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El Faro Rojo: La muerte anda en taxi

Se hicieron pasar por pasajeros, pero eran crueles asesinos que le quitaron la vida a un humilde trabajador del volante

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El Faro Rojo: La muerte anda en taxi
Fotoarte: Zócalo | Edgar E. Coronado
Por: Rosendo Zavala

Saltillo, Coah.-
Cansado de correr entre las veredas del parque, Ricardo se metió al campo de futbol para esconderse, pero las fuerzas lo abandonaron, desplomándose ante la mirada furiosa de sus agresores, que le recetaron una lluvia de puñetazos para arrancarle la vida lentamente.

Sintiendo que su fin había llegado, el taxista se resignó y cerró los ojos para no volver a abrirlos, mientras sus victimarios se echaron a correr para evadir la acción de las autoridades.

Día de trabajo

Ilusionado porque tendría una nueva oportunidad para hacerse del dinero con el que pagaría las letras vencidas de su carro, “El Richy” salió presuroso de su casa en la colonia Ejidal para abordar el Volkswagen que desde tiempo atrás lo mantenía.

Imaginando un futuro distinto, el trabajador del volante emprendió la marcha del vocho, que enfiló hasta los linderos de la ciudad, la tarde estaba llegando y con ella el presagio de una noche que hasta entonces imaginaba prometedora, pero estaba equivocado, porque el ambiente se oscurecía con la sombra de la tragedia, por lo que avanzó en su nave hasta el complejo recreativo, donde dejaría su existencia ese mismo día.

Mientas el destino lo alcanzaba, manejaba por las céntricas calles que se dirigían al parque saturado de deportistas, así transcurría aquel martes, en el cual la cotidianidad se transformó en desgracia sin percibirlo.

Encuentro fatal

Respirando el fresco atardecer de aquella tarde otoñal, el trabajador del volante avanzó por la transitada calle donde, a lo lejos, divisó a quienes se convertirían en sus verdugos, pero ignorando a la realidad detuvo el andar de su auto cuando estos le hicieron la parada simulando ser clientes.

Ya con los pasajeros a bordo, el taxista recorrió los linderos del parque, mientras intercambiaba palabras para romper el hielo, sin saber que la muerte lo acechaba justo a su espalda.

Ante la orden de que parara el vehículo en el estacionamiento del recreativo, Ricardo obedeció sin percatarse de que los desconocidos ya le tenían deparada la peor de las sorpresas, porque en una rápida ofensiva intentaron someterlo para quitarle el dinero que portaba en la guantera del auto compacto.

En medio de la lluvia de golpes que le caían por todos lados, el potencial victimado luchó como fiera para sacarse de encima los puñetazos que le estaban matando y, tras varios minutos de cruenta batalla, logró salir corriendo de su automóvil.

Agotado porque la suerte lo había abandonado en el peor momento, sacó el último aliento tratando de ponerse a salvo, consiguiendo llegar sólo hasta el engramado sintético de futbol, donde finalmente finiquitaría su existencia terrenal.

Vencido por las circunstancias, dio el tropezón que le hizo caer de bruces en el pasto ficticio, de donde ya no pudo levantarse, siendo atacado por la jauría de ladrones que lo martirizaron sin piedad hasta dejarlo inconsciente.

Aprovechando la soledad del campo, los rijosos revisaron al ruletero para robarle la cartera, así como las joyas que portaba, echándose a correr para perderse entre la espesura del parque que los vio irse como único testigo del ataque.

Cacería infructuosa

Mientras el taxista yacía sobre charco de su propia sangre, los peatones que lo divisaron desde lejos ingresaron al campo para tratar de ayudarlo, solicitando ayuda a los cuerpos de auxilio mientras intentaban reanimarlo sin éxito.

Repentinamente, un ulular de sirenas inundó la inmensidad del cielo para dar paso a la alerta de las autoridades, que mediante agentes de la Fiscalía llegaron para investigar el asesinato tras confirmar que Ricardo estaba muerto.

Los sabuesos ministeriales cercaron el área para comenzar las pesquisas de rigor, recabando evidencias en el lugar de los hechos, mientras se desplegaban también por todo el perímetro en busca de los agresores, sin poder ubicarlos.

A lo lejos, la silueta de una mujer se acercaba hacia el punto de conflicto, era María, que tras enterarse de la muerte de su esposo, la víctima, llegó con el corazón en la mano, mientras rezaba para que los rumores que había escuchado no fueran ciertos, aunque para entonces el destino de su pareja ya estaba escrito.

Devastada por la tragedia, el ama de casa exigió a la policía que dieran con los asesinos de su hombre, aunque las promesas ministeriales de nada sirvieron porque el tiempo pasó y los homicidas se perdieron en el humo del anonimato.




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