡Rápido, rápido, rápido, que no puedo esperar! -apura la ansiedad.

Estas son las voces interiores que hoy en día predominan en la mayoría de nosotros, sin que nos enteremos. Se trata de una de las combinaciones emocionales más perversas y dañinas: ansiedad con angustia, y son tanto causa como efecto de la “cultura de la inmediatez” que nació, creció y se reprodujo con internet.

Entre otros maestros espirituales, coinciden el mexicano Miguel Ruiz y el estadunidense Guy Finley en que todos llevamos un vocerío en la cabeza, constante y muy sonante. Mitote, le llama Ruiz; el Enemigo Íntimo, lo denomina Finley.

Cada una de esas voces asegura ser nosotros. El problema es que a la mayoría le creemos. Las hay individuales, como “el angelito” y “el diablito”, tan ilustrados en cuentos, caricaturas, películas, etcétera. Y las hay colectivas, aquellas que determinan la forma de pensar y actuar de una o varias generaciones.

Todas ellas se alían para crear, individual y colectivamente, miedos, filias, fobias, envidias, resentimientos, resistencias, pretextos, justificaciones, prototipos, estereotipos, tendencias, creencias. Tan acostumbrados como estamos los seres humanos a dejarnos llevar por nuestros impulsos, a no saber realmente ni lo que sentimos ni lo que pensamos, somos presas fáciles del Mitote o Enemigo Íntimo, y en la mayoría de los casos, sus esclavos, por identificación con un yo falso.

Las voces individuales están, no obstante, tan colectivizadas, que solo podemos darles tal carácter porque hablan desde uno para uno mismo, en tanto las otras son las de los demás para nosotros. Y ni siquiera con tal distinción es sencillo discernir entre unas y otras. De ahí que sea tan difícil conocerse a uno mismo. En cualquier caso, siempre se trata de egos en pugna.

Entre las voces colectivas, distingamos generaciones: la de nuestros padres y abuelos nos dijo que había que “partirse el lomo” para ganar dinero, que la falta de este es sinónimo de mediocridad, que hay que estudiar para tener un mejor futuro y tener paciencia para que nuestros esfuerzos den su fruto. Detrás de estos valores había mucho miedo a la pobreza porque, “hagan lo que hagan, los pobres no progresan, siempre les va mal y les caen todas las desgracias”. Podemos verlo en películas mexicanas como, justamente, “Nosotros los Pobres”.

Las personas que hoy están entre los cuarentas y los cincuentas son herederas de esta forma de pensar, pero, a su vez, los responsables de romper esos paradigmas, es decir, los facilitadores de las nuevas generaciones, que lo quieren todo ya y completo.

Quienes están hoy debajo de los 40, y algunos cuarentones rezagados, no sienten ya presión social alguna por no casarse o tener hijos, por no haber planeado un futuro o siquiera preocuparse por él. No confunden la instrucción con la educación y muchos de ellos ya ni siquiera creen en el poder del dinero. Son más emprendedores que empleados y saben que no hay que sudar la gota gorda para obtener recursos. ¡Benditos sean!

Sin embargo, viven al día y todo lo quieren ya. En ellos está vigente el vacío que la angustia ha ocasionado en el ser humano desde su surgimiento, y que los hace insaciables en cualquier ámbito en el que depositen sus aspiraciones, porque le suman la ansiedad que producen el estrés, la competitividad, la falta de proyectos y metas, la celeridad de la vida moderna y la inmediatez con que puede lograrse casi todo.

Como dice el filósofo polaco Zygmunt Bauman: “La cultura líquida moderna ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, como las culturas registradas en los informes de historiadores y etnógrafos. A cambio, se nos aparece como una cultura del desapego, de la  discontinuidad y del olvido”.

Mucha frustración, pero poca aptitud para lidiar con ella, es lo de hoy.
29 Junio 2019 04:03:00
Existir angustia
Si la ansiedad es el malestar del hombre moderno, la angustia lo es del hombre de todos los tiempos. Hoy, frecuentemente van de la mano, prácticamente indistintas, en una combinación que crea no pocos de los más conocidos cuadros clínicos de enfermedades mentales.

La angustia es de esas perturbaciones emocionales que nadie quiere sentir. Junto con el miedo y la envidia, suele ser justificada, en lugar de aceptada. Hay otras que se vuelven adictivas, como la ira, el odio, la tristeza, la melancolía e incluso el resentimiento, pero la angustia está entre las consideradas emociones “basura”, como si no sirviera para nada. Sin embargo, es la más útil de todas.

La angustia, a diferencia del miedo y la envidia, no está en el catálogo social de las emociones que no hay que sentir, porque ni siquiera la identificamos. Es la perturbación “fantasma” y, sin embargo, la única que no nos abandona a lo largo de toda nuestra existencia.

Porque existir angustia. He ahí el origen de tal perturbación: la propia existencia. La angustia es el acicate de la adaptación, el motor de la evolución. Nos impulsa a movernos hacia la satisfacción de nuestras necesidades básicas, físicas y síquicas, primero; a la consecución de nuestras metas intelectuales y espirituales, después.

Por eso no nos abandona nunca, desde que nacemos hasta que morimos. Es nuestra eterna compañera y, aunque no lo podamos creer, nuestra mejor amiga.

Dice Jean Paul Sartre, uno de los filósofos más eminentes en la historia de la humanidad, que el hombre es angustia. Así de omnipresente es este acicate de cambio.

Cada vez que creemos estar alcanzando nuestra paz mental definitiva, nuestra seguridad inamovible, nuestra justa autoestima o cualquier otra cosa en la que estemos trabajando personalmente, ¡zas!, se presenta la angustia para dar al traste con todo. ¡Hora de moverse!

Hay diversas visiones acerca de su origen y su naturaleza. El rabino Yehuda Berg, orador internacional y autor de diversos libros, dice que la angustia del hombre moderno pasa necesariamente por la depresión y la baja autoestima. Para la filosofía su raíz está en la ausencia de sentido de vida, para el sicoanálisis es producto de un conflicto interior y para la sicología, resultado de la falta de motivación o deseo en la vida, pues la sensación predominante es de vacío.

El vacío de la angustia es lo que frecuentemente se confunde con sed y hambre. La angustia es la más perniciosa inductora de adicciones. Todo lo que llene ese vacío nos será útil, antes que identificar, reconocer y aceptar la angustia, pues no sabemos qué hacer con ella. Juego, compras, drogas, comida y bebida en exceso, sexo; toda compensación instantánea que calme por momentos esta perturbación emocional se convertirá en el objetivo de nuestro día a día. Estaremos, así, ajenos a la verdadera vida.

Personalmente, creo que su origen es multifactorial, pero su naturaleza es invariable: permanecerá ahí mientras nos neguemos a movernos. El asunto es hacia dónde. Hay dos vías: dentro y fuera; un solo destino: el descubrimiento. Este es el único satisfactor efectivo de la angustia. Hay que darle constantemente descubrimiento.

En cuanto nuestra necesidad innata de descubrir se enfrenta a nuestros juicios, miedos, rigideces mentales, creencias erróneas, zonas de confort y en general todo aquello que nos limite, aparecerá invariablemente la voz de la conciencia, la angustia, para decirnos “¡sal de ahí!”.

Por eso, tanto al interior, como al exterior, hay que abrir la mente, cada vez más, como los bebés y los niños hacen mientras crecen, satisfaciendo su curiosidad, sin saber lo que van a encontrar, sin juicios y sin miedo, con sorpresa, alegría, entusiasmo e inocencia (que no ingenuidad). Y no es fácil, porque la condición es que no sepamos lo qué hay adelante. Si nos gana el miedo, viene la angustia.
22 Junio 2019 04:03:00
El lado más perverso del silencio
Nada más destructivo para cualquier tipo de relación que el silencio de un pasivo agresivo porque cancela cualquier posibilidad de comunicación y, por tanto, de solución.

El silencio, dosificado o completo, para castigar o manipular, es violencia, la más devastadora psicológicamente, porque se recibe de lleno, pero no se identifica. Es confusa, frustrante y desesperante para quien la padece, que se queda totalmente indefenso. Es tan difícil identificarla, que cuando lo hacemos ya llevamos años siendo objeto de ella. Lo peor es que, hasta cierto punto, es autoinfligida, pues dura mientras estemos empecinados en oír las razones del otro, saber lo que pasa en su mente y su corazón.

Lo único peor que saber lo que uno no quiere saber, es no saber lo que uno quiere saber.

No pocos de nosotros conocemos el silencio como arma, especialmente el total. Es común en las familias, por ejemplo, en parejas que pretextan “no afectar” a los hijos con explosiones temperamentales, pero callar se va extendiendo a todo el sistema familiar, y se convierte en una forma de aislamiento, abandono y, en general, maltrato.

Hay que tener cuidado, sobre todo, con el silencio dosificado, que puede destruirnos sin que apenas nos demos cuenta de qué y cómo pasó. Si el silencio total rompe toda comunicación, el dosificado la lleva a un terreno de arenas movedizas, en el que aquel que sí se comunica se hunde cada vez más.

Hay varias formas de silencio dosificado. Hay quien deja que el otro hable, hace preguntas, “saca” información. Podría parecer interesado genuinamente, pero su mirada, durante la “conversación”, se nubla de pronto o, por el contrario, muestra un brillo perverso. Algo nos produce escalofríos y nos grita por dentro “¡cállate!”, pero ya es demasiado tarde: han tomado las medidas de nuestro ataúd.

Una forma más es la de no revelar información porque “es mejor” para el otro no saberla. Esto se da mucho entre las parejas. Aquel al que se le ha ocultado algo termina sintiéndose defraudado, engañado. ¿Quién puede decidir por nosotros lo que queremos o debemos saber o no saber? En realidad, el que esconde se esconde.

También hay silencio dosificado cuando alguien rompe de pronto la comunicación, pretextando cualquier cosa. Nos “deja a medias”. Luego la retoma, en el momento en que desea, estemos o no preparados para concluirla. De hecho, preferirá hacerlo cuando sienta que estamos desprevenidos.

Igualmente, puede suceder que uno de los comunicantes impone un veto sobre determinado tema, con o sin justificación. Evade el asunto o se niega a dar detalles, a sabiendas de que está afectando a quien desea saber.

El silencio dosificado se distingue del silencio sano y conveniente en que es una práctica regular, utilizada para causar desconcierto y desarmar al otro. Se alterna con una comunicación aparentemente normal, pero se intuye que algo no anda bien, que algo se oculta sin una razón justa. Como esto es sutil, preferimos a nuestra vez callar, de lo contrario podríamos ser acusados de desconfiados, paranoicos o controladores.

El silencio dosificado es el clásico contexto de los malentendidos, en los que solo una de las partes -la manipulada- es la que está mal, la que no tiene las cosas claras, la que se equivoca. El maltrato del silencio insensibiliza. Usted podrá detectar a quienes lo han sufrido entre aquellos que permanecen impávidos ante el dolor de otra persona o de un animal.

Dosificado o completo, el silencio perverso es un intento de doblegar la voluntad del otro. Es realmente una actitud infantil, pulida como arma desquiciante a lo largo de los años. Esto es porque se presta para cualquier interpretación, y quien lo sufre, sufrirá también una lluvia de interpretaciones que lo atormentarán en tanto no comprenda que no hay un significado válido, sino una intención de dañar o someter.
15 Junio 2019 03:59:00
Vida insustentable
Si su estilo de vida depende hoy de sus tarjetas de crédito y estas, a su vez, del trabajo que actualmente tiene, cuya seguridad no está bajo su control, tiene una sostenibilidad personal ficticia y, por tanto, un estatus insustentable. Como casi cualquier clasemediero del mundo.

Si pierde su empleo y no encuentra otro rápidamente, no podrá solventar su adeudo ni, por tanto, mantener los bienes y servicios que le otorgan su condición social. De hecho, evidentemente aumentará la deuda, pues los plásticos permitirán durante algún tiempo –en el que estaremos esperanzados hasta el último minuto en conseguir ingresos fijos– mantener el carril de gastos.

Este esquema lo conocemos casi todos, y aun así actuamos como si no hubiera posibilidad de que pasara, “no a mí”.

Se trata de un comportamiento irracional en muchos sentidos. En primera instancia, porque un estilo de vida como ese está basado en lo que se puede adquirir, o sea, en el poder adquisitivo, y no en la satisfacción de las necesidades reales, es decir, en el consumo razonado. En segunda, porque es alta la probabilidad de que a cualquiera sí le pase lo que le pasa a otros tantos millones de personas.

Al menos en occidente y buena parte de oriente, la situación predominante de las clases medias es la descrita en los párrafos anteriores. La esclavitud financiera, se le llama. Esto significa que la mayor parte de las personas en el mundo lleva un estilo de vida personal de baja sustentabilidad. Un día dejará de brotar el recurso de la fuente y no habrá podido tapar las fugas. Esta sería la analogía correcta.

Y esto es lo que hacemos con todo en el planeta: con los recursos naturales, con otras criaturas vivas, con los espacios comunes y con el afecto de nuestros semejantes. Abusamos, como si no hubiera un mañana, como si fuéramos autónomos respecto de todo lo que está fuera de nosotros, o como si fuéramos lo más importante que existe.

Con una falta de sensibilidad inaudita, los humanos maltratamos y/o abandonamos a nuestras mascotas, desperdiciamos el agua, generamos cantidades inmanejables de basura, usamos los espacios públicos como si fueran de nuestra propiedad y manipulamos a otros para que hagan lo que queremos.

Incluso nuestro sistema mundial de derechos humanos está fundado en la supremacía del derecho individual sobre el colectivo. Hemos constituido una civilización depredadora, despilfarradora, sojuzgadora y excluyente. Nosotros, las personas comunes y corrientes, no las élites del poder. Esas solo lo aprovechan muy bien. Culparlas, por supuesto, nos permite evadir nuestras responsabilidades.

Una de ellas es reelaborar personalmente nuestra ética, ese conjunto de normas morales ya caduco por individualista. Necesitamos una ética sustentable y para la sustentabilidad en todos los ámbitos.

Hasta ahora hemos confinado el término al ámbito de lo ecológico, pero en realidad es de gran amplitud. El deterioro que le hemos causado al planeta no es más que una manifestación de la crisis que vive la civilización, a partir de una ética insustentable, desconectada de la conciencia, que lo mismo aprueba y participa en un linchamiento presencial, que en uno virtual.

Un mundo simulador, en el que las empresas transnacionales más depredadoras resultan ser expertas en responsabilidad social y sustentabilidad, porque así lo requiere su estrategia de mercadotecnia, y preferimos creerles para no dejar de consumir su veneno. ¿Tenemos derecho a ello? ¡Claro! ¿Es esto una ética sustentable y para la sustentabilidad? Usted dígamelo.

Construimos mega desarrollos habitacionales de lujo con albercas en ciudades que ya están saturadas y, obvio, mostrando agotamiento de posibilidades de convivencia armónica y satisfactores básicos.

Mientras no nos alcance el destino en persona, pues que se las arreglen las generaciones venideras. Esta es la actitud y también la ética predominantes, porque el reclamo de un derecho individual a ultranza está moralmente justificado.

Triste, pero verdadero.
08 Junio 2019 03:59:00
Moral no es conciencia
Todos los problemas que padece el mundo son la suma de los de cada persona que lo habita. Que esta idea sea tomada como una mentira, una exageración o, en última instancia, algo que no nos concierne personalmente, es la verdadera causa del deterioro económico, político, social y ambiental.

Todos somos esa persona que en algún momento antepone el interés personal al ajeno y al colectivo, ese ciudadano que se da una “pequeña” licencia cívica que “no afecta a nadie” o “afecta poquito”; aún peor, que “está mal, pero pues ya qué” o “es mi derecho”, pero no se lo permitimos a los demás, porque nos sentimos muy afrentados. No reconocernos en esta actitud nos permite evadir la culpa, que es una emoción de altísima autodestructividad, así como la responsabilidad de cambiar, cosa que a nadie le gusta. El que sea necesario no lo hace agradable.

Pero si no tenemos claridad sobre la forma y la magnitud en que afectamos a otros con nuestras acciones y en el ejercicio irrestricto de nuestros derechos, tampoco la tendremos en relación a la fuerza con que seremos dañados por esos otros en las mismas o en otras circunstancias.

Multipliquemos estas actitudes, extendamos estas cegueras voluntarias y, en consecuencia, magnifiquemos sus efectos. ¿Aterrador, verdad? Ahora veamos de qué manera participamos en la reproducción del “no es asunto mío”. Y lo hacemos, indudablemente lo hacemos. No existe el humano perfecto ni el ciudadano completamente ejemplar. Solo el que prefiere ignorar las circunstancias.

Tras esta reflexión nos vamos a encontrar con una crisis mundial de conciencias, porque eso es, justamente, lo que tiene al mundo en deterioro constante. Efectivamente, los cambios personales para mejor ayudan, porque se expanden igual que los problemas.

La solución es simple: conciencia y más conciencia, entendida como la voz interior que nos tortura cuando no hacemos lo correcto y cuando nuestras verdaderas motivaciones son egoístas. Esa es la voz de la verdad y viene de nuestra esencia espiritual, del potencial para el bien y la naturaleza amorosa que todos poseemos. Es la misma en usted que en mí y en cualquier otro.

Este es el nudo gordiano: damos por hecho que la moral, esa norma que nos enseña a distinguir entre el bien y el mal, así como la ética, que es el conjunto de normas morales, responden a los mandatos de la conciencia, cuando en realidad pueden ser completamente opuestas. Por algo decía el filósofo griego Demócrito que “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa”. Es decir, cuando el colectivo se ha alejado completamente de la conciencia, lo cual, como ha podido ya adivinar, es la regla en la actualidad.

Todos acostumbramos, en menor o mayor medida, amordazar a nuestra voz interior en aras de la satisfacción egoísta de necesidades. A estas alturas de nuestra existencia, como especie, tenemos apenas la madurez emocional, personal y colectivamente, de un niño o un adolescente. No hemos sabido, salvo honrosas excepciones,

llegar a ser adultos plenos.

Peleando con nuestros familiares, con el otro género, con la otra clase social, con la vida en general, y por supuesto con la naturaleza, a la cual hemos creído ingenuamente someter, estamos depauperando nuestras condiciones de vida interna, primero, externa después, como reflejo de aquella.

Conocer las posibles y las ineludibles consecuencias de nuestras decisiones y acciones nos exige siempre responsabilizarnos, lo que a su vez nos obliga a pensar en los demás y actuar en consecuencia.

Todos, de una u otra manera, evadimos esto, permanecemos en la ignorancia porque queremos hacerlo, pero eso también nos impide conocer nuestra propia debilidad.

No importa qué tan fuertes nos sintamos, si los demás, particularmente los desconocidos, no se ocupan de nosotros, estaremos a la larga perdidos. Y de acuerdo a las leyes del universo, no recibimos lo que no damos.
01 Junio 2019 03:55:00
Conozca al enemigo
El miedo es el verdadero enemigo de la humanidad; causante de casi todas las desgracias del planeta. La razón es simple: el hombre más peligroso y destructivo es el que tiene miedo.

Como cualquier rasgo de la naturaleza humana, el miedo tiene una función: nos ayuda a prever posibles acontecimientos adversos, para ponernos a salvo o prepararnos para enfrentarlos. Pero también, como cualquier emoción, requiere ser procesado. Hay que ponerle un límite. De lo contrario nos dominará, y hará de nuestra vida y la de quienes nos rodean un infierno.

El miedo de cada uno daña necesariamente a los demás. Los miedos unidos destruyen naciones. Hoy el mundo está, casi en su totalidad, regido por el miedo, que desintegra familias, produce delincuencia, divide sociedades entre “chairos” y “fifís”; lincha, construye muros, declara guerras, induce migraciones.

Pero el verdadero problema no es el miedo. Es, como siempre, la ignorancia. Si no entendemos claramente que esta emoción, la más poderosa de todas, es, en cualquier caso, una creación humana, y no algo que nos sucede sin nuestra intervención, tendremos como resultado un proceso de depauperación y, finalmente, extinción de la especie.

Sin más: el miedo es producto del pensamiento descontrolado, ese que nos guía a casi todos en nuestra vida cotidiana. El recurrido “y si” es el origen de todas esas angustias que no nos dejan vivir, pues nos lleva a imaginar siempre un mal.

Personalmente, creo que la humanidad ha venido confundiendo el temor con el miedo, y aunque bioquímicamente tienen el mismo origen, no son equivalentes. El temor es un estado de desasosiego que nos pone en alerta, porque no sabemos todavía identificar qué disparó la sensación de peligro. Pudo haber sido un estímulo externo, un dolor corporal, un pensamiento súbito o una imagen mental.

Con el temor, nuestro cuerpo y mente entran en tensión, se preparan para enfrentar un mal aún indefinido. Lo que después hacemos mentalmente con esto, en automático, es lo que finalmente nos perjudica: de escuchar una explosión o detonación, a pensar que vamos a morir, hay gran diferencia; lo mismo que de sentir un dolor a enfermar, o de imaginar un accidente a tenerlo.

Si no localizamos el detonante y hurgamos en la primera sensación que nos produjo temor, podemos construir un mundo de miedos que le darán poder sobre nuestras vidas a cualquiera que sepa manipularlos, con o sin intención. Un: “cuídate, por favor”, nos puede arrebatar toda la confianza.

Miedos al dolor, a enfermarse, a morir, a las pérdidas, a no ser amados o reconocidos, al rechazo, al abandono, a la injusticia, a que las cosas se nos salgan de control, al cambio, a los imprevistos y una larga lista de etcéteras, harán posible que usted actúe en beneficio de otro que sepa azuzarlo emocionalmente.

Así, justamente, es como el populismo –de cualquier corriente política que guste– puede construir regímenes en los que una parte de la población está subyugada por otra, presta a reaccionar con ira y violencia a la manipulación. Para eso, también, intereses hegemónicos desconocidos para la mayoría utilizan las famosas “fake news”. Y uno creyendo que ayuda a la humanidad compartiéndolas.

La ira y la violencia no son otra cosa que miedo; los insultos a quien no piensa igual son miedo; la burla y el bullying son miedo; la negación de los errores, propios y ajenos, es miedo; la evasión de respuestas, situaciones o responsabilidades es miedo; la terquedad es miedo; el cinismo es miedo; la vehemencia es miedo; la salamería, el sometimiento, la resignación y la complicidad, así como la deslealtad, la traición y la simulación, son miedo.

Si tenemos la humildad de reconocernos en alguna de estas u otras conductas similares que nos vengan a la mente, sabremos cómo recuperar nuestro poder, dominando los miedos. De lo contrario, seremos títeres de nuestra propia ignorancia.
25 Mayo 2019 03:54:00
¿En qué lo puedo complacer?
Si en vez de aprecio y gratitud está recibiendo desprecios y cada vez mayores exigencias por parte de una o más personas, seguramente es usted un complaciente patológico, relacionado con insatisfechos crónicos.

Pocos son los seres humanos que no querrían complacer al menos a otra persona, pues de la aceptación, la protección y el afecto de los demás dependemos para vivir, desde el tiempo de las cavernas.

No obstante, esta necesidad instintiva de complacer puede ser acrecentada, hasta convertirse en una patología, por experiencias dolorosas de la infancia, como el amor condicionado, el abandono o el maltrato.

Se le suma además otra necesidad de carácter egótico, de la que absolutamente nadie escapa, pues nos permite manipular en lugar de “rogar”: parecer buenos ante los demás.

¿Por qué sentimos culpa cuando le negamos algo a alguien? Por miedo a que nos hagan lo mismo, porque ya no somos buenos según los cánones de una distorsionada moral social de origen religioso, o por las dos cosas.

Si hemos pasado la vida tratando de complacer a otros es porque nunca lo conseguimos… ni lo conseguiremos. Decía Richard Feynman, físico-teórico estadunidense, pionero de la mecánica cuántica: “No tengo la responsabilidad de ser como los demás esperan que sea. Es su error, no mi defecto”.

El hecho de que continuemos intentándolo, olvidándonos incluso de nosotros mismos, se debe a que la interacción complacencia-insatisfacción es la única manera que conocemos de obtener lo que necesitamos, o eso creemos.

Complacer siempre implica obtener algo a cambio. Mientras más grande la carencia, mayor la complacencia y más frecuente la relación con personas que nos hacen sentir que complacerlos es nuestro deber eterno. Y mientras más tratamos de agradar, más abusan.

Los insatisfechos crónicos sufrieron seguramente las mismas carencias en la infancia que los complacientes, pero con mayor carga de control, que les impidió tomar decisiones propias, y muy frecuentemente sobreprotección, que los hizo sentir merecedores de todo esfuerzo ajeno.

Sin embargo, la carencia de fondo es la misma: amor; igual que el miedo: ser lastimado. Por eso, el insatisfecho crónico puede convertirse en un complaciente y viceversa, según la persona con la que se relacione. Son las dos caras de la misma moneda.

Se concibe generalmente al complaciente como el dócil del binomio codependiente, y no tiene que ser así. En muchas ocasiones es la parte dominante, la que decide a dónde y cuándo se va, qué y cómo se hace. Impone para complacer; por tanto, se acostumbra a exigir abiertamente lo que quiere a cambio.

El complaciente dócil, en cambio, solo espera calladamente que el insatisfecho crónico sepa, “adivine”, lo que necesita, lo cual no es por cierto muy difícil: todos creemos dar lo que necesitamos y en la medida en que lo necesitamos, lo cual es en realidad un autoengaño, porque no podemos dar lo que no tenemos.

Damos edulcorantes, sustitutos, y cuando los recibimos de retorno, evidentemente nos quedamos insatisfechos. No reconocemos en eso que nos dan lo que esperábamos.

Ahí está, el hilo conductor de la complacencia a la insatisfacción y viceversa: nadie está en posición de dar ni recibir lo que exige, porque no lo conoce. Solo hay un intercambio de carencias.

Si conociéramos de primera mano el amor, la bondad, la generosidad, la gratitud, sabríamos que en realidad no hay manera de darlos sin recibirlos ni recibirlos sin darlos.

El gran secreto es que, para “crear” esos milagros internos, sí tenemos que recibirlos antes de alguien; es decir, conocerlos de afuera para adentro. Solo que llegarán de quien menos lo esperemos, pero pasarán de largo si, en lugar de estar receptivos, nos empecinamos en exigir lo que queremos exactamente de quien lo queremos, personas que seguramente –pensaremos— están en deuda con nosotros tras tanta infructuosa complacencia.

En esto consisten la ceguera de la complacencia y la autoesclavitud de complacer.
18 Mayo 2019 03:59:00
El león cree…
La conciencia que nos permite trascender nuestras limitaciones es un acto de voluntad, esencial al alma. El ego no la tiene; actúa por impulsos de corto o largo alcance, según explotemos o nos obcequemos.

Hay diversas acepciones de la palabra conciencia que describen un acto cognitivo superficial, como: sentido moral o ético que permite enjuiciar; conocimiento espontáneo y más o menos vago de una realidad, o actividad mental que lleva a sentirse presente en el mundo y en la realidad.

Digo que estos significados son superficiales, porque para adquirir esa clase de conciencia no necesitamos otra cosa que el piloto mental automático. Apenas hay que poner atención para interiorizar una moral o percibir lo que nos rodea.

En cambio, la conciencia como conocimiento claro y reflexivo de la realidad, es producto de la atención sostenida en una observación neutral, es decir, sin juicios ni reacción emocional. Y por supuesto que se puede. Hay sencillas técnicas milenarias y modernas de meditación para lograrlo.

En tanto no aprendamos a desarrollar esta conciencia, todo aquello que creemos que sabemos no es más que una proyección de nosotros mismos, particularmente de lo que pensamos que somos, de acuerdo con lo que nos dijeron o hicieron sentir nuestros padres.

Vivimos, pues, guiados por voces ajenas, tan hechas propias, que no oímos la que es verdaderamente nuestra. Esto se debe a que nuestros padres y los demás adultos se proyectaron y proyectan en nosotros, e igual hacemos, sin excepción (hasta que no lo corrijamos), con nuestros hijos, parejas, amigos, jefes, empleados y hasta desconocidos, incluidas las mascotas y, en cuestiones políticas y sociales, los diversos grupos y segmentos de la población. En resumen “el león cree que todo mundo es de su condición”.

No podemos ver con los ojos de nadie más ni percibir con la experiencia de otro, si no nos lo proponemos. Y casi nadie lo hace. Lo que pretendemos es que los demás sean nosotros. Este egocentrismo puede manifestarse colectivamente. Hay que recordar la resistencia que hubo a creer que la tierra gira alrededor del sol.

Salir de nosotros mismos para abrir la mente, y conocer otra realidad más allá de la que suponemos única, es un ejercicio de observación neutral, que empieza por uno mismo; fácil, pero incómodo para quienes temen conocerse y aterrador para quienes se rechazan con odio, lo sepan o no. Los primeros porque tienen miedo de lo que podrían encontrar, los segundos porque ya saben qué encontrarán.

Por eso vivimos proyectándonos, es decir, viéndonos fuera de nosotros mismos. Es lo cómodo. Vemos lo que queremos ver, oímos lo que queremos oír. Unas veces es lo que anhelamos, otras lo que necesitamos, siempre lo que nos gusta y disgusta de nosotros mismos y, por supuesto, lo que se supone que debiéramos.

Así, podemos vivir años creyendo que conocemos profundamente a una persona, hasta que nos da una sorpresa. Podemos creer que todo mundo querrá lo que queremos, amará lo que proponemos, apoyará nuestros proyectos, respaldará nuestra manera de hacer las cosas, será compatible con nuestro pensamiento y sentimiento. Y nos obcecamos en llevarlo a cabo. Se vuelve una obsesión. No nos explicamos por qué alguien preferiría otra cosa. La justificación es que lo hacemos por el bien de los demás. Pero cuando la realidad nos planta oposición, es tan grande la terquedad, que preferimos negarla. Únicamente aceptamos esa pequeña porción de mundo que se ajusta a nuestra obsesión. Imagínese qué tan grave puede ser esto cuando estamos en una posición en la que otras personas, pocas o millones, dependen de nosotros.

Como la proyección es –además de una forma de percibir el mundo con el piloto mental en automático–, un mecanismo de defensa, reaccionaremos agresiva o cínicamente a lo que se nos oponga.

Cuánta capacidad de hacer daño, justificando que hacemos bien, tenemos los seres humanos.
11 Mayo 2019 03:10:00
Amará el resultado
Si no cumples con el momento presente, te olvidas de tu cita con la vida. Thich Nhat Hanh

Todo lo que se dispersa se debilita. La mente no es la excepción. Ningún humano queda fuera de esta regla. Tal debilidad es la causa de la búsqueda común y constante de amor, aceptación, reconocimiento, justicia, seguridad, felicidad, tranquilidad.

En tanto más ávida la búsqueda, más débil la mente, pero más poderosa la locura y la obsesión que pueden llevar a alguien a arruinar su vida y la de unos cuantos, o decenas, cientos, miles o millones, según el rango de su influencia, que será resultado del grado de identificación con otras personas dentro del mismo nivel de dispersión. Y toda ellas afectarán necesariamente a quienes han ido ganando conciencia y claridad, porque unos dependemos irremisiblemente de otros, aunque solo en nuestras condiciones externas de vida. Al interior podemos, en cambio, crecer ante la adversidad.

A esa dispersión le llamamos hoy en día insatisfacción e infelicidad. Y no es otra cosa que “dejarnos llevar” por el estímulo, externo o interno, sin aplicar
apenas nuestra voluntad en cosas que no tengan que ver con nuestras necesidades básicas, pla-ceres y apetitos de moda.

El proceso de la infelicidad, y por tanto de todo declive, individual o colectivo, es el siguiente: la mente indomada o dispersa salta todo el tiempo de idea en idea, guiada por el cerebro reptil, que es el encargado de la sobrevivencia, de manera que está alertándonos constantemente con imágenes catastróficas, malos recuerdos, fantasías perversas y toda clase de ocurr-encias perniciosas, mientras en paralelo las vamos etiquetando y clasificando, lo que equivale a someterlas a juicio, imbuidos como estamos por la moral colectiva. A este esquema se unen las emociones, esas reacciones bioquímicas, algunas básicas, otras más complejas, que se adhieren a cada pensamiento dándonos el impulso no solo para sobrevivir, sino prevalecer sobre otros, desde el miedo. Luego se suma el ego, necesitado de convertirse en cada idea-emoción que capta para saber quién es, pues se trata de una construcción personal que tiene el objetivo de darnos una identidad para coexistir con nuestros semejantes. Así, suponemos ser lo que experimentamos y creemos, cada pensamiento-emoción que tenemos, cada juicio que emitimos. Y vivimos extraviados, justificando con un torpe uso del raciocinio nuestra derrota o grandeza; falsas en cualquier caso, pero peligrosa la segunda, pues nos creemos inteligentes, poseedores de las soluciones y agentes del cambio radical; diferentes, únicos y superiores; por tanto, autorizados para pasar sobre los demás.

Hay salida de esto, accesible para todos. El grado de dificultad radicará en la actitud con que emprendamos la tarea. Como en toda solución, la información es la base. Vamos a los tres estados en que la mente puede estar: la dispersión, que tiene su utilidad, claro; la concentración y la observación.

La dispersión, en su función normal y benévola, nos permite descansar la mente, hacer cone-xiones mentales espontáneas, tener ideas imprevistas, ser creativos. No obstante, abandonados a ella, solo podemos sufrir, sentirnos ansiosos y debilitados.

Por otra parte, está la concentración, que es anclar la atención por el tiempo que se requiera, única y exclusivamente, en eso que estamos haciendo en el momento. Esta es la función cerebral que nos hace posible disciplinar y por tanto dominar la mente. Nos fortalece, da claridad y visión penetrante.

Finalmente, nos encontramos con el estado mental que realmente amplía nuestra conciencia y debiera prevalecer en nosotros: la atención plena, la cual no será posible sin haber desarrollado la capacidad de
concentración.

Es una forma milenaria de meditación, cuya técnica más reciente es el mindfulness. Se trata de mirarnos en panorámica con la mente, mientras estamos activos. Comenzamos por la respiración, seguimos con el cuerpo y luego los sentidos. Sin juicios. Dejamos ir cualquier pensamiento o emoción que se presenten. No somos ellos, van y vienen. Son efímeros e intrascendentes.

Pruebe. Calma es el
resultado.


04 Mayo 2019 03:55:00
Nosotros
La cultura occidental ha incumplido sus promesas de seguridad, bienestar y felicidad. Ni la democracia, ni el materialista sueño americano ni las revoluciones han dado resultado alguno para garantizar la presencia y permanencia de estos tres titanes de la necesidad humana.

Millones han alcanzado ciertamente el status económico y social que debiera cumplir tales promesas; otros tantos, más incluso, se encuentran muy lejos de ello; pero ambos grupos están desilusionados. Los primeros porque ya se dieron cuenta de la mentira en que vivimos: una espiral de tener y tener que nos aleja de la seguridad, el bienestar y la felicidad. Los segundos, porque todavía creen en la falacia.

Filósofos y psicólogos nos han dicho, a lo largo de la historia, que el camino es otro, pero la humanidad decidió tomar como única posibilidad la opción fácil, tangible y controlable: la ciencia positiva, de la que obtuvimos tres paradigmas que hasta hoy rigen nuestra cultura: individualismo, separación mente-materia y la demostración experimental, reproducible y cuantificable como condición esencial para comprobar que algo existe y, por tanto, es fiable.

De ahí que la seguridad, el bienestar y la felicidad tengan que ser, antes que nada, un patrimonio individual –yo primero que los otros–; y que deban provenir de las posesiones materiales, pues son lo único fiable, por reproducible y cuantificable.

El mundo está cambiando, eso es inevitable, solo que hay dos fuerzas en pugna: la versión ultra materialista, que sigue basada en la competencia y la inmediatez, pero que ahora deposita la solución en la tecnología, aunque esté demostrado de antemano su fracaso, y la sabiduría acumulada en la historia de la humanidad que nos muestra que la individualidad solo es funcional cuando aporta a la seguridad, el bienestar y la felicidad colectivas; que la posesión material es solo una condición, ni siquiera indispensable, que nos permite avanzar en nuestras ocupaciones espirituales, y que la existencia es vasta y maravillosa, infinitamente superior a lo que en nuestra ignorancia podemos demostrar que existe, y no solo es fiable, sino literalmente milagrosa.

Si la columna vertebral de la vida que se nos está cayendo a pedazos es “yo”, la de aquella en la que sí podemos encontrar lo que hemos venido buscando es “nosotros”. De hecho, no podríamos existir sin un nosotros. La propuesta es uno diferente al que hoy en día concebimos, en el que nos segregamos por conjuntos de egos y además tratamos de sobresalir entre los de nuestro grupo.

Se trata, pues, de un “nosotros” compuesto por almas. Esos son los nosotros solidarios, amorosos, responsables, comprometidos. De esos vamos a obtener nuestra seguridad, bienestar y felicidad, porque siempre estaremos apoyados y seremos amados y respetados.

No hay un yo soy sin un somos primero. Pero hay, además, un primer somos, ese al que todos pertenecemos por el solo hecho de existir. Usted y yo en la cultura occidental, en México, en nuestro estado, ciudad, comunidad, trabajo.

La meta es construir un somos posterior, en la misma cultura, país, estado, municipio y colonia, pero desde otra dimensión personal de existencia, que efectivamente solo es posible mediante lo que llamamos el autoconocimiento, pero no dirigido a una iluminación personal, sino a una aportación a la colectividad, desde un “yo soy los otros”.

Nada fácil, porque mire, lo primero que hay que hacer es derribar todas las mentiras, es decir, todas las creencias que hoy juramos son nuestra verdad. Decía Jean Paul Sartre, uno de los mejores filósofos contemporáneos, que “sólo nos convertimos en lo que somos a partir del rechazo total y profundo de aquello que los otros han hecho de nosotros”. Destruimos para volver a construir, desaprendemos para volver a aprender. He ahí la verdadera vía.

Los humanos nos educamos y nos realizamos en comunión entre nosotros. Esa comunión solo es posible para las almas. Las almas siempre están en la luz.
27 Abril 2019 03:28:00
¡Pare ya!
Huyendo del malestar, estamos casi siempre ausentes de nuestras propias vidas. Nos fugamos mentalmente, pensando en lo que nos gustaría que hubiese sido o fuera nuestra realidad, sin saber verdaderamente cómo es ahora y aquí mismo. Luego creamos, a partir del miedo, dramas mentales que nos echan a perder todos nuestros buenos escenarios, planes y deseos.

Y así vamos por la vida, deseando, anhelando, y saboteando eso con temores; es decir, torturándonos, causándonos angustia al límite de lo insoportable. Todo para evitar el malestar que tendríamos si vivimos la vida un día a la vez, el hoy, y dentro de él, el aquí y el ahora, que es cuando se puede resolver algo.

Lo peor de esta vida en fuga es que sí estamos creando lo que será, pero a partir de los temores de lo que podría no salir bien, que a su vez provienen de lo que alguna vez salió mal y de lo que consideramos que en el presente no está saliendo como debería.

Todos los días, en modo “automático”, simplemente transcurrimos, en lugar de vivir, porque no sabemos cómo están funcionando cuerpo, mente y emociones. Es decir, no somos conscientes de nosotros mismos. No vaya a ser que encontremos algo que no nos guste.

Actuamos acicateados por un acelerado ritmo interior: rápido, rápido, rápido, aunque nos sobre el tiempo. En consecuencia: ¡olvidé las llaves!, ¡no traje el cargador del celular!, etc., circunstancias que producen una crispación emocional de censura y rechazo, o sea malestar.

Y aquí está la clave de la infelicidad: radicamos nuestro bienestar emocional en lo que hemos etiquetado como bueno y deseable, y nuestro malestar en lo que reprobamos por malo e indeseable.

Realizamos esta operación bioquímica por dos motivos: el primero es que la función “automático” en que vivimos la mayor parte del tiempo consiste, además de controlar coordinadamente nuestro cuerpo, en asociar emociones a pensamientos, y viceversa; el segundo es que este proceso nos permite tener un sistema de creencias compartido con otros y aprobado conjuntamente, del cual depende a su vez la satisfacción de una de las necesidades primordiales del ser humano: pertenecer. El sentido de pertenencia es el ancla de la cordura.

Así pues, podemos identificar en esta descripción una poderosísima herramienta conceptual que, como en muchos otros casos, utilizamos mal: el juicio.

Clasificar, calificar y elaborar una creencia –lo cual deriva necesariamente en una sentencia, o sea, un juicio–, sobre lo que experimentamos en la vida, nos permite crear nuestra realidad. Si lo hiciéramos reflexiva y analíticamente, dicha realidad correspondería exactamente a lo que deseamos (¡cuidado con lo que deseamos!), pero si le dejamos la tarea al piloto automático, este hará asociaciones, si no indiscriminadas, sí programadas por alguien más que no somos nosotros, desde un ancestro que tuvo pánico a las tormentas, hasta un padre o una madre que le temieron a quedarse encerrados en un elevador. El piloto automático siempre privilegia lo que vibra con mayor fuerza, la señal más intensa, y esa es el miedo.

Entonces, si pudiésemos, que podemos, parar intencionalmente, varias veces al día, la operación de pensar-sentir-enjuiciar-resentir-repensar, en términos de bueno o malo, admisible e inadmisible, podríamos simple y llanamente aceptarnos tal cual somos, porque no experimentaríamos el malestar de sentirnos imperfectos, inmerecedores, insatisfactorios, ignorados o humillados; no “deberíamos” ni “tendríamos” que emprender la estresante cruzada por cumplir las expectativas de los demás para ser aceptados, amados y pertenecer.

El camino es, pues, convertirnos en un observador neutral de nosotros mismos, de lo que pensamos y sentimos. Esto puede lograrse practicando la milenaria meditación de conciencia plena en nuestro aquí y ahora, hoy accesible para todos gracias a las sencillas técnicas de mind-fullness.

No se case con sus juicios. No se castigue a partir de ellos. Son solo ideas, la mayoría ajenas. Regrese a su vida.
20 Abril 2019 03:10:00
Cuestión de práctica
La resolución de cualquier problema en la vida comienza por su aceptación. El problema real, claro, no el que usted cree que tiene, que es por cierto parte de la negación del otro.

Con estos tres renglones acabo de revelarle una de las más grandes trampas que nos ponemos los seres humanos: inventar problemas en los cuales entretenernos para no afrontar los verdaderos. Autoboicot, le dicen.

En la vida moderna, llenos como estamos de actividades interminables, bienes materiales que acumular, compromisos que cubrir, expectativas ajenas y propias que cumplir, el problema real de todos es el estrés, y la letal ansiedad derivada.

La ansiedad está cimentada sobre el miedo, ese consejero traidor que trabaja solo para sus intereses. El miedo –siempre a que pase lo peor que puede pasar–, nos vuelve controladores, y no hay mayor inductor de estrés que la pretensión de controlarlo todo. Vivimos forzando situaciones bajo el argumento de que perseguimos nuestros sueños, y presionando personas con la justificación de que “es por su bien”.

Por el contrario, hay que dejar que la vida suceda y que la gente sea, ideas inconcebibles hoy en día, bajo la premisa mal entendida de que somos arquitectos del propio destino… y con ello del ajeno, tan relacionado con el nuestro.

Soltar el control es la solución. Es el comienzo de la vida que ha de vivirse, no solo transcurrirse. Hablo de la vida en modo zen o slowlife, un estado permanente de calma, en el que ya nada se problematiza ni se dramatiza. Todo se mantiene sencillo y se discierne claramente entre lo prioritario, lo urgente y lo importante; ha desaparecido lo baladí. Vida en la que se privilegia lo profundo sobre lo intenso, y se rompe el “enganche” emocional con cualquier cosa que produzca malestar, para abordarla objetivamente. Vida ecuánime, en la que todas las cosas buenas, como la tranquilidad, la paz, la seguridad, la alegría y la felicidad, vienen de adentro.

Como cualquier cosa, esta vida tiene su técnica. Por tanto, solo es cuestión de práctica:

Detecte sus ámbitos de tensión: familia, trabajo, amor, salud, dinero, amistad, desarrollo profesional, convivencia social, ocio, imagen de sí mismo, etc.

Cierre frentes innecesarios de estrés. Por ejemplo, no se exija tanto, deje de competir y abandone las amistades enjuiciadoras.

Despreocúpese de la opinión ajena. Todo aquel que lo descalifica se ha descalificado antes a sí mismo. O sea, tiene un problema.

Delegue y acepte el error, es la materia prima del aprendizaje.

Gústese, para que se disfrute en soledad. Decía Blaise Pascal que las miserias de todos los hombres se derivan de no poder sentarse tranquilos en una habitación estando solos.

No apueste todo por sus creencias. No sea vehemente. No se fanatice. Mañana habrá cambiado de opinión. Es lo sano y lo correcto, de lo contrario nos

estancamos.

Evite la multitarea y hágase un espacio durante el día para no hacer nada: solo cierre los ojos y escuche música clásica. Su claridad mental y creatividad se abrirán paso de manera impresionante.

Hasta que no termine una tarea, no pase a la siguiente.

No tenga prisa. Todo en el universo se sincroniza.

No programe actividades una tras otra. Dese momentos libres para entrar en sí mismo, es decir, explorar cómo se siente. Aprenderá mucho.

No se preocupe. O sea, no pronostique las catástrofes.

Ritualice sus actividades cotidianas. Lo que significa poner plena conciencia en ellas. Eso es el aquí y el ahora, que libera de toda preocupación, por tanto, de todo estrés y toda ansiedad.

Elimine lo innecesario de su vida en todos los ámbitos: bienes materiales, amistades, actividades, compromisos, expectativas.

Sirva a otros con una sonrisa.

Bendiga a quien lo perturba.

Viva el momento en forma sencilla.

Si parece difícil, piense que ya hace todo lo contrario de forma muy natural y fluida, porque lo practica diario.
13 Abril 2019 04:01:00
La incómoda calma
El estrés, esa tensión física, mental y emocional que necesitamos para sobrevivir y resolver problemas, nos arruina la vida si no sabemos cómo y cuándo desactivarlo. El estrés es el responsable de la más nociva enfermedad de hoy en día: la ansiedad, que no es otra cosa que intranquilidad continua y sin motivo aparente, enloquecedora como la tortura. Nos enferma y llega incluso a matarnos.

Resistimos ambos hasta las últimas consecuencias porque no conocemos otra forma de sentirnos, y porque nos inundan frecuentemente con la adictiva adrenalina, sustancia que nos da una intensísima sensación de “estar vivos” y ser poderosos, al grado de nublar la razón.

La mayoría de la gente considera que la alta tensión con la que vive es normal e inclusive correcta, y que la calma solo es para los budistas, los campesinos que viven alejados de la civilización, los hippies o alguno que otro loco urbano.

Pocos quieren bajarse del estrés, pero todos anhelan vivir lo mejor posible. Y así, imposible, porque la vida comienza realmente cuando aprendemos a disfrutar la incómoda calma y a bucear en sus profundidades, que son las del alma.

La vida, para ser vida, debe ser zen, término que significa en su origen meditación o estado de calma. La meditación no es otra cosa que ir interiormente hacia nuestro centro, donde está el alma esperando para abrazarnos, contenernos y amarnos, sin tiempo y sin espacio, en el infinito. Un instante ahí jamás se olvida. Siempre se vuelve a buscar. Cambia la vida, abre la conciencia. Ese es el
objetivo de meditar.

No haremos contacto nunca con nuestra alma si no aprendemos a estar en calma, y la calma no viene de afuera, sino de adentro, incluso en medio de la tormenta. Si no establecemos esa relación, habremos vivido en la superficie; esto es, en la imitación del amor, la seguridad, la felicidad; en el engaño. Nos habremos conformado con ser solo un reflejo de lo que realmente somos.

Y todo por el estrés desproporcionado. Así de invasivo y poderoso es. Pero una vez comprendido esto, lo más importante es entender cómo funciona para saber cómo desactivarlo.

El estrés fuera de proporción, es decir, el que va más allá de sus funciones esenciales, es producto del miedo, que a su vez es resultado del pensamiento negativo, en modo “y si”: me dejan de querer, sufro un accidente, no me pagan, me agreden, me lo niegan o me ignoran. En resumen, si algo sale mal y me duele.

Ese miedo nos lleva a reaccionar defensivamente a lo que nos rodea, aun cuando no sea hostil. A esto hay que sumarle que nuestro ego se lo toma todo a personal porque “somos el centro del
universo”.

Reaccionar consiste principalmente darle el control a esa loca o loco que tenemos todos en la cabeza, que solo escucha al miedo y que, en consecuencia, se la vive tratando de controlar mentalmente lo que considera perturbador, preocupándose constantemente, haciéndose la víctima, creando o apropiándose dramas, discutiendo imaginariamente con personas ausentes, sintiéndose como pez en el agua en la grilla, en un ambiente incierto u hostil de trabajo y un entorno social banalizado, entre otras situaciones.

La buena noticia es que esa loca, ese loco, no son usted. Son su computadora biológica invadida por los virus, porque la ha estado operando mal su ego maniaco. Para llegar a donde está el verdadero usted, el programador, hay que cambiar radicalmente de creencias, abandonar la
inflexibilidad y fluir.

Hay que ponerse en modo zen. El primer paso es admitir que vivimos equivocados. Aterra, ¿no?, porque vulnera en extremo… pero solo al ego. Tome el mando y dígale que no se asuste, que sobrevivirá y hasta se divertirá. La semana que viene le platico cómo desactivar el estrés para que su ego se sienta
seguro y suelte el control.

06 Abril 2019 04:05:00
El hubiera sí existe
Uno de los motivos por los cuales la humanidad no aprende de sus errores es que prefiere cancelar todo aquello que no puede manejar, en lugar de aprender a dominarlo.

Leyes, instituciones, objetos, actitudes, conductas, ideas y hasta personas son dese-chadas, ignoradas o abandonadas; en esencia, incomprendidas y, consecuentemente, desaprovechadas, por no ser lo que pretendemos que sean.

El proceso de civilización nos ha hecho olvidar que la adaptación es de dos vías: de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera.

Cuando se trata de afuera hacia adentro somos unos transformadores implacables; todo en nuestro entorno tiene que marchar a nuestro capricho. En sentido contrario, nos morimos de miedo.

En el polo opuesto del dese-chamiento irreflexivo, no somos capaces de renunciar a una sola de las cosas que sí nos funcionan para permanecer en una falsa estabilidad y una precaria
seguridad.

Y en este proceso de negación al aprendizaje, al cambio y, por tanto, a la evolución de la conciencia, nos hemos atrevido a asegurar y, peor, a creer a pie juntillas, que el “hubiera no existe”, porque en lugar de sacarle partido, nos torturamos con él, lo convertimos en sufrimiento.

Descalificar la utilidad del hubiera no desaparece el proceso mental. Ahí está, omnipresente, para hacernos la vida de cuadritos, aunque decidamos no verlo. No existe un solo ser humano que no tenga al menos un hubiera al día.

Si no se ha dado cuenta de ello, es que no está observando lo que piensa. Ya sabe usted que las personas somos realmente diestras en ignorar cuestiones y asuntos, externos e internos, que se convertirán más adelante en verdaderas tormentas porque nos negamos a afrontarlos a tiempo.

Si atendemos hoy nuestros hubiera, de verdad que la vida puede cambiar. En primera instancia, nos sirven para producir pensamientos positivos y emociones ídem, como la gratitud, que cambian nuestra química cerebral, y por tanto celular.

Sanamos mental y físicamente cuando pensamos en las cosas acertadas que hicimos en nuestro pasado y que construyeron lo bueno que
tenemos en el presente.

Este tipo de ejercicio mental lo elaboramos generalmente en términos de “qué tal si no hubiera ido a esa escuela, no hubiera conocido a mi amigo”, “qué tal si no hubiera hecho aquella llamada telefónica con la que conseguí este trabajo” o “qué tal si no hubiera hecho ese viaje en el que encontré a mi pareja”.

Este tipo de hubiera es el “hacedor de milagros”. Nos muestra cuán afortunados somos en la vida y cómo todo se fue sincronizando para que así fuera.

Hay, no obstante, otros hubieras dolorosos, aquellos ligados a nuestras malas decisiones y acciones.

Estos son el plomo que habremos de convertir en oro en la alquimia interior, a través, primeramente, del perdón, pero como este es un proceso y no un suceso, acostumbrados como estamos a la inmediatez interior, la volubilidad de pensamiento y sentimiento, decidimos pasar de largo, creyendo que el malestar emocional desaparecerá, pero no lo hace, solo se deposita en otras cuestiones y asuntos personales a los que contamina, pues no
son su origen.

Tras estos hubiera vamos a encontrar sentimientos negativos que tendremos que transmutar: culpa, frustración, miedo, rechazo, desprecio a nosotros mismos, entre otros.

Algunos hubieras se reducen solo al ámbito de una neurosis de perfeccionismo por desvalorización infantil.

No nos permitimos habernos equivocado, y no ser las personas “merecedoras” de la aceptación de papá y mamá. Otros nos llenan de culpa por lo irremediable, que de acuerdo con nuestra cultura merece castigo, no perdón; así que nos lo proporcionamos con singular generosidad.

En última instancia, un hubiera bien manejado es una guía de lo que está bien hecho y lo que no lo está, desde nuestra perspectiva personal.

Nos muestra quiénes somos realmente, más allá de
quiénes creemos ser.

El hubiera sí existe. Aprovéchelo.
30 Marzo 2019 04:00:00
Dígale no a los edulcorantes
La vida se vive de adentro hacia afuera. Exactamente al revés de como lo hemos venido haciendo. Esto quiere decir que en lugar de buscar algo o alguien que nos ame, valore, respete, apoye y dé seguridad, lo único que realmente funciona es que lo hagamos nosotros mismos por nosotros mismos.

Le sonará redundante este último renglón, pero no, es exactamente lo que hay que hacer, porque básicamente la gente está buscando de nosotros todo eso, pero no podemos dar lo que no tenemos. Si ellos no lo tienen, igual que nosotros, tampoco podrán dárnoslo.

No obstante, establecemos una promesa de intercambio, con los amigos, las parejas, las personas de nuestro trabajo y hasta los padres y los hijos. Ponemos todas nuestras expectativas en lo que queremos recibir, no solo de ellos, sino de la vida misma, y quienes se relacionan con nosotros hacen lo mismo. Evidentemente, les fallaremos y nos fallarán.

Ahora, si esta “rutina” fuera tan sencilla, ya nos habríamos dado cuenta de lo inútil que es exigirle a la vida y a los demás que nos den lo que nos falta. ¡Ah no! Hay que complicarlo, como solemos hacer con todo. Lo cual, por otra parte, es normal e incluso deseable hasta cierto límite, pues aprender a desentrañar estos enredos, para simplificar las cosas, es uno de los misterios y grandes secretos de la vida. Es el hilo conductor hacia el crecimiento y, evidentemente, hacia la felicidad.

Lo que hacemos, pues, para no darnos cuenta de que no nos damos cuenta, es creer que tenemos aquello de lo que carecemos. Así de absurdo. Y que lo que realmente estamos pretendiendo de otro es reciprocidad. Damos por hecho, entonces, que ese otro también lo tiene, pero no nos lo quiere dar.

Para demostrarlo, recurrimos a edulcorantes emocionales y conductuales socialmente estimulados. Es decir, a malas imitaciones de todo aquello que queremos que nos den, para hacer creer que lo damos, y que por tanto tenemos derecho de exigirlo de regreso. Ejemplos: celamos, poseemos y controlamos para asegurar que amamos; “echamos porras” para que se entienda que valoramos y apoyamos; decimos “no llores, no vale la pena”, “déjalo, no es tan importante”, para que se crea que calmamos y consolamos; proveemos materialmente afirmando que de ello proviene la seguridad, etc.

Sin embargo, cuando los demás nos dan exactamente eso mismo, no es suficiente para nosotros, fundamentalmente porque no es los que buscamos, sino un grotesco edulcorante.

Ahora bien, todo este enredo con el que nos relacionamos los seres humanos no es más que un punto de vista de la vida. Una forma de educarnos unos a otros. Un rasgo cultural. Así de simple. Creemos estar atrapados en una realidad, cuando solo estamos entrampados por las ideas.

Otra cosa sería de la humanidad si desde pequeños nos hubieran enseñado que dentro de cada uno nace la felicidad si elegimos poner énfasis en lo positivo en lugar de lo negativo, ver la belleza que hay en todo en lugar de los escasos puntos de fealdad; que dar satisface más que recibir y que la seguridad, el respeto, el amor, la valoración y la tranquilidad son hábitos, no sentimientos.

Confiar en alguien es un hábito, tanto como celarlo; escucharlo poniéndose en su lugar es un hábito tanto como no hacerlo y recetarle unas cuántas fórmulas calmantes; permitirle a alguien ser quien es, pensar y sentir lo que piensa y siente es un hábito tanto como estarle diciendo lo que tiene que ser, pensar y sentir. Y
continúe la lista.

La diferencia es que los hábitos que nos hacen felices requieren que seamos valientes y tenaces, que pongamos la conciencia en on, y los que nos hacen infelices dependen únicamente de que respiremos, con la conciencia en off.

¿Y usted, vive en on o en off?
23 Marzo 2019 04:00:00
De lo exigible a lo imposible
¿Conoce usted a ese tipo de persona que nunca se rinde, cueste lo que cueste? Son el prototipo del deber ser, el individuo que se supondría destinado a alcanzar todo lo que desee, pero que solo encuentra infelicidad y enfermedad. Esta es la paradoja del estándar del éxito en la vida moderna, porque pone el énfasis en el logro material a costa del deterioro emocional y espiritual. Todo el que intente parecerse a este modelo invariablemente sufrirá, porque se requiere un nivel de autoexigencia cuya meta sea una perfección inalcanzable.

Se trata de personas que no se permiten cometer un error. Cuando lo hacen, tratan de negarlo culpando a los demás, o se autocastigan emocional y físicamente de variadas formas, entre ellas una que nos es muy común a todos: la obsesión, ese darle vueltas y vueltas en la cabeza a un asunto, para encontrar una respuesta que disminuya la angustia, la culpa, la ansiedad o el dolor que estamos padeciendo, generalmente por no obtener lo que creemos necesitar o, en el caso del autoexigente, no dar la talla en relación con nuestras expectativas sobre nosotros mismos.

El autoexigente perfeccionista puede ser, en un extremo, alguien disciplinado, estructurado, muy responsable, que hace su trabajo a conciencia y oportunamente, con la mayor disposición a seguirlo mejorando, porque nunca queda todo lo bien que pudiera quedar. No sabe delegar y, evidentemente, se acarrea una constante sobrecarga de trabajo, con el consecuente estrés, que a la larga producirá graves problemas físicos y
mentales.

En otro extremo puede ser una persona que haga el mínimo esfuerzo en todos los sentidos, por temor a equivocarse si va más allá. Podría incluso cometer errores constante y deliberadamente en cuestiones en que su autoreproche sea aceptable, para no tener que emprender otras responsabilidades que lo llevarán al fracaso en asuntos de imperdonable falla.

Aunque en ambos casos existe un grave problema de autoestima detrás, el ideal de perfección que sobre sí mismos se han planteado, los llevará al otro polo, al narcisismo. Uno será el narcisista insuperable y el otro el hedonista.

Ambos se vuelven tóxicos, pues proyectan su autoexigencia en otros, a quienes hacen sentir que nunca, nada de lo que hagan, será suficiente. Son aquellos que viven señalando los errores ajenos, reclamando, quejándose. Estos últimos rasgos habrán ya aterrizado al autoexigente perfeccionista al nivel de la vida cotidiana, ¿verdad? Haga su lista. Quizá empiece por usted mismo.

El autoexigente perfeccionista es siempre, completa o parcialmente, distante y rígido, pues teme a sus emociones, pero mucho más a la espontaneidad con que estas se presentan, pues su terreno firme es estudiar a priori todas las alternativas ante una situación, real o imaginaria, pero predecible, a diferencia de las reacciones emocionales.

Si temen sus emociones, son por supuesto más que deficientes para ser empáticos. No escuchan a los demás ni les interesan sus sentimientos. Están inmersos en su eterno ruido mental. Todo los lleva al “yo”.

Son, además de los eternos insatisfechos, los perfectos egocéntricos. Muchos de ellos pueden ser figuras públicas y hasta activistas o filántropos; otros, unos verdaderos eremitas, cascarrabias y amargados. Los hace detectables su incapacidad de validar a una persona; al menos no antes de haberla hecho pedazos, a veces muy sutilmente.

Todos podemos y debemos ser autoexigentes en cierta medida; en el trabajo, la escuela o donde se requiera un esfuerzo para ascender. No así en lo familiar y social, donde se supone que debiéramos aceptarnos unos a otros con afecto, sin más. Pero la exigencia es desgraciadamente la medida del amor (lo que creemos erróneamente que es amor): nos lo damos o lo damos a otros solo si somos o son exactamente la persona idealizada. Como esto jamás sucede, la exigencia se convierte en una sed insaciable que no nos deja vivir ni en paz ni felices.

16 Marzo 2019 03:17:00
Ídolos vienen, ídolos van
No son pocas ni sencillas las razones por las cuales un ser humano necesita creer en algo superior a sí mismo, ni escasas las personas y las ocasiones en que tal necesidad adquiere un carácter vehemente, que conduce irremediablemente a la idolatría, es decir, a la adoración de un ídolo como se supone que debiéramos amar a Dios.

De hecho, todos hemos sido idólatras alguna vez. Hemos adorado personas, objetos, símbolos de poder como el dinero, la fama, la belleza física; o ideas sobre Dios transmitidas por las religiones y, en sustitución de ellas, conceptos como la ciencia.

Necesitamos idolatrar por varias razones. Primero, es imprescindible que nos demos una identidad, o sea, un yo. Durante la niñez, nuestro ídolo será el padre o la madre; durante la adolescencia, los amigos, las parejas, o figuras públicas.

Hasta aquí todo normal. Pero… cuando siendo adultos estamos idolatrando, algo anda mal.

Hablamos de adultos inmaduros que en su formación de identidad se quedaron en un yo opuesto al de los demás, necesitado de defenderse, porque evidentemente se cree deficiente. Las razones por las cuales esto pasa son evidentes: falta de atención, de afecto, de reconocimiento y validación durante la infancia. Ausencia de una enseñanza sobre cómo manejar las emociones.

Ciertamente muchas personas aprenden esto en el camino de la vida, pero la verdad es que la mayoría no. Tenemos por eso sociedades enteras infantilizadas, culpando a los demás de lo que sucede, atribuyéndose la razón absoluta, porque eso es lo que hace un idólatra: si el ídolo no puede equivocarse, todos los demás lo están.

El idólatra está en un estado mental de tanto miedo y tanta inseguridad, que le enajena al ídolo su voluntad, su capacidad de razonamiento y hasta sus acciones, con tal de no hacerse responsable de sí mismo. Esto es muy común en política.

El idólatra monta en cólera y reacciona con violencia cuando contradicen o critican a su ídolo, que ciertamente puede ser él mismo. Las redes sociales dan muestra cotidiana de idolatría.

Por otra parte, el ser humano es inconforme por naturaleza, porque no solo actúa para sobrevivir y reproducirse, sino para desarrollarse. Pero ha confundido la inconformidad con descontento. La primera es una actitud ante la vida, el segundo es un malestar que frustra y nos lleva a evadirnos del presente, esperanzados en que el futuro será mejor.

En ese escape de nosotros mismos y nuestras circunstancias es que utilizamos una cualidad espiritual que está destinada a propósitos muy superiores: la fe, la convicción más allá del entendimiento, que debiera servirnos para amar a Dios y no para poner la expectativa en un futuro que nunca, jamás, vendrá, porque cuando llegue será presente, y en nuestro afán de huir siempre de éste, habremos evadido la vida misma.

No obstante, el ídolo es la promesa de ese futuro al que aspiramos, y no porque el presente no sea bueno, sino porque, prendidos al pasado, mezclamos la inconformidad con emociones negativas: frustración, envidia, resentimiento; en resumen, infelicidad.

La vida avanza y el ídolo no cumple con nuestras expectativas, nunca lo hará, y probablemente pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de ello, pero invariablemente llegará el momento. El ídolo no resuelve porque no es nosotros.

En lo que nuestra vida concierte, solo nosotros tenemos el poder de cambiar las cosas, y no se trata de tener más dinero, más estudios, más fama, sino de pensar diferente.

Ahora bien, tratándose de personas, el idólatra será siempre menos infeliz que el ídolo. Éste es en realidad el dependiente del binomio. Creyendo tener el control, lo pierde todo de pronto.

Práxedis Guerrero, el periodista, editor, filósofo y poeta mexicano, precursor de la revolución mexicana, dijo: “Es más fácil suplantar un ídolo en la conciencia de los idolatras; no así destruir la idolatría.

Por eso los suplantadores tienen mejor suerte que los reformadores.”
09 Marzo 2019 04:00:00
Ni tan listos
A casi toda persona le gusta sentirse más lista que los demás. Algunas incluso basan toda su autoestima en esa embriagante sensación.

Mientras más explicaciones lógicas tienen para describirse a sí mismos y hacer valer sus decisiones y acciones, o argumentos más contundentes muestran en sus discusiones, más infalibles y superiores se sienten. ¡Ah, su vida vale la pena!

La gloria de convencer y vencer tiene pocos equivalentes en la gama de emociones humanas.

Pero como todas las cosas del ego, tal superioridad es muy frágil, por falsa. No obstante, ésta es la vida de competencia para la que estamos casi todos educados.

Las escuelas hoy en día preparan más para ganar que para colaborar, para saber que para comprender, para exigir que para dar y para racionalizar que para razonar.

En este contexto, lo que importa es el coeficiente intelectual. Pero nadie ha podido hasta ahora dar una mayor utilidad a ese tipo de inteligencia que no sea la de ser una mercancía atractiva para los mercados laboral, amoroso, social, etc.

Esto es porque se ha reducido la función cerebral al simple ejercicio de justificar miedos, prejuicios, creencias erróneas, valores distorsionados, emociones mal vistas; es decir, a racionalizar, en lugar de sostener un ecuánime diálogo interno, o sea, razonar, que solo comenzará cuando se acepte aquello que se rechaza.

He ahí la diferencia entre racionalizar y razonar. Racionalizamos continuamente porque la motivación es ser más listos que otros, pero una vida vivida así es puro estrés, solo competitividad, lo cual no puede llevarnos a otra cosa que a la frustración, la envidia, la auto descalificación, la inseguridad y, obvio, la infelicidad.

Decía la filósofa rusa Ayn Rand, creadora de la corriente conocida como “objetivismo”, y autora de varios libros: “la racionalización es un proceso, no de percibir la realidad, sino de intentar hacer que la realidad se adapte a las emociones de uno”.

Y agregaría: justo a aquellas emociones que rechazamos, de tal manera que con eso las empoderamos, para que secretamente guíen nuestras vidas.

Es decir, tomamos decisiones y actuamos llevados por nuestras emociones, pero lo negamos o lo avalamos con explicaciones lógicas. Y así permanecemos con parejas que nos dañan, porque “en el fondo me quiere”, o “con mi amor podré cambiarlo (a)”.

Nos mantenemos en trabajos insatisfactorios e incluso frustrantes porque “hay gente que ni tiene”, o apoyamos a personas que nos engaña porque “otros son peores”.

El poder de la racionalización se debe a que es un mecanismo de defensa del ser humano, y en ésta época de descarnada competitividad necesitamos defendernos, principalmente del dolor que causa una educación y, por tanto, una experiencia familiar y social lejanas del afecto como valor primordial.

Cuando recibimos afecto en la infancia, adquirimos la capacidad de lidiar con el dolor y la frustración, aceptar lo que sentimos y razonar con ello. Cuando nos atrofian emocionalmente, nos sentiremos insuficientes, defectuosos de origen, y nos aislaremos o nos relacionaremos con esa “mancha”.

Desarrollaremos entonces las emociones negativas que aprendimos de quienes nos dañaron, pero racionalizaremos para “tapar” lo que erróneamente creemos que somos y lo que sentimos debido a esa distorsión, principalmente ante nosotros mismos.

Sí, la racionalización es la vía y la técnica del autoengaño. Somos nosotros los primeros en creer nuestras mentiras. Y con la misma convicción con que las creemos, tratamos de convencer de ellas a los demás. Lo peor es que lo lograremos mientras el nivel de racionalización coincida.

A menor disposición de verse a sí mismo, mayor complicidad entre racionalizadores, disfrazada de lealtad o rayando incluso en el fanatismo.

Cuando la racionalización llega a estos niveles de ceguera, nos estamos traicionando a nosotros mismos, lo que somos y sentimos en realidad.

Y así evadimos la vida y todo aquello que nos ayudará a crecer para estar en aptitud de disfrutarla plenamente.

02 Marzo 2019 03:47:00
Cosas de sabios
A todos y todas quienes se atormentan y se complican la vida: ¡Felicidades! Es un requisito indispensable para la sabiduría útil. Pero sólo el primero de ellos, el que menos trabajo cuesta.

¿Y quién quiere ser un sabio en esta vida moderna? Todos querríamos si comprendiéramos que la sabiduría va de la mano con la paz interior, y que ambas son la fórmula para lograr en la vida cualquier cosa que se quiera.

Sí, cualquier cosa. Son la fuente de la eterna juventud y la piedra filosofal interactuando; el entusiasmo por vivir y el goce garantizado de la vida caminando y conversando juntos y despreocupados, en una perfecta tarde soleada y fresca.

La sabiduría útil no es, pues, un estatus, ni un cúmulo impactante de conocimientos. Es sobre todo una forma de vivir con plenitud. Es, además, gradual. Se va adquiriendo poco a poco, descubrimiento tras descubrimiento en el –y aquí está lo complicado– terrorífico camino del autoconocimiento. No hay otro.

Por eso contados la adquieren o se conforman con poquita, esa que se convierte en el famoso sentido común, o sea, la llamada sabiduría popular, que no es por cierto deleznable, pero sí completamente insuficiente a efectos de mejorar nuestra vida, porque es “cabeza ajena”.

La sabiduría es estrictamente personal, pues no es sólo conocimiento, sino la forma en que lo aplicamos, y tan mal lo hacemos, por lo regular, que una de las más conocidas debilidades del ser humano es no dar ejemplo de lo que pregona.

Todos hemos aprendido dolorosas lecciones alguna vez en nuestras vidas, que hacen posible actuar con sensatez y prudencia a futuro en lo que a ellas concierne, así como aconsejar a otros.

Es probable, incluso, que hayamos construido nuestras propias “máximas” al respecto. Pues esto es sabiduría, una perla en el collar.

Y para obtener esa perla seguramente tuvimos que rendir nuestra soberbia, al menos temporalmente, cuestionar si estábamos en lo correcto, enfrentar el dolor de nuestros errores y experiencias traumáticas, escuchar con atención, darle crédito y razón a otros, comenzar a respetarlos, responderles serenamente y callar en el momento preciso. Es decir, a mostrar humildad ante nosotros mismos y ante el mundo.

Esa es la actitud de sabiduría. Llega cuando la vida nos doblega y nosotros decidimos aprender. ¿Difícil? La verdad es que no. A todos nos ha sucedido alguna vez. Agradable para nada, eso sí. Al ego siempre le duele la sabiduría.

No le gusta el “displacer” y nos aleja constantemente de él, en busca de la eterna y continua gratificación, muy a la mano en un mundo de consumismo y tecnología.

Si el displacer no tiene una utilidad, es decir, no está ligado a deseos, objetivos y logros en la vida, tenderemos a evitarlo en automático. Lo mismo haremos cuando la meta final se vea lejana e incierta y el disgusto consecutivo.

Esto último pasa cuando se pierde de vista la finalidad de las lecciones de la vida, que una tras otra nos van llevando a la transformación personal hasta la autoaceptación plena, es decir, la paz interior, y con ello a la sabiduría, la forma de vivir para conservarla.

Vivir disgustados, distraídos, enojados, ansiosos, gratificándonos constantemente para aminorar el malestar, adictos, soberbios y necesitados, no requiere absolutamente ningún esfuerzo.

Vivir conscientes de nosotros mismos todos los días, de lo que tememos, lo que sentimos, lo que pensamos, y cambiarlo en caso de que nos esté produciendo displacer, es cuestión de voluntad y su refuerzo cotidiano.


La primera opción requiere que nos compliquemos la vida, y eso se nos da espontáneamente, como respirar. La segunda sólo es posible cuando vamos simplificándola, y eso es lo más difícil que cualquiera pueda hacer, porque requiere humildad, desapegos, renuncias, confianza en los demás.

Ya sabe por qué no somos sabios.
23 Febrero 2019 04:00:00
Cosas de chivo en cristalería
Nadie declara la guerra a otro sin estar en guerra consigo mismo. Ninguna nación en realidad ha declarado a otra la guerra; sí los individuos que, representándola, tienen el poder de hacerlo, porque se odian a sí mismos.

La guerra es siempre auto-repudio, desviado hacia otros mediante un fenómeno psicológico conocido como proyección, porque representan lo que rechazamos en nosotros. Proviene de la gran paradoja humana: la intolerancia. Tratamos de homogeneizar caracteres, creencias, estilos, etc., por temor a la inferioridad, la consecuente humillación o el aislamiento, pero a la vez, queremos ser diferentes y únicos, para ser reconocidos individualmente, como superiores, por supuesto.

Al final, sin embargo, predomina nuestra incapacidad de manejar la diferencia. De lo contrario no lucharíamos tanto por la igualdad.

Vivimos reprimiendo lo que realmente somos para complacer a los demás, porque eso es lo que se ha esperado de nosotros desde que nacimos. Eso es lo que hemos confundido con educación desde hace milenios. Homogeneizar ha sido educar.

Ocultamos lo que somos principalmente para nosotros mismos, y nos volvemos por eso nuestros peores enemigos. Nos sentimos constantemente hostiles, pero en nuestra necesidad de alejarnos del horror de mirarnos, apuntamos los cañones hacia objetivos externos, pero equivocados.

Así que quien va por la vida combatiéndola, porque cree que el mundo y los demás están en su contra, no es un verdadero guerrero o guerrera, aunque quiera creerlo para justificarse, sino solo el clásico “chivo en cristalería”.

O el que vive sintiéndose “el más”: más inteligente, más guapo, más rico, más acertado, etc., no es el triunfador o exitoso, sino únicamente el que más presume, es decir, el más inseguro.

Es en estas batallas pírricas donde se queda atorada la mayoría. Y si se les pregunta si desean la paz, lo primero que pensarán es en el “cese de las guerras en el mundo”, pero no en un estado de conciencia personal en el que finalmente han llegado a una relación armoniosa y amorosa consigo mismos.

El verdadero guerrero no es ni el peleonero ni el luchón, sino el que combate contra quien realmente tiene que hacerlo, y el triunfador no es el que aplasta al contrincante, sino quien lo trata con justicia y reconoce su valía.

Solo un genuino guerrero –que identifica al verdadero enemigo, así como el origen de la guerra y cómo terminarla–, es un pacifista, y viceversa. Combate cada vez que es necesario con el único objetivo de alcanzar la paz.

Quien crea que el guerrero vive para guerrear, lo está confundiendo con el chivo en cristalería. Cuando la guerra se emprende contra cualquier otro en realidad se busca destruir lo que nos disgusta de nosotros mismos. Ni siquiera se pretende la paz.

Somos, pues, reales guerreros, cuando reconocemos que nuestro único enemigo somos nosotros mismos y que nuestra misión es triunfar en esa guerra para conocer, reconocer, aceptar, valorar y finalmente amar a ese enemigo, el ser al que no hemos dejado ser.

El guerrero no hace la guerra, hace la paz. Todo lo demás es el chivo en cristalería.

La paz no es el cese de la turbulencia mental y emocional ni parar de sufrir o de tener miedo. Eso es la calma. Tampoco es vivir sosegada y ecuánimemente. Eso es la tranquilidad. La paz se alcanza después, porque es estar con uno mismo, en perfecto reconocimiento y disfrute. Cuando seamos nuestra mejor compañía, habremos alcanzado la paz. Para eso se requiere un manejo experto de la soledad y la meditación, valor para ser vulnerable, sensibilidad, bondad, generosidad y, ante todo, una conexión con lo divino, porque es un estado superior de conciencia que nos lleva a la humildad, es decir, a ocupar nuestro lugar en el universo.

16 Febrero 2019 03:56:00
La mejor actitud
La calma es una condición mental; la tranquilidad, una actitud y la paz, un estado de conciencia. Ninguna de estas tres subvaloradas virtudes llega sola. Nosotros debemos crearlas. Sin excepción. En pensamiento, sentimiento y espíritu.

Son virtudes por ser objetivos de realización espiritual que sólo pueden provenir de una actividad interna que se convierte en hábito. Están muy subvaloradas porque sin ellas es imposible alcanzar y mantener todo aquello que creemos más importante, como la estabilidad.

Todos nos contamos historias acerca de nosotros mismos. Construimos una imagen que confundimos con lo que realmente somos y una inteligencia artificial, llamada ego, que le da vida a ese personaje, con el que vamos por la vida como aliados o enemigos de otros egos.

Pero nuestra conciencia sabe que fingimos. Una sensación de angustia y/o de vacío aterrador nos desestabiliza por momentos.

Para apagarlas, le damos rienda suelta al caos mental: las preocupaciones, los miedos, las críticas, las discusiones con personas ausentes, los juicios, los resentimientos, principales causas del estrés que distorsiona las emociones y nos impide sentir profundo, pues nos arrebata la calma, la capacidad de estar tranquilos y la paz interior.

Y entonces, como no podemos crearlos, por no tener los cimientos adecuados, nos dedicamos a edulcorar el amor, la seguridad, la abundancia, la alegría, la seguridad, la felicidad, etc. Es decir, a sustituirlos por emociones intensas que los imiten o a embellecer falsamente algo malo que sentimos, como la envidia.

Sólo en calma una persona puede hacer contacto consigo misma y encontrar que lo menos importante es autodefinirse. Se es, sencillamente, y eso da una gran plenitud.

Verá que el amor no es una necesidad, sino una tendencia natural, y que la seguridad y la abundancia siempre han estado ahí.

Tras la calma, o sea el cese del caos mental, mediante la realización de diversas actividades en un estado de atención plena (respirar, caminar, oír música, observar), se está en condición de crear tranquilidad. Ésta es el siguiente nivel porque involucra emociones. A todo pensamiento sigue una emoción.

La tranquilidad viene de combatir nuestros miedos, que nos hablan siempre de pérdida y dolor. Por eso nos empujan al apego y al control. Sin renunciar a la necesidad de poseer, de resolverle la vida a los demás y caerle bien a todo mundo, no habrá tranquilidad.

Nadie puede tomarse las cosas con tiempo, sin nerviosismo ni agobios, sin preocuparse de si quedará bien o mal ante los demás; es decir, nadie puede actuar tranquilamente, si lo domina el miedo a la pérdida, al rechazo, a la adversidad, al imprevisto.

Por eso la tranquilidad implica dar un paso en firme dentro de la espiritualidad, mediante la fe: creer con convicción, más allá del entendimiento, que lo mejor está por venir, que todo estará bien. No lo espero. Lo sé.

Para llegar a esa convicción es necesario saltar una barrera: en el momento en que aparece ese miedo, esa punzada de dolor, acostumbramos racionalizar de inmediato, para restarles peso e importancia. Eso los magnifica a la larga.

Hay que oírlos, observarlos, sentirlos, dejarlos fluir. No nos matarán. Entonces nos daremos cuenta de su fragilidad. Nos percataremos de que lo único sobre lo cual podemos tener control, realmente, es sobre la forma en que nos sentimos.

Si la calma es el cese del caos mental, la tranquilidad es el cese de la agitación emocional, no porque todo está bien, sino a pesar de que nada esté bien. Esto no es por supuesto lo mismo que no sentir, pues una cosa es intensidad, cuestión del ego, y otra profundidad, asunto del alma.

A la tranquilidad le sigue todavía algo mejor: la paz interior o completa armonía con uno mismo. Es difícil de lograr porque siempre estamos en guerra con algún aspecto de nosotros, físico, emocional o mental. Pero esto ya es asunto del próximo artículo.
09 Febrero 2019 04:00:00
Vida ficción
Casi nadie sabe lo que quiere ni lo que necesita, aunque crea que sí. Todos, sin excepción, estamos enfocados en un concepto de autorrealización que engloba amor romántico, unidad familiar, salud física e incluso emocional, una situación económica desahogada que elimine preocupaciones y nos permita diversiones y hasta lujos, una profesión u oficio que nos dé éxitos personales y un grupo social que nos valide y nos apoye.

A medida que vamos logrando una u otra meta nos vamos encontrando con que la satisfacción está ausente y la felicidad es un mito. Podemos negar lo que sentimos, en cuyo caso habrá una molestia emocional constante que trataremos de eliminar con placeres que ya no pueden exhibirse o excesos que se convierten en adicciones.

Y la verdadera vida sigue sin comenzar…

Pero no nos damos cuenta… Cuando mucho tenemos una sensación recurrente como de fastidio, de sinsentido. Entonces el ego nos aconseja: “cómprate otro coche”, “viaja”, “busca otra novia”, “necesitas más ropa”, “hazte una liposucción”, “manda un guasap”, “mira qué hay en face”. En resumen: no sientas eso ahora.

Y la verdadera vida sigue sin comenzar…

¿Cuál es el principio de la verdadera vida? Y, por tanto, ¿qué es lo prioritario, sin excepción, para cada uno de nosotros?: calma. Sin ella seremos insaciables y, en consecuencia, eternos insatisfechos.

Sin calma, no nos conformaremos con que nos amen, querremos que se autoanulen por nosotros y/o haremos lo mismo por otros. El dinero y los bienes materiales estarán siempre por debajo de nuestras aspiraciones, nuestro grupo social estará lleno de tontos, las personas que trabajan con nosotros nunca lo harán bien, la familia tendrá demasiados defectos, no nos divertiremos jamás en la medida en que lo necesitamos y los placeres que requeriremos cada vez serán más perversos o destructivos, porque el ego no es un ser viviente, sino una inteligencia artificial que se vale de nuestros pensamientos para crear mundos imaginarios, como los juegos de video. La condición es que sean muy emocionantes, ya estemos del lado de los malos o de los buenos, de las víctimas o los victimarios, porque la adrenalina y el estrés nos mantienen ocupados. Es como vivir en un viaje eterno de montaña rusa.

La calma, en cambio, nos permite escuchar la voz del alma, donde sí está la vida; la presente y la eterna. Todo se ve, se siente y se hace distinto desde el alma. Con la profundidad del Ser, pero sin la intensidad del ego; con satisfacción, con plenitud.

Calma es ese estado mental en que no tenemos conflictos ni inquietudes, en que nada falta ni nada sobra. Según el diccionario de la Real Academia Española se da cuando algo cesa. En este caso, el caos de nuestros pensamientos, que saltan de un asunto a otro, de un deseo a otro, de un pendiente a otro, de un resentimiento a otro, sin que hagamos nada por detenerlos. Por lo general, somos presas del vocerío interno, porque entramos a la discusión.

No dormimos bien porque la cabeza está duro y dale, no ponemos atención en nada, no apreciamos nada, no disfrutamos, no escuchamos a los otros porque preferimos enfocarnos en ese mitote interno, tratando de imponer orden, pero no lo logramos, porque son demasiadas voces con las que no se puede razonar. Hacen como que te creen, pero vuelven a su necia y paniqueante cantaleta a la primera de cambios

Para entrar en calma no necesitamos que se resuelvan los problemas o que todo sea como queremos. La calma no viene. La creamos. Para empezar, respiramos, comemos, caminamos, observamos, nos aseamos, manejamos, etc., completamente atentos a lo que hacemos y, si es posible, concentradamente. Los pensamientos cesarán por completo durante un instante y ocurrirá un milagro. Créame.

Practique. Después vendrá lo mejor: más calma, tranquilidad y paz, para el próximo artículo.
02 Febrero 2019 03:57:00
Admítalo
Hay errores comunes o inauditos, sin consecuencias o caros, de pago inmediato o para toda la vida, e incluso con resultados muy afortunados. Lo bueno es que casi todos son ajenos, ¿verdad? ¡Uff, que alivio!

Desafortunadamente, la ajena es la cara falsa de la equivocación. La verdadera es la propia. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos responde al patrón de inadmisión del error y, éste es uno de los grandes problemas de la humanidad, causante en gran medida de guerras, hambre, discriminación, delincuencia, ecocidio, etc.

Nadie puede evitar equivocarse, en el pensamiento, en las emociones y en los hechos. Pero, como decía el médico español Santiago Ramón y Cajal, Nobel en Medicina en 1906, lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo. Eso es negarlo, lo cual produce o magnifica y prolonga en el tiempo las consecuencias negativas de una equivocación, y anula las positivas, las únicas que le dan sentido a errar.

Así escala la cuestión egótica: en un mundo donde la competencia determina la forma de vida, ser infalible para escalar es indispensable. Esto se debe a que todos creemos que cometer un error nos acarreará la reprobación de los demás, su rechazo y su desprecio, porque ¡así ha sido! Por tanto, no podremos lograr lo que deseamos ni satisfacer nuestras necesidades, cualesquiera que éstas sean, si admitimos habernos equivocado.

La fuerza con que se resiste alguien a admitir el error tiene que ver con la profundidad de sus traumas en la infancia. El rechazo a equivocarse será del mismo tamaño que las descalificaciones, las humillaciones y los desprecios que haya sufrido por parte de sus padres y otros adultos, cuya exigencia irracional provino de los mismos traumas en su propia infancia, y no se dan cuenta que no se dan cuenta.

Mientras más escale social, económica, cultural o políticamente un individuo con dificultades para admitir sus errores, mayor será el daño que haga, puesto que sus simpatizantes, seguidores, adeptos, etc., por un mecanismo de identificación inconsciente, serán aquellos que tengan el mismo problema y crean, por tanto, a “pie juntillas” que poseen la verdad absoluta.

Mientras más férreamente rechace alguien la admisión de sus errores, mayor será la vehemencia con que defienda sus falsedades como verdades. De manera que podremos encontrar entre ellos a los llamados fanáticos.

Así que cuando el error se hace colectivo adquiere, como decía Gustave Le Bon, destacado sociólogo francés del siglo antepasado, la fuerza de una verdad. Sin embargo, y citando a otro personaje ilustre, Mahatma Gandhi, un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él.

Y es así como arribamos al moderno concepto de posverdad: esa mentira colectiva que se sostiene y se defiende como verdad desde la emoción: la ira, el odio, el insulto, la agresión, más allá de la vehemencia.

Es entonces cuando será frecuente encontrarse con las siguientes formas descaradas de inadmisión del error: justificarlo racionalmente, mentir para disfrazarlo, pregonar fortalezas y cualidades para parecer infalible o ser perdonado de antemano; descalificar a cualquier crítico; disculparse hipócritamente porque el otro eligió sentirse ofendido; desviar la atención de los errores propios señalando y hasta magnificando los ajenos, culpar a otros de ser los verdaderos causantes.

Pero como no admitir el error es, más que un rasgo personal, un desorden psicológico, en la medida en que continúa la conducta crece la distorsión. La forma de percibir el mundo se deforma más y más, y se constriñe a un ego que todo se lo toma a personal y reacciona agresivamente. A nivel colectivo, la paz se rompe, porque la culpa siempre la tienen los demás. Son los enemigos.

Si queremos mejorar nuestra vida y al mundo, aprendamos a que no nos duela admitir nuestros errores. Entonces comenzaremos realmente a vivir, a aprender y a disfrutar.

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